Deliciosa Librería Hostos

Sade, ilustración de Aline-et-Valcour.

Ubicada en la Hostos, frente al parquecito Duarte hoy hábitat nocturnal del relax juvenil y a pasos del recoleto Convento de los frailes dominicos, la librería del doctor Héctor Western -talentoso profesional profesor de odontología de la UASD- ofrecía en los 70 un material de lectura distinto. Al día como la que más en los títulos que encabezaban entonces el boom de la narrativa latinoamericana, con autores como García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti, Mario Benedetti, Roa Bastos, Sábato, Cortázar, Manuel Puig, Jorge Amado, José Donoso, Jorge Edwards, Arguedas, Carpentier, Cabrera Infante, Lezama Lima, Severo Sarduy, impulsados por Sudamericana y Seix Barral. En sus anaqueles figuraban textos reveladores de una literatura irreverente salida de la pluma placenteramente atormentada del celebérrimo Marqués de Sade -un personaje que había atrapado mi atención en Chile al exponerme en la sala Antonio Varas al montaje de la obra Marat-Sade de Peter Weis, a cargo del Instituto de Teatro de la U de Chile. Plasmada en el cine por el director inglés Peter Brook con Glenda Jackson como Charlotte Corday, en versión que vi a finales de los 60.

En las estanterías seductoras de la Hostos aparecían obras incluidas en el Index librorum prohibitorum, como las que, entre otras conductas heterodoxas, costaron al arrebatado Marqués de Sade veintisiete años de reclusión intermitente en cárceles y manicomios: Filosofía en el tocador, Justine o los infortunios de la virtud, Julliette o las prosperidades del vicio, Las ciento veinte jornadas de Sodoma. Del socialista utópico francés Charles Fourier, encontré allí El Falansterio, que resume su concepción sobre la vida en comunas autosuficientes que cobraron vigencia en la Arcadia que era Norteamérica para los inmigrantes europeos. Igual hallé El Libro de los Cornudos, una sofisticada y original tipología que comenté entre contertulios, editada en Bs Aires por Jorge Álvarez bajo el Círculo del Libro Precioso. En esta colección, De las brujas y adivinas, un texto de Ulrico Molitor.

De Ambrose Bierce, apodado Bitter Bierce dado su estilo cáustico -el mismo "Gringo viejo" que se unió a Pancho Villa y desapareció entre la polvareda revolucionaria en el México insurgente, quien motivara a Carlos Fuentes en novela homónima llevada al celuloide e interpretada por Gregory Peck-, sus obras Club de parricidas, Diccionario del Diablo, Cuentos de civiles y de soldados. Del sensualista Henry Miller se encontraban las páginas eróticamente ardientes de sus Trópicos (el de Cáncer y el de Capricornio), fraguado el primero al aliento de experiencias amatorias parisinas con la escritora Anais Nin. La Hostos ofertaba asimismo novelas bestsellers llevadas al cine con rotundo éxito de taquilla. Papillón de Henri Charrière, una cruda historia del aberrante presidio colonial en el Caribe francés narrada vivencialmente por su autor. El Padrino de Mario Puzo, fuente de la saga familiar de la mafia italiana en Nueva York recreada filmográficamente por Francis Ford Coppola. La crónica roja novelada A Sangre Fría de Truman Capote y El Día del Chacal de Frederick Forsyth, que cuenta un atentado orquestado por la OAS contra la vida del general De Gaulle. Expresión multifacética de la cultura violentista en un Occidente emponzoñado que quemaba con napalm la selva vietnamita.

Me hice habitué de ese recinto delicioso en el que se podía compartir una conversación inteligente con su anfitrión -un lector consumado que agregaba sus propios comentarios a los libros de su inventario-, donde coincidía con profesores universitarios como Diógenes Céspedes, críticos de cine y jazzófilos como Cuchi Elías, Arturo Rodríguez y Humberto Frías, e hice amigos del talante de Chiqui Gómez Sánchez. Siempre amable y agudo en grado sumo, Western, con su característica chivita retocada, era un hervidero intelectual que discurría sobre literatura, política, filosofía, sexualidad y temas universitarios de nuestra compartida UASD. El participaba de la dinámica de una escuela integrada por colegas suyos muy cercanos a mi círculo de amistad, como Rafael Kasse Acta, Federico García Godoy, Fernando Morbán Laucer, Gonzalo González Canahuate y Holguín-Veras. Además, era un veterano columnista de opinión con registros en La Nación, El Caribe, la revista ¡Ahora! y El Nacional. Su columna Champurreo, compilada en 1973, fue publicada como obra por Editora Cultural Dominicana que dirigía el doctor Molina Morillo.

Con el fenómeno de ventas que representó Cien años de soledad, seguido por los libros menores bocetos del gran fresco garcíamarquiano (La Hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora, Los funerales de la Mama Grande, Isabel viendo llover en Macondo), más el impulso colectivo de las novelas y cuentos representativos del boom, nuestro librero decidió incursionar en la importación a gran escala de libros, tanto para suplir las necesidades de su local como para satisfacer pedidos de las demás librerías. Así surgió Distribuidora del Oeste (D.O.), una operación ubicada en la misma Hostos en local más próximo a la Nouel. Tanto fue el éxito alcanzado, orientado por el buen tino de Western para escoger títulos acertados, calibrar potencial de mercado y adelantarse a la demanda con un stock abastecido, que el odontólogo librero viajó a sus anchas por Sudamérica para estrechar nexos con las principales editoras.

En medio del impacto sociológico causado por García Márquez con su enloquecedora obra que desbordaba la imaginación latinoamericana y disparaba nuestros resortes culturales más escondidos, surgió la temeraria acusación de plagio. ¿Copió el colombiano a Balzac? ¿Abrevó en La búsqueda de lo absoluto? Unas declaraciones del Nobel guatemalteco Miguel Ángel Asturias vertidas en Madrid y amplificadas desde París desataron el asunto. Como el chisme vende, pronto surgieron reediciones de esta obra, mordidas por la curiosidad del público lector deseoso de hallar pruebas de plagio. En los círculos literarios domésticos igual se encendió la llama. Una charla magistral ofrecida por la crítico de arte y docente universitaria Marianne de Tolentino -a la que asistí gustoso bajo una enramada de erudita sapiencia- se organizó a estos fines por la sociedad Auditorium. Publicada en opúsculo y reseñada por el suplemento cultural homónimo del Listín Diario editado bajo la orientación de doña Carmen Quidiello de Bosch, allí quedaron claras las cuentas. No hubo plagio.

Aparte de los autores referidos, en la Hostos existía una sección de poesía, especialmente representativa de los llamados poetas malditos. Textos de Arthur Rimbaud, Stéphane Mallarmé, Paul Verlaine, Charles Baudelaire, Francois Villon, el Conde de Lautréamont, Antonin Artaud, John Keats y Edgar Allan Poe. Reforzados por la presencia de otros poetas como Whitman, Cavafis, Eliot, Vallejo. Obras de Guillaume Apollinaire como El encantador putrefacto, Las tetas de Tiresias. De Gustave Flaubert, Madame Bovary. Ediciones de Losada, Sudamericana, de la Flor, Centro Editor para América Latina, Jorge Alvarez, Nueva Visión, Siglo XXI, Era, Joaquín Mortiz, Grijalbo. Se encontraba El Corno Emplumado, una provocadora revista bilingüe que editaba en México la poeta norteamericana Margaret Randall y Sergio Mondragón, con colaboraciones de Allen Ginsberg, Thomas Merton, José Goroztiza, Ernesto Cardenal, Rosario Castellanos, Agusti Bartra, Henry Miller, Octavio Paz, Nicanor Parra, Enrique Lihn.

Doña Ligia Sánchez, esposa de Héctor Western, se puso al frente de la Librería Hostos, mientras éste se ocupaba de la D.O. en una suerte de división de tareas. Con los años, el inventario se fue orientando hacia la literatura esotérica, especializándose en este campo y cambiando la librería al nombre de gora. Como tal cerró al iniciar este siglo, culminando un ciclo de valiosos aportes al comercio del libro que se inició tras el conflicto bélico del 65. Algunos de los títulos de esta última etapa que eran altamente demandados: El Tercer Ojo de Lobsang Rampa, La Doctrina Secreta, Isis sin velo, La Voz del Silencio de la rusa Helena Blavatsky. Yoga para todos de Indra Devi, En armonía con el infinito de Waldo Trine. Diccionario de Esoterismo y la influyente novela Siddhartha del suizo/alemán Hermann Hesse, Nobel de Literatura de 1946. Obras que estimulaban la filosofía del logro personal, como El éxito a través de una actitud mental positiva de Napoleon Hill. Y el bestseller de la actriz Shirley Mclaine Todo está en el juego.

Los 70 fueron intensos en cine fórum en los teatros Independencia, Santomé, Capitolio, Elite, con intervenciones de Villaverde, Sáez, Almánzar, Rodríguez, Frías, Castillo y Elías. Ciclos de cine de autor dedicados a De Sica, Fellini, Visconti, Antonioni, Pasolini, Bertolucci y la corriente neorrealista italiana. La obra filmográfica de Jean Renoir, la nouvelle vague francesa con films de Jean-Luc Godard y Francois Truffaut. El gran Bergman con sus historias cargadas de dinámicas introspectivas y perfiles psicológicos entrecruzados encarnados en Max Von Sydow, Bibi Andersson, Liv Ullmann. Buñuel y sus etapas creativas maravillosas. Kubrick, el de Lolita, con 2001:Odisea del espacio, La naranja mecánica, Barry Lyndon. El nuevo cine alemán con Fassbinder y Herzog. Los Milos Forman y Polanski, soplos refrescantes del mundo socialista. Hitchcock, sin olvidar a Chaplin, Capra, Welles, Kazan, Houston, Nichols, Lucas, De Palma, Scorsese, Edwards.

La Librería Paz del jesuita Alberto Villaverde, ubicada en la que fuera oficina de abogado de mi padre al lado de la Catedral, ofrecía un surtido de obras sobre comunicación (prensa, radio, televisión, cine), sociología de los mass media, análisis de contenido, estructuralismo, semiótica, cubriendo materias del plan de estudios de periodismo en la UASD, donde el sacerdote era docente, al igual que su colega José Luis Sáez. Entonces se cruzaba de la Hostos a la Paz, pasando del hervor de la carne a los arrullos del alma.