Bosch Filosofando en Caracas

Juan Bosch en Guadalupe.

Situado en Caracas "al pie del Ávila", impresionado por la velocidad de las comunicaciones modernas que mejoraban la efectividad de su correo, Juan Bosch escribía el 28 de octubre de 1960 a su atribulado amigo cubano Sergio Pérez, establecido en Manila -donde éste abría embajada, quejoso del elevado coste de la vida, el clima y su estado de salud. En abril de ese año, el recién estrenado diplomático -quien había aceptado la misión de montar la embajada de Cuba en la capital de Filipinas por encargo del canciller Raúl Roa- le había informado al exiliado dominicano sus primeras impresiones sobre su nuevo lugar de destino. Afortunadamente, un amigo en Hong Kong le compraba cosas que en Manila "costarían tres o cuatro veces más caras. Esto es dos veces más caro que Caracas: un litro de leche, cincuenta centavos; una naranja mandarina, dieciocho centavos; una naranja de china, treinta centavos; un par de zapatos americanos, que en Cuba cuestan 22 pesos, aquí valen 120; una máquina de escribir, 600 pesos". Esfumándose así su esperanza de ahorrar.

Destacaba de Filipinas, que "nada queda más distante de Cuba. Las perfectas antípodas. Un archipiélago de siete mil islas y setenta lenguas. Las oficiales: tagalo e inglés, y son las que generalmente se hablan. El español ha quedado reducido a algunas familias de cultura excepcional y a los viejos reviejos de más de sesenta años. Yo apenas me hago entender es español…y paso cada trabajo!." Para colmo, aún para un antillano acostumbrado a la dureza del clima bochornoso de las islas, el de Manila resultaba "tan caluroso, que agosto en La Habana es un mes delicioso. El aire acondicionado se ha generalizado de tal modo, que apenas hay lugar que no lo tenga. La ciudad se parece a Jovellanos (una hermosa población de Matanzas), con dos millones de habitantes; pero sin aceras, excepto algunas calles principales de lo que fue intramuros, que tiene portales. Ni España ni USA dejaron aquí un rastro digno de mostrarse. O lo dejaron y los japoneses lo destruyeron. Los ricos viven en barrios residenciales -sin aceras- y rodeados de paredes, verdaderas murallas. Reminiscencia de cuando los piratas chinos atacaban estas costas."

Ante el quejumbroso amigo -quien a ratos lamentaba haber asumido la tarea diplomática asignada que lo alejaba de sus seres queridos, entre ellos la familia Bosch Quidiello: "¡Qué error el mío al regresar a La Habana! Porque, ¿qué diablos hago yo metido a Embajador?"-, el escritor y político dominicano reaccionaba con temple solidario, manteniendo con el inconforme un fluido diálogo epistolar. Así, en la referida misiva, le noticiaba que el fraterno Miguel Ángel Quevedo -editor propietario de la prestigiosa revista Bohemia de la cual Bosch era colaborador- se hallaba en New York editando con éxito Bohemia Libre, discrepante del curso político que en Cuba se seguía.

Reflexionaba Bosch: "Si he decirte la verdad, yo me siento fascinado con frecuencia ante el hervor de la vida en este Caribe de nuestras culpas. Todo aquí es inestable y radical, o si lo prefieres, radical e inestable. Lo que se hace hoy queda deshecho mañana, sin duda por la virtualidad misma de la fuerza que lo generó. Hay un surgir e insurgir perpetuo de vida alrededor nuestro, que no nos da tiempo a analizar. Actuamos, y el que venga atrás que arree. O no actuamos, y entonces el espectáculo nos maravilla", sentenciaba.

"Aquí, por la razón que sea, hay que ser físicamente optimista. Un día de éstos todo da un vuelco terrible, y Venezuela se va a los demonios y otros países a los infiernos. Pero como habrá vuelco, la voltereta alcanzará a los que hoy andan al revés: digamos Nicaragua, Santo Domingo. Y allí habrá llegado la hora nueva. Lo que quiere decir, en fin de cuentas, que donde se cierra una puerta se abren cien. Así, por lo menos, filosofan los campesinos de mi tierra. ¿Y quién les asegura que están equivocados? Desde que eres adulto, ¿cuántas veces no te has visto con el agua al cuello? ¿Y te has ahogado?" Ante el lamento de lejanía del amigo destinado al Pacífico asiático, Bosch le dice: "Ánimo, pues, cubano, que nadie está solo en el mundo cuando alguien lo quiere…Más lejos que tú, estando más cerca, tenemos nosotros a los viejos de Carmen, porque es mucho más fácil salir de donde tú estás que de donde están ellos" (en Cuba). Alusión a los controles de salida que el régimen imponía.

En un párrafo que se explica por sí mismo, apelando al sentido metafórico del mensaje manejado con destreza de escritor ducho y político sagaz, Bosch -curtido en los sinsabores de la tiranía de Trujillo y en las luchas contra las dictaduras latinoamericanas- aconsejaba al diplomático. "Por cierto en estos días he estado leyendo uno de esos libros de detectives, apasionantes como saben hacerlos los ingleses, que me hizo pensar en ti. El protagonista era un diplomático de cierto país; el pobre hombre ignoraba que su gobierno había establecido el sistema de hacer que un empleado de la legación vigilara al jefe, le leyera su correspondencia secretamente y diera cuenta de su conducta. Si no estaba en la línea, lo fregaban. Alrededor de este tema se desenvolvía la intriga, con su condimento de política, sexo, crimen, etc. Como todo el mundo tiende a figurarse al protagonista de un libro según determinada imagen, para mí el diplomático eras tú, y te veía perseguido por ese personaje antillano, buscador feroz de señales de disidencia. Durante toda la obra, te ví actuar. Lo que más cuidaba el desdichado -que se había dado cuenta de la situación- era su correspondencia con familiares y amigos, por que por ahí era por donde más le vigilaban."

Con miras a encontrarse con sus padres en Costa Rica, Bosch le refiere a Sergio Pérez. "En unas dos semanas más, haré viaje para ver a los viejos. Papá cumplió ya los 83; mamá, los 76. Están enteros, pero es mejor verlos ahora. ¿Y no es una suerte que pueda verlos, en medio de vida tan azarosa, y que León está en Alemania pintando, y Patricio estudiando el segundo de bachillerato, hecho un hombre casi de mi tamaño, serio, apacible, bondadoso, algo así como un muchacho nuevo dentro de la piel del viejo; y Barbarita un ser encantador, que machaca y machaca su piano con una voluntad encomiable; y que Carmen haya vuelto de Cuba hecha una rosa alegre?"

Al cierre de la carta, Bosch remachaba: "Pues eso es lo que te ofrecemos, en este mundo del Caribe que retiembla y parece que se desvencija por momentos: una casa llena de gente que te quiere, que no va a dejarte a la deriva por esos mares asiáticos; gente que verá a quien haya que ver y pedirá lo que haya que pedir y moverá cielo y tierra, cuando tú digas: '!Ya está bueno. Sáquenme de aquí!'. Un gran abrazo de tu hermano", así se despedía. En carta anterior, apenas semanas atrás -5 de octubre del 60-, Bosch le había escrito a Sergio Pérez: "Yo no quiero hablarte ahora de nuestras islas, pero la gente sí habla, y mucho, de la tuya".

Aconsejándole a seguidas con franqueza: "Si no te va bien de salud -y la salud es muy importante, porque significa en realidad la vida misma- porque no te siente Manila, y piensas retornar a América, vente aquí, no a La Habana. Estando aquí puedes ir a Cuba cuando quieras, pero estando en Cuba difícilmente podrás venir aquí o a cualquier otro sitio. A nuestra edad hay que hacer lo que yo llamaría ejercicios de aclimatación: desde Caracas vas aclimatándote y en ese proceso tú mismo sabrás cuándo le conviene a tu salud volver a Cuba". Bosch exhortaba al amigo a separar del sueldo dinero suficiente para cubrirse el pasaje marítimo de Manila a Caracas, en previsión de que lo dejaran "enganchado" los del ministerio de exteriores. "Aquí, como verás por el recorte que te envía Carmen, hay siempre oportunidad para un hombre como tú.

Juan Bosch residía entonces en Caracas con su familia. En una ubicación que al parecer le acomodaba en esa bella ciudad enclavada en la falda del Monte Ávila que le sirve de fondo, modernizada por la impronta desarrollista del dictador Pérez Jiménez. A la cual el músico dominicano Billo Frómeta cantara con amor y vocación de cronista urbano, inspirado como el que más. "Donde vivimos tenemos un pedazote de Ávila para nosotros solos, y al pie, extendiéndose hacia la montaña, hermosos patios del Country Club de césped recortado y flores y árboles parados sobre el verde claro de la yerba." Un espacio para soñar, en paréntesis breve del peregrinaje tormentoso de este Bayoán hostosiano del siglo XX.

En Venezuela gobernaba Rómulo Betancourt, líder de Acción Democrática -partido fraterno del PRD perteneciente a la izquierda democrática latinoamericana- y triunfador en 1958 en las primeras elecciones celebradas tras el derrocamiento del general Pérez Jiménez. Las relaciones Bosch y Betancourt eran tan estrechas, que la esposa de éste, Carmen Valverde, era madrina de Barbarita ("hecha un sol; la mamá deslumbrante" afirmaba el padre cariñoso alborozado). Al mismo tiempo, Sergio Pérez era cercano al mandatario adeco. Al grado que le decía en su correspondencia al exiliado dominicano que mientras Venezuela no tuviera embajada propia en Manila, él también actuaría como el embajador de Rómulo en ésa.

Señal del espíritu de fraternidad que se había fraguado entre luchadores democráticos caribeños y centroamericanos, en una zona plagada por las dictaduras de derecha. Antes de que el curso socialista de la revolución cubana y su alineación estratégica con la URSS, nos lanzara de bruces al centro neurálgico de la Guerra Fría. Con acciones de EEUU orientadas a derrocar a Fidel Castro y modificar la historia. Como se vería más adelante, con la fracasada invasión de Bahía de Cochinos, organizada por la CIA en abril de 1961 y la traumatizante Crisis de los Misiles Soviéticos desatada en octubre de 1962. Dos episodios que nos marcarían en negativo a los dominicanos, al condicionar dramática y significativamente el desarrollo de nuestro proceso de democratización tras la liquidación de Trujillo.