Entre humanos
En la esquina inferior derecha de la portada de una reciente edición del New York Times resaltaba una información con un título que, al igual que a mí, llamaría la atención a millares: "Trabajador que ocultó ganancia de lotería deberá compartir el premio de $38.5 millones de dólares". Entre los contados párrafos antes del pase a una página interior figuraba una pequeña foto a color de un perfil adusto, mofletudo, pelo y bigotes copiosos sin canas traicioneras, patillas largas y cuello tan corto que no rebasaba la camisa, ajustada en esa porción mínima de anatomía como si fuese un dogal.
Ejemplo de reseña periodística en que cada línea cuenta, tanto por los hechos descritos como por las reflexiones inducidas; intrigante y rica en detalles, la pieza nos adentra en la historia de Antonio Lopes, un inmigrante portugués, y sus compañeros de una empresa de construcción a quienes la suerte los ha hecho ricos y enemigos irreconciliables a la vez. Pulgadas arriba mediada por un despacho sobre el Oriente Medio y también a dos columnas, se presentaba la noticia principal del diario apuntalada por este subtítulo: "Un grito inusual de un ejecutivo financiero con acceso a información privilegiada: discusión sobre avaricia y exceso". En un dechado de periodismo inteligente, agudo, incisivo y sutil, el diario norteamericano sintonizaba a sus lectores con un debate que ocupa al mundo y provoca aún innúmeras protestas. Greg Smith, de 33 años, sudafricano y directivo londinense de nivel medio de Goldman Sachs, confirmaba las sospechas de que la crisis financiera que abatió al mundo hace unos años tiene su origen en la avaricia intrínseca a Wall Street, y que se trata de un culto muy entronizado que se practica vigorosamente en la gran banca y fondos mundiales de inversiones.
El mundo de las altas finanzas y la calle se intersectan en el hombre. Goldman Sachs y un común mortal de un pueblito de New Jersey guardan coincidencias. Arriba y abajo de la escalera social, tal como estaban diagramadas ambas informaciones en la primera página del New York Times del jueves pasado, no hay diferencia alguna en una conducta -acumular más de lo que no necesitamos-, que nos identifica a los humanos como únicos. Ni siquiera las aves carroñeras o las despreciables hienas toman más de lo que sus estómagos permiten. Los plantígrados, por ejemplo, acumulan grasas y energía solo para suplir la inactividad de la hibernación. La avaricia es cosa nuestra, ya sea con efectos restringidos al entorno inmediato o consecuencias perversas generalizadas como las que han empobrecido y arruinado a millones. En la vorágine global de bancos quebrados, hipotecas impagadas, ejecuciones perentorias de inmuebles, quiebra fiscal y desempleo, la ambición desmedida, tantas veces puesta de manifiesto, revela que la justificación de los medios por vías del fin ha adquirido categoría de verdad probada.
Por años, Americo Lopes y un quinteto de amigos eran socios en las apuestas a la lotería. Los seis compartían ilusiones y el precio de los boletos bajo el entendido de que igual ocurriría con las ganancias si alguna vez el azar caprichoso venciese la cuasi imposibilidad de acertar con un número ganador entre millones. Se ha repetido hasta la saciedad que la suerte es impredecible, algo así como los bípedos dizque civilizados. Un buen día le tocó el gordo de la lotería al boleto del sexteto, casualmente en manos de Lopes, quien renunció de inmediato al trabajo con la excusa de que necesitaba operarse de un pie. Sin decir palabras sobre el premio de 38.5 millones de dólares, guardó para sí los $17,433,966 del cheque que le envió Mega Millions tras deducir la tajada grosera del Tío Sam.
Creyéndose muy listo, confió a uno de los integrantes del grupo que se había sacado la lotería una semana después de abandonar la empresa. O sea, la buenaventura le llegó al término de la sociedad en la apuesta al azar que por muchos años había mantenido con sus compañeros obreros, portugueses inmigrantes como él. Empujado por la curiosidad, alguien del grupo buscó en internet los detalles del premio y cuál no sería su sorpresa cuando reparó en que la fecha ganadora correspondía al tiempo en que aún apostaban juntos. Lo demás fue cosa de abogados, un caso judicial que se arrastró durante dos años y la decisión de una corte de New Jersey ordenando que el bote se repartiese a partes iguales entre los seis. Afortunadamente para los actores constituidos en parte civil, el lote quedó en el congelador desde la primera salva judicial.
Quién compró o pagó por el ticket es tan difícil de establecer con certidumbre como atinar en la loto. Lopes argumentó que el número ganador no era parte de los que compró con los fondos comunes, que acostumbraba a tentar la suerte de manera individual. Un detalle tan humano como la avaricia determinó la sentencia salomónica. Contrario a lo que sustentó el demandado ante la instancia judicial, los demás probaron más allá de toda duda razonable que en verdad todos eran viejos y entrañables amigos, que compartían más que el trabajo, la esperanza de un premio o la nacionalidad original. Los unía otro vínculo, tan nuestro como los vicios y que se denomina solidaridad. Se ayudaban unos a los otros, y juntos habían celebrado momentos estelares de la vida en familia. Esa mentira-traición perdió a Lopes. El gallo no cantó tres veces como cuando Pedro negó a su amigo y maestro, sino 17,433.966.
Míster Smith estremeció al mundo con un artículo en la página editorial del mismo New York Times que era a su vez su renuncia de Goldman Sachs, asqueado porque esa casa de las finanzas mayores anteponía sistemáticamente sus intereses a los de sus clientes. Ardió Troya y de paso recobró bríos el grito de quienes han ocupado las plazas urbanas y mentes de muchos en protesta contra la avaricia y los excesos que a su entender gobiernan Wall Street, el símbolo del capitalismo mundial. Ya no lo decía un jipi extemporáneo o un izquierdista rezagado y desmemoriado, sino un "insider", alguien que conoce las entrañas de ese tinglado internacional que crea y destruye riquezas y con la misma celeridad reparte pobreza por doquier y millones de dólares en bonos a la elite que controla transacciones que montan cifras estratosféricas. Hasta los más conservadores han reaccionado escandalizados ante las infracciones a la ética de negocios más elemental que cometen los titiriteros de los mercados de valores y genios de productos financieros de toxicidad extrema.
Tras la tormenta de hace apenas tres años y cuyos vientos huracanados aún se sienten, prevalece la cultura de esquilmar a los clientes con tal de inflar las operaciones y de paso los bonos de fin de año. Continúa la práctica de recomendar movidas financieras que de antemano se sabe desembocarán en pérdidas para los clientes mas en ganancias para los gestores. De ahí la frase lapidaria en el artículo de Smith, repetida en la información de primera página del Times: "Me da náuseas la insensibilidad con que la gente habla todavía de estafar a los clientes". Por supuesto, esa "gente" son sus antiguos compañeros de Goldman Sachs. ¿Y por qué cambiar si nadie ha probado la cárcel por los malos manejos y abusos cometidos en los mercados financieros? Antes de que los expedientes llegasen a los tribunales, el daño a la sociedad fue "reparado" con el pago de multas millonarias. Ese fue el caso en cuestión de Goldman Sachs, que con el abono de 550 millones de dólares se libró de los cargos de fraude civil que le enrostró hace exactamente dos años la Comisión de Bolsas y Valores (Securities and Exchange Comission) que supervisa Wall Street, tras comprobar que vendía productos financieros perdidosos y contra los cuales apostaba para obtener beneficios fabulosos.
La petulancia de los dispensadores de la otra cultura con característica monacal es igualmente abominable. Porque detrás de una propuesta de pobreza o falsa modestia se esconde todo un catálogo de frustraciones e hipocresía. La austeridad o prudencia en el gasto, aplicable también al ingreso de los otros, no pasa de una postura y en modo alguno observan esas reglas en sus vidas personales. Si la pobreza no es virtud, mal puede la avaricia regir como norma suprema en la actividad económica. Condenable y criticable no es la ganancia producto del esfuerzo y la rendición de un servicio efectivo, sino el lucro desbordado al margen de todo principio o valor y sin importar que en su logro impere el atropello. Compatibilizar la riqueza y la ética es el reto.
El extravío de Antonio Lopes aflora cuando llevado por la rapacidad se cobijó en la mentira y el engaño para despojar a sus amigos de lo que justamente les correspondía. ¿Qué anima al ser humano a perseguir con celo inacabable bienes y riquezas que no alcanzará a consumir y sobre todo disfrutar, incluso si la longevidad habita en sus genes? De haber dividido originalmente el premio, a cada uno hubiese tocado cuando menos tres millones de dólares, con una carga impositiva más ligera considerada individualmente. Para un obrero que cruzó ya el medio siglo, de costumbres, gastos y gustos definidos -e incluso para cualquier mortal de clase media en una sociedad desarrollada-, se trata de una suma fabulosa y con la que podría vivir tranquilamente el resto de sus días, sin preocupaciones ni incertidumbres materiales. Colocada en inversiones muy conservadoras, la parte proporcional produciría rendimientos por encima de los ingresos anuales de un obrero cualificado.
Una vez conocido el veredicto del juez, los premiados por la justicia y la suerte indicaron que no cambiarán su tren de vida y tampoco sus ocupaciones habituales. El único disfrute excepcional serán unas vacaciones de varias semanas. De la noche a la mañana no se aprende a vivir como rico. Apresurar el paso hacia un estadio de boato y "dolce far niente" suele acarrear traumas y frustraciones que destruye a los leves de espíritu. Sorprende el alto número de visitados por la suerte con bolsas fabulosas en las loterías que terminan engrosando las estadísticas de suicidios.
Lord Byron, aventurero y poeta egregio, sentenció que el amor por su perro crecía en la misma medida en que conocía al hombre. Por donde el poderoso caballero don Dinero se pavonea, las pasiones más bajas se elevan al cubo y arrasan a su paso todo vestigio de ecuanimidad, sensatez y buen juicio. La ambición desenfrenada es un arma de destrucción masiva y no la inventó nadie, sino que advino con el hombre en su versión más primitiva. Por eso uno de los vecinos de los inmigrantes portugueses del boleto agraciado enjuició el embrollo de manera sencilla pero contundente, luego de indicar sin necesidad de explicación adicional el porqué prefiere participar solitario en la carrera detrás de la suerte y el número mágico: "Es la naturaleza humana".
Si la pobreza no es virtud, mal puede la avaricia regir como norma suprema en la actividad económica. Condenable y criticable no es la ganancia producto del esfuerzo y la rendición de un servicio efectivo, sino el lucro desbordado al margen de todo principio o valor y sin importar que en su logro impere el atropello. Compatibilizar la riqueza y la ética es el reto.