El falso suicidio de la clase política

Un altísimo cargo me confió en tiempos recientes que creía fervientemente que la clase política dominicana había fracasado y que no valía la pena ejercer de político en nuestra sociedad. Otorgaba una atención especial a los que hacen práctica en la vida pública, desde distintos ángulos, sin pertenecer, en apariencia, a un agrupamiento político.

Aunque guardé silencio, percibí sin esfuerzo alguno la grave equivocación en la que incurría este amigo, quien por su ejercicio vocacional resultaba obvio que no entiende los procesos humanos desde la visión política y social, en cualquier latitud histórica. Creí escucharle decir algo sobre la importancia del "sector externo" y acentué entonces el grado de confusión en que se sumergía, al ignorar incluso los avatares de la realidad política y la dinámica misma de los procesos sociales en la historia universal, si se quiere, pero fundamentalmente en la particular de nuestro territorio isleño.

El sonsonete casi bordea la senectud, de tanto rastrillarse en los más variados e inverosímiles espacios, y convertirse en una crítica perenne contra el sistema que sostiene la vida social, económica y cultural del país contra todo desasosiego, incertidumbre o desvelo. Casi siempre, el que enarbola este juicio o sigue, a pie juntillas, un criterio ajeno, asumido por opinadores públicos de diversas procedencias y urdimbres, o sencillamente no se detiene a examinar a fondo el juicio que suele disparar en cualquier convite como si ejerciese de gurú que se cree sabedor de todas las argucias y poseedor de los talentos envidiables de la falsa conceptualización.

El "sector externo" es un valioso instrumento para las lides electorales que, si mal no creo, lo inició aquí, con gran éxito, el sector jorgeblanquista del perredeísmo en aquella batalla campal de "manos limpias" de 1982, con la formación de la Avanzada Electoral que reunió, sin dudas, a un grupo de lo más granado de la sociedad profesional, intelectual y empresarial dominicana de la época. A partir de entonces, ha llevado distintos nombres, tantos como sus creadores les coloquen, pero precisamente a fuer de demasía -porque cada cual puja por su tienda aparte- los candidatos, sabedores de la eficacia y valía de estos movimientos, los han encauzado en conjunto bajo la sombrilla de "sector externo", comandado por cierto por un dirigente político que sirve a la causa de un partido y de un líder político. Ningún "sector externo" camina por sí solo. De por sí, es una muletilla -repito, eficiente y útil- para la dinámica electoral de un partido político, cualquiera que este sea, por lo que al momento de definirse el rumbo electoral lo externo-político se integra a lo interno-partidario, porque el verdadero paraguas cubridor lo constituye el agrupamiento institucional que valida la existencia del primero y consolida la supremacía y el poder del segundo. Desde este juicio, todo el que se ejercita en la acción gubernativa, sobre todo si labora al más alto nivel -cartera o curul administrativa- ejerce de político y para la política, aunque de ambas cosas no tenga ni un ápice de conocimiento.

Planteo las cosas con simplicidad, porque así de simples son. Independientemente de militancias o sentimientos políticos, creo firmemente que la clase política ni ha fracasado ni se ha suicidado en la República Dominicana. El insano e impreciso parecer lo han convertido en materia divulgatoria algunos que presumen de cientistas políticos en el escenario de lo que antiguamente se conoció como los mass media; algunas zonas de la izquierda que tiene el temita como discurso cotidiano; y aquellos que, por razones personales, comerciales, empresariales, y aunque no pueda entenderse, políticas, no desean aceptar que la vigencia de los partidos en nuestro país supera cualquier otra realidad, y no solo está consolidada sino que tiene tendencia a crecer desde la ortodoxia o dentro del disenso, pero siempre en los cauces de las estructuras tradicionales o, a lo sumo, desde nuevas extensiones de las mismas bajo el palio de cabezas dirigenciales novedosas.

Pongamos los dos ejemplos que siguen siendo mayores. El Partido Revolucionario Dominicano, con setenta y cuatro años de existencia, numerosos altibajos, frecuentes disputas, posiciones encontradas de sus dirigentes, fieras luchas internas, sigue vigente en su estructura de base aun cuando transite por enésima vez por un camino tortuoso que puede terminar fraccionando su dirigencia, no estoy seguro si también a sus bases. El perredeísmo es una escuela de militancia fiel, y aquellos que más de una vez (porque el trauma persigue a ese partido desde sus inicios en La Habana, desde donde trajo Juan Isidro Jimenes Grullón y otros, sus reparos y malquerencias contra Juan Bosch que llegaron al nivel insólito del desparpajo golpista, pagado con creces) salieron de sus filas para establecer su tienda en otra cañonera, vivieron malquistados consigo mismos, rumiando su dolor y angustia, ajenos ya al liderazgo que esa sombrilla mágica les sostuvo, y que fuera de su cobija ya nada pudo ser igual. Solo Juan Bosch, porque era excepcional -había sido fundador de la progenie y su lampo quemante- pudo salirse del ruedo y establecerse en otro espacio, en la compañía de un grupo con el que tuvo que bregar a fondo para que entendiera el propósito y su trascendencia. Le costó, empero, años de duro adoctrinamiento para que uno de sus discípulos -"mina de oro" le llamó entonces- hiciera cauce de gobierno para sus partidarios y enrumbara la marcha hacia el poder y sus dominios. El PRD no es un ente aniquilado. A lo sumo, anda de capas caídas y sufre el deterioro que les ocasionan dos liderazgos fuertes. Pero, la cohesión en la base es posible, y nadie se extrañe de lo que marque el tiempo por venir, desde el diafragma de su dinamización y el surgimiento de liderazgos nuevos. El PLD -cuarenta años después de su surgimiento- sigue dominando el escenario y luce un fortalecimiento que se lo otorga, sin ambages, su liderazgo sólido desde el poder, esa fábrica de presidentes, ministros, congresistas, alcaldes y regidores de la que ha hablado más de una vez Leonel Fernández y que la inquina personalista de algunos intenta desmeritar sin detenerse en sus reales alcances y en su verdad de a puño. El lunes pasado observamos con nuestros propios ojos como miles de personas de diferentes estratos sociales pugnaban por inscribir sus nuevos comités de base en la Casa Nacional del PLD, al momento en que se cerraban ya las inscripciones abiertas por su Comité Político. O sea, el PLD está en un franco proceso de crecimiento y cada vez más dominicanos buscan la forma de ser parte integrante y activa de este consolidado ente partidario.

Si nos vamos más allá, al discurrir de los agrupamientos menores, observaremos en la práctica un ejercicio que, con sus excepciones, resulta útil a la democracia, y termina ejerciendo una influencia provechosa en su desarrollo. Quiero decir, los que no pueden o no desean ejercer de militantes de las instituciones políticas mayores, se instalan en los estamentos menores, que llaman incorrectamente emergentes, y que desde sus ámbitos particulares incordian el séquito del poder, infaman la corte de las direcciones gravitantes, o se asocian a las consignas y metas de sus hermanos mayores. Unos y otros, aunque suelen a veces algunas de esas tiendas caer en excesos que evidencian falta de conocimiento de estrategia política o del marketing diferido de la acción dirigencial, contribuyen al reto de la democracia que es la presencia colectiva en la construcción de un estado de derecho, de bienestar y progreso, y la creación de mecanismos de opinión y participación política.

Los nuevos movimientos sociales son parte del tránsito democrático creado por los agrupamientos políticos. Si los intelectuales, los sindicalistas, los empresarios, toman parte activa en el debate del poder, a veces de forma agresiva e hiriente, se debe al clima democrático creado por los agrupamientos mayores y, en específico, a los espacios de libertad expresiva sostenida e impulsada en los años más recientes, al través de instrumentos legales fundamentales y adjetivos. Todo lo demás es cháchara y pachanga. El irreal suicidio político que enarbolan algunos desde sus cátedras de prensa o desde sus podios de la denominada sociedad civil, no ha sucedido ni tiene visos de que ocurra. Podrá haber cambios -por demás, necesarios- pero la impronta del poder marca la pauta del derrotero de la democracia, desde la instancia mayor que es la que gobierna, como al través de sus otros espacios, algunos poderosos, otros menos, desde donde también se ejerce el poder.

La política ha sido igual siempre en cualquier latitud y en cualquier tiempo con sus obvias razones diferenciales. Tal vez muchos políticos y ejercitantes de la vida pública no sean buenos lectores, y por eso no entienden los procesos sociales, económicos y políticos, y andan siempre a tientas irracionalizando las circunstancias y lo que suelen llamar coyunturas. Estuve el primer día que pusieron en cartel al Lincoln de Spielberg, y regresé a verla para comprender mejor aquel momento histórico y sus causales políticas. Tenaz pero sereno -aún con una esposa histérica y un hijo desobediente a sus designios-, tolerante pero firme, reflexivo y valiente, seguro de lo que buscaba pero afectado por la respuesta que daban a su dirección partidarios y opositores, Abraham Lincoln destinó su ejercicio como el presidente décimo sexto de Estados Unidos, y el primero del Partido Republicano, a producir la Enmienda 13 que concluiría el horror de la esclavitud negrera. Para lograrlo, tuvo que levantar la voz, recordar que era dueño de un inmenso poder y que los votos que faltaban para vencer a sus opositores en el congreso había que conseguirlos a cualquier coste. Aún inconformes, sus partidarios salieron a recorrer los desesperados caminos de la compra de votos, el sobornaje y el chantaje explícito. Cuando las campanas de Washington anunciaron el triunfo de la enmienda y el fin de la esclavitud, Thaddeus Stevens, el líder de los republicanos en el congreso, ayuntado clandestinamente con una negra que simulaba ser su servidumbre, espetó, mientras salía del recinto congresional, en medio del bullicio y el festejo: "Hemos logrado la más grande decisión del siglo, obtenida a base de corrupción por el hombre más puro de la historia de Estados Unidos". Pero, muchos que hablan de política ni leen ni mucho menos van al cine.

Los nuevos movimientos sociales son parte del tránsito democrático creado por los agrupamientos políticos.