El Lejano Oeste

Ilustracion RAMON L. SANDOVAL
Por los alrededores apenas pululan un puñado de los turistas de siempre, cámaras en mano, sonrisas fingidas para las consabidas fotos que en segundos estarán en sus portales personales o en los teléfonos inteligentes de amigos y familiares, y también los aspirantes anónimos a que la fama los redima algún día de la rutina bíblica de ganar el pan con el sudor de la frente. Las luces del imponente Teatro Kodak, en el Hollywood angelino, están apagadas y no hay celebridades ni alfombra roja por la cual caminar bajo la mirada ávida de mil millones de teleespectadores repartidos urbi et orbe, y a quienes los medios globales de información han alimentado con una y mil conjeturas sobre quiénes serán los ganadores de la codiciada estatuilla dorada en la ceremonia de los óscares.

Con los visitantes se entremezclan los personajes duplicados de películas archiconocidas, con trajes espaciales y armamentos futuristas: otro incentivo más para que centelleen los flashes en el día que poco a poco se roban las sombras en una atmósfera frígida inusual para la época del año y la California meridional. El brillo de las estrellas de carne y hueso, aquellas que habitan la constelación de las revistas del corazón, el celuloide y la veneración de legiones de fans, se apagó hace ya una semana. Ahora ocupa la acera frontal del auditorio una gigantesca estatua de un gato levantada en constante desafío a la gravedad con centenares de latas de un conocido alimento felino. Los curiosos ni las cámaras de la televisión global turban la rutina en el gigantesco acceso al complejo de más de medio millón de metros cuadrados de tiendas de recuerdos, moda y alimentación que alberga al famoso teatro inaugurado hace ya once años.

Sin embargo, en el hogar de los sueños, cerrado para las visitas ordinarias y abandonado ya por las expectactivas e ilusiones hasta el año próximo, hay una gran actividad que no delata de inmediato el silencio en el espacio adyacente a la gran sala, adornado con las placas que registran los ganadores de los óscares desde sus inicios, en 1929. En el centro del lobby se eleva con gracia una escalera en espiral con balaustradas en madera de cerezo coronada por una cúpula plateada. Las fotos de algunos de los premiados famosos acarrean recuerdos de tiempos lejanos y cercanos: Grace Kelly y Julia Roberts, por ejemplo; Marlon Brando y Halle Berry, la chica afroamericana que dio otro color a las películas de James Bond. Ya dentro, los 3,332 asientos forrados de terciopelo rojo están vacíos y no hay telón que oculte el gigantesco espacio, una suerte de gran corredor con destino final en un patio trasero copado por varios camiones que, con tantas ruedas como un ciempiés patas, aguardan para que los carguen. Otros artistas de otras artes ejecutan otras tareas. Una cuadrilla de trabajadores reduce a un montón de paneles de madera, basura y recuerdos, el escenario deslumbrante donde los ganadores de los premios de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas recibieron la estatuilla, pronunciaron sus palabras de agradecimiento y las ambiciones de tantos años y esfuerzos se hicieron realidad.

Todas las fiestas terminan. Tomará una semana desmontar toda la parafernalia, y en vez de la música con los temas de las películas de ayer y de hoy suenan las sierras y martillos. El estrépito no proviene de los bombos y platillos antes del anuncio de cada ganador, sino de las plataformas que mueven de un lado a otro, de las poleas y cables que bajan maderas y restos de divisiones improvisadas. Cuando el escenario del Teatro Kodak retorne a la normalidad previa a la gran ceremonia, una de las ramas del famoso Cirque du Soleil lo hará suyo para presentar, -¿qué otra cosa podría ser?- , una jornada a través del mundo del cine apropiadamente llamada Iris. Ver para creer lo que los malabaristas de la renombrada troupe de Montreal son capaces de poner en escena, seguramente que en un derroche de espectacularidad, músculos llevados hasta límites insospechados y música extraña pero increíblemente rítmica y con letras que no corresponden a idioma alguno en particular. Babel, de torre a canciones.

Ver el desguace de todo un portento de creatividad produce sensaciones encontradas. Nada es eterno y las glorias de hoy puede que sean las ruinas de mañana. Eastman Kodak, por ejemplo, se acogió a la ley de bancarrotas, empujada al ocaso financiero por las nuevas tecnologías que han decretado la obsolescencia de la cámara con rollo fotográfico. El mundo digital, sin embargo, no ha reemplazado al mundo del celuloide. Por 78 años consecutivos, la producción que ha ganado el Premio a la Mejor Película se ha grabado en rollos Kodak. Paradojas de la tecnología en un arte inagotable y que revela sorpresas e imágenes sugestivas. Por ejemplo, la primera cinta ganadora del Óscar, Alas (Wings), era muda. También lo es El Artista (The Artist), premiada en la última edición de apenas unos días atrás. Se necesitaron 84 años para que una producción sin diálogos audibles se llevara el máximo galardón de la Academia.

Privilegio a compartir con una muestra de colegas de los cinco continentes, un ganador de la estatuilla y productor de la ceremonia del 2010, Bruce Cohen, sirve de anfitrión y ofrece detalles inapreciables. ¿Cómo lograr que no se filtren los nombres de los ganadores, en un mundo caracterizado por los chismes y las infidencias? La tabulación de los votos de los miembros de la Academia corre a cuenta de una prestigiosa compañía de auditores, la Price Waterhouse, ejecutada, empero, por una sola persona. Cuando termina, coloca los resultados en un maletín uncido a su muñeca por una cadena. Secreto bien guardado.

Cohen echó los dientes en la industria cinematográfica, desde que a los ocho años se dijo a sí mismo que sería cineasta. Una vez en el negocio, se dijo otro cosa: que ganaría una de las estatuillas. Y lo logró con American Beauty, esa sátira de 1999 sobre la clase media norteamericana, incisiva, brillante, magistralmente dirigida por el británico Sam Mendes. En el 2008 fue nominado nuevamente, esta vez por Milk, una especie de biografía de Harvey Milk, el activista gay interpretado por el genio de Sean Penn. En la escuela que es Hollywood cursó carrera con otro grande, Steven Spielberg, quien en 1997 se llevó ocho distinciones con La lista de Schindler y una animación. Al día siguiente de la ceremonia, cuenta Cohen, Spielberg convocó a todo el equipo a las diez de la madrugada de Los Ángeles festivo pos Óscar y los recibió en el patio de la oficina con todas las estatuillas alineadas. En el entorno del séptimo arte hay la creencia de que quien toque el óscar de otra persona, jamás ganará uno. Con una estatuilla en cada mano, Spielberg saludaba a sus compañeros de trabajo y se las daba a acariciar. Cuando tocó el turno a Cohen, este vaciló y le recordó al incomparable cineasta la tradición, amén de que el laureado director también es supersticioso. Tras pensar unos segundos, le dijo a Cohen: "Tú puedes tocarlas". El maleficio, si es que existe, nada puede contra el talento.

El Teatro Kodak no queda en un lugar cualquiera de Hollywood. Tiene de vecino al Teatro Chino, con su patio de columnas marcadas con las huellas de las grandes celebridades y donde también en tres oportunidades se celebró la ceremonia de los premios de la Academia. Allí se lanzó en 1927 Rey de reyes, la espectacular producción de Cecil B. DeMille, otro de los íconos de Hollywood que se interpretó a sí mismo en uno de los filmes más representativos del séptimo arte de factura norteamericana: Sunset Boulevard. Acogió ese templo artístico el estreno de la Guerra de las Galaxias, con la que George Lucas revolucionó en 1977 la pantalla grande en un derroche de efectos tecnológicos y sonido sobrecogedor, con la aportación de la partitura de John Williams que se escucha aún con tanta frecuencia.

Ambas salas comparten el emblemático Hollywood Boulevar o Paseo de las Estrellas por sus aceras estampadas con placas de bronce de cinco puntas con los nombres de las luminarias artísticas. En Los Ángeles crepuscular, los anuncios de neón se encienden en llamada de atención para las tiendas, bares y restaurantes más diversos. Allá, desde lo alto de un techo, Justin Bieber, el adolescente canadiense rompecorazones con marcas asombrosas de discos vendidos, nos dice desde una gigantesca valla que los animales sonríen y entrega otro mandamiento: adoptarás perros realengos. Unos cuantos fans venidos de lejos se congregan frente a la estrella con el nombre de Whitney Houston, cuya memoria honran con una corona de flores mientras una cámara de televisión registra el momento. Otra vida arranca en la noche angelina.

Los Ángeles es una ciudad de ficción, con sus autopistas urbanas ocupadas permanentemente por más vehículos de lo recomendable para que el tránsito avance con fluidez. Esas vías libres solo en nombre seccionan la megápolis en 10 condados de muy baja densidad poblacional, lo que explica en parte la extensión territorial. Más de 1200 kilómetros cuadrados para una área metropolitana cercana a los 20 millones de habitantes. Si se la considerara como una unidad económica independiente, ocuparía el lugar 19 entre las economías mundiales. Su puerto, el mayor de Estados Unidos con 27 terminales, 270 atracaderos, 75 grúas para manejar carga y 68 kilómetros de muelles, da una idea de la pujanza económica de la segunda mayor ciudad norteamericana. Solo los productos comercializados con China a través de ese puerto montaron el año pasado 136 mil millones de dólares, un poco menos de tres veces el producto bruto interno dominicano.

Las celebridades y el cine han dado a Los Ángeles una fama que condiciona la verdad de una comunidad innovadora y creativa, con una apuesta permanente por la educación de calidad, la investigación científica y la armonía entre la naturaleza y el hombre. Entre el desierto y el Océano Pacífico vibra con vigor la ciudad más cosmopolita de todo el Nuevo Mundo, con más de 100 nacionalidades representadas y 200 idiomas hablados cada día. Tiene arriba de 100 mercados y más teatros, museos, aeropuertos y vías de comunicación que cualquier otra ciudad estadounidense.

Y, sin embargo, no son la pujanza económica ni las corporaciones aeronáuticas, automovilísticas y de energía que definen el perfil y percepciones de Los Ángeles, sino la realidad de un mundo irreal encarnado por Hollywood y la magia del cine. El hogar de los óscares tiene más nombres propios, con resonancia universal: capital cultural del siglo XXI, capital mundial del entretenimiento, paraíso culinario, centro de la moda. Es la ciudad teatro, una película en sí misma donde fantasía y realidad conviven en un arreglo simbiótico imposible de separar.

Entre el desierto y el Océano Pacífico vibra con vigor

la ciudad más cosmopolita de todo el Nuevo Mundo,

con más de 100 nacionalidades representadas y

200 idiomas hablados cada día. Tiene arriba de

100 mercados y más teatros, museos, aeropuertos

y vías de comunicación que cualquier otra ciudad

estadounidense.