En los terrenos fértiles de las pequeñas cosas

Los años como bálsamo calman los ímpetus. También acomodan los ánimos para descubrir en el entorno esas pequeñas cosas que no solo a los vates les despiertan las emociones, sino que pierden al mortal de alguna sensibilidad en la espesura del deleite tras comprobar que hay belleza por doquier. Es cuestión de alivianar la rutina con el propósito expreso de la reinvención. De buscar trascendencia en las paradojas y ocurrencias aparentemente simples. La perfección estética escapa a los recónditos de la filosofía, y es de humanos entenderlo.

Mi reino animal no era de los mundos civilizados, sino propio de los recuerdos caribeños de mascotas abandonadas que nunca conocieron amo, de las ínfulas de cazador errante que en el fragor de la infancia arremete tirapiedras en mano contra todo bicho que se mueva y del cumplimiento implacable de que todo pájaro que vuele es reo de la cazuela.

Otros son los intereses, otras las circunstancias. La jornada laboral se sobrelleva mejor si el hogar está al resguardo del tráfago y los estrépitos urbanos, y la comunión con la naturaleza es parte del acontecer diario que se inicia con solo mirar por la ventana u hollar los contornos cercanos. Muy diferente resulta que el trinar de las aves exaltadas por la primavera y el verano sean cotidianamente los heraldos del nuevo día, y no el atropello auditivo de los camiones y automotores, la voz amplificada del pastor imbuido de celo apostólico que encontró la salvación financiera en su iglesia, o las malquerencias del vecino con el civismo.

Aprendido de niño, disfrutado plenamente ya entrado en años, nada más cierto y sabio que este decir de Fray Luis de León en su Oda I, Vida retirada, en la misma que ese genio de las letras castellanas huye "del mundanal ruido":

"Despiértenme las aves con su cantar sabroso no aprendido; no los cuidados graves de que es siempre seguido el que al ajeno arbitrio está atenido".

En los espacios geográficos gentiles del desarrollo, el reino animal ocupa categorías que a veces resultan chocantes para nosotros, bárbaros de las latitudes tropicales. El amor a los perros y felinos menores, hasta el punto de dedicarles cementerios y consignarlos en testamentos, lo apreciamos como tintes de exageración. En mis tareas diplomáticas, en varias ocasiones he recibido quejas por las campañas de exterminio de perros realengos en las calles dominicanas. Hay razones sobradas para el asombro del turista ante los mejores amigos del hombre envenenados y aún no recogidos para la disposición final. Es una estampa salvaje que nos gana epítetos igualmente salvajes.

Parecería que los realengos pertenecen al capítulo del subdesarrollo. Incluso, el término es un americanismo. Al margen de la importancia y cuidado asignados a las mascotas, cuyo maltrato conlleva penalidad en muchos países, el respeto a la naturaleza y al medio ambiente está entronizado en el canon de la buena ciudadanía. Y es contagioso, como veremos, hasta el punto de convertirse en llamada de atención para la grandeza de las pequeñas cosas. En los confines de las megalópolis, es ya frecuente avistar especies que años atrás solo se encontraban en los bosques, reducidos ante el crecimiento urbano. Lo he podido comprobar por experiencia propia.

Ese año nuevo fue seguido por unos fríos y nevadas igualmente severos en el Londres que me acogía diplomáticamente. El patio de mi residencia era un tapiz de blanco impecable, recortado en un extremo por unos atisbos del verde de unos arbustos con cuyas hojas no pueden ni el otoño ni el invierno. El amanecer luego de la primera blanqueada dejó al descubierto unas huellas que venían del bosque contiguo y se perdían en el rededor de la casa, a salvo de la nieve por el calor de la calefacción en la pared. Como los realengos son una especie extinguida en el desarrollo, pensé desde mi refugio hogareño y sin examinar de cerca las pisadas que quizás alguien se aventuró al amparo del mal tiempo a violar la santidad de mi patrio trasero.

Volvió la nevada antes de que muriera el día y se fueron las huellas. Ya en la noche, la iluminación súbita del patio me despertó de la absorción de la tele con alguno de mis programas favoritos. Había una lámpara que un sensor de movimiento encendía por cualquier quítame esta paja. Ahí estaba, sorprendido en su atrevimiento, congelado en la luz que se desgranaba y reflejaba sobre la nieve, un ejemplar adelantado de zorro.

La cola espesa, pelambre que recorría nervioso el viento gélido, no dejaba dudas del sexo: macho. Esa piel rojiza la había visto una y otra vez abrigando formas femeninas tan espectaculares, distancias salvadas, como la anatomía de ese cánido, arisco y solitario. Lo observaba sin pausa por la enorme cristalera de la cocina/comedor, y la encarnación misma de la astucia no se movía. Pensé buscar la cámara y no bien me levanté cuando de un salto desapareció. Andaba en busca de alimento, quizás impelido por la nevada inclemente hasta el interior urbano donde siempre hay residuos de comida que un olfato zorruno, refinado, descubre.

En toda la zona del nordeste de los Estados Unidos, la conversión de zonas boscosas en comunidades suburbanas ha traído como consecuencia innúmeras colisiones de automóviles con ciervos. Pueden ser fatales, como un reciente caso no muy lejos del Distrito de Columbia al que pertenece Washington, en Maryland, con un saldo de varias víctimas mortales. Se calcula que esos accidentes acarrean daños por más de tres mil millones de dólares cada año. No es raro ver ciervos atropellados en las orillas de las autopistas nororientales, la sangre aún fresca, los ojos abiertos, turbios, con el estupor de la muerte súbita aún vigente. En uno de esos fines de semana largo y al regreso de parte sur del Estado de Virginia, conté no menos de diez restos en un trayecto de no más de doscientos cincuenta kilómetros.

Con los ciervos convivo amigablemente. Con más frecuencia de noche que de día, deambulan por las arboledas y parques de la vecindad donde resido. Los he encontrado en el frente mismo de la casa, solos o en pequeñas manadas que delatan el instinto protector de la madre. Se desplazan con gracia y sus ancas redondas, llenas, contrastan con la delgadez de las piernas, diseñadas para la velocidad en la carrera por la vida en ambientes más retadores.

Me arrebatan esos bulbos que emergen airosos de la tierra tras cumplirse el ciclo invernal y que son señal inequívoca de la primavera. Hay que saber cuándo sembrarlos para que broten a tiempo y el regalo de sus colores, del diseño perfecto que se despliega con elegancia al final del tallo alargado, sea lo más duradero posible. Los tulipanes son una expresión natural de gracia, generosos en su oferta cromática, atentos al comando solar para abrirse en calco erótico. Tientan a entender por qué tantos incautos fueron víctimas de la tulipomanía, esa burbuja especulativa que arrasó con grandes fortunas en la Holanda del siglo XVII cuando los precios de la liliácea se dispararon.

Unas manos sabias y pacientes plantaron la simiente. El rito, o la consagración de la primavera, es música; también un milagro de la tierra. Sin necesidad de pedirlos por catálogo o por internet, los tulipanes aparecieron oportunamente en el frente de la residencia, bordeando el asta donde flota altiva la bandera dominicana. Trajeron consigo la satisfacción enorme de las pequeñas cosas. Alborotado, comprobé muy pronto que los ciervos también son amantes de las flores, pero para engullirlas. Deleite estético convertido en alimento de unos mamíferos rumiantes voraces. Para esta primavera ya conocíamos el remedio: un aerosol que no altera un ápice el apelativo constante a la sensibilidad de esos pétalos aterciopelados de colores que retan la imaginación, producto del pintor de paleta inverosímil que es la naturaleza misma. Y, otro milagro, esta vez de la química, cohíbe el apetito cervuno.

La comunidad de ciervos que pasta alegre en jardines y las reservas boscosas en el corazón de la capital norteamericana no tiene que preocuparse de la mano humana o de la emboscada de los depredadores bípedos y cuadrúpedos que pululan por las praderas africanas, por ejemplo. Por el contrario, el riesgo radica en su capacidad de reproducirse cuando no hay peligros. La regla de Darwin se manifiesta de otra manera: hay que eliminar la población en exceso para que sobrevivan los más aptos, y de esto se encarga la autoridad responsable de los parques.

Disfrutaba tranquilamente del crepúsculo renuente a la despedida, tibio ya el mayo fronterizo entre la primavera y el verano. Perdido en los pensamientos vagos del dolce farniente, estimulada la lasitud por un puro de cepa dominicana noble y la expresión alcohólica más acabada del departamento francés de Charente con su comuna Cognac, apenas advertí el espécimen que con pasos seguros franqueó mi territorio, el patio de la casa donde terminaba la cena preparada con esmero. Pasó como un episodio más de los gatos de los vecinos, algunos verdaderos portentos felinos, que a menudo visitan el reducto dominicano en la ciudad del Potomac.

Cuán equivocado estaba. El visitante, que ya es asiduo, es un zorro de jaez distinta al de Londres, pero zorro al fin como hemos descubierto. No tiene la estampa imponente de aquel ni la pelambre color miel que revive las imágenes femeninas. La cola es la misma, pero de un gris apagado, opaco. Su ingenio es típicamente zorruno y le vale para abrir los botes de basura y recrearse en los muchos restos alimenticios que a menudo albergan, sobre todo después de alguna función oficial.

Se vale de sus artes especializadas para abrirlos a pesar de cuanto pesan. Con la astucia le ha venido la ligereza en las acciones. El contacto humano no le es ajeno a juzgar por la desfachatez con que ejecuta las incursiones y la impunidad que instintivamente sabe le está concedida.

Nuevamente disfrutaba de la cena en el patio bendecido por los aires calientes, engendradores de verdes que animan el descanso visual. Se ha convertido en la sala ideal para un concierto inacabable de gorjeos a cargo de aves que no conozco en su mayoría y de las que apenas identifico a los cardenales, no por referencia a la figura eclesiástica sino al equipo de béisbol de San Luis, el favorito de mi padre cuando el veterano francomacorisano Julián Javier cuidaba una de las almohadillas. No exagero sobre la calidad y persistencia de las sinfonías que nadie ha escrito y de las que soy casi siempre el único oyente, como dueño (temporal, eso sí) del espacio donde la orquesta de músicos minúsculos ejecuta. En estos días, ni siquiera el bullicio de los graduandos del Centro de Estudios de América Latina de la Universidad de Georgetown, a quienes servía de anfitrión, lograba apagar la música de las alturas.

Me cortó el disfrute de las pequeñas cosas el hedor de materia descompuesta que con demasiada frecuencia llegaba a mis membranas olfativas. Pregunté y me vino en toda su extensión la hazaña del zorro osado y sus incursiones por las cercanías de la cocina y los depósitos de desperdicios. En las entrañas urbanas del Santo Domingo Primado de América, son humanos los responsables de romper las bolsas que aprisionan la basura y los malos olores. Los mismos resultados me los proporciona un zorro atrevido, a quien sin embargo respeto el derecho a la subsistencia y saciar su hambre animal con lo que yo, hombre, he decidido no consumir.

El epílogo alecciona. La incivilidad en el primer caso y el instinto animal en el segundo tienen acordadas de antemano indulgencias plenarias. Subdesarrollo y desarrollo en los reinos, animal y humano, de estos mundos sublimes, ingrávidos y gentiles en los versos del poeta. Solo en los terrenos fértiles de las pequeñas cosas pudo verlos Antonio Machado "pintarse de sol y grana, volar bajo el cielo azul, temblar súbitamente y quebrarse".

Hay razones sobradas para el asombro del turista ante los mejores amigos del hombre envenenados y aún no recogidos para la disposición final.

Es una estampa salvaje que nos gana epítetos igualmente salvajes.