Espolines de merengue

Lo primero que lancé fue la botella de sidra, que estalló al chocar contra la pared como si hubiese sido una granada. Después salieron volando los platos, los cubiertos, las bandejas con los fiambres y quesos, las tazas del ponche, las frutas que adornaban la mesa, las jarras con cerveza, los chicharrones y el biscocho, con su torpe perfil del Prócer delineado en merengue. Cuando ya no tuve proyectiles a mano, empecé a arrojar las sillas y mesas. Me contaron luego que, mientras los demás compañeros se guarecían donde podían, como si estuviesen bajo fuego de mortero, yo atronaba el Club de Oficiales con una escalofriante carcajada histérica, que no parecía salida de mi boca.

En realidad, poco recuerdo de esa noche en que pensaba haber alcanzado la felicidad y que, al fin, tenía en mis manos la solución de los problemas que me agobiaban. Porque nadie puede juzgarme, ni siquiera el psiquiatra que me han asignado, ni los miembros del Consejo de Guerra que ha sido convocado para dictaminar sobre mi "proceder impropio de un oficial del Ejército Nacional", sin conocer los antecedentes del rapto que me tiene confinado en esta jaula para alienados, de paredes acolchadas y sin ventanas. Y menos mal que ya me han quitado la camisa de fuerza, y no me inyectan ese no se qué que me tuvo, por días, mirando fijamente al techo y babeándome, como un recién nacido.

No es verdad que me haya vuelto loco, al menos, no de la forma en que la gente suele perder la razón. Uno de los argumentos que he esgrimido para demostrarlo ante el doctor, y debo reconocer que con éxito, ha sido el de que no puede haber perdido totalmente el juicio, cuando no hice uso de la pistola de reglamento que llevaba a la cintura, y que muy fácilmente hubiese podido disparar, limitándome a astillar la vajilla, desparramar la picadera, aplastar el biscocho y manchar las paredes del local.

Yo no pretendí jamás hacer daño a mis camaradas de armas, y creo que eso ha quedado definitivamente establecido. A fin de cuentas, ellos eran tan víctimas como yo, sólo que más equilibrados o menos agobiados por la vida. Lo que pretendía con mi actuación, creo yo, era protestar, o al menos, dejar sentado que no aguantaría más el constante despojo a que se nos sometía, con tal de adular a los jefes. Y que, por supuesto, reclamaba que nuestros salarios pudiesen ser disfrutados sin impuestos onerosos y gabelas que jamás tenían fin. Sólo eso.

Pero parece que era demasiado. Algún que otro amigo, de los pocos que se han atrevido a visitarme en esta caja asfixiante de hospital, donde dormir es imposible y la comida una broma, me han comentado que tengo enorme suerte por aún estar vivo, y no bajo siete varas de tierra, con el cráneo agujereado, o destrozado a culatazos. Porque esa era la medicina habitual que se administraba a los rasos que se descontrolaban en los cuarteles, y a mí estuvieron a punto de dármela, y si no lo hicieron fue porque algunos de ellos intercedieron, cuando ya me tenían tendido en el piso, casi sin sentido.

Y es que, después del ruido de espejos y botellas astilladas, de mesas desencuadernadas y sillas desfondadas, se hizo un silencio inusitado, como el que antecede a un asalto, y claro está, el asalto llegó. Por supuesto que no me percaté de nada, porque estaba de pie en medio del desastre, riendo aún como un poseso, pero alguien debió llegar gritando por ayuda al Cuerpo de Guardia, porque de allí llegó una patrulla, con un sargento al frente, en zafarrancho de combate y bayonetas caladas.

Dicen que en ese segundo fugaz en que toda historia tiene el desenlace que tiene, bueno malo, se escuchó una vocecita acobardada que salía por entre una pila de muebles hecho pedazos, coronada, asombrosamente, por los restos del biscocho y la imagen intacta del Prócer contorneado en merengue.

"-¡No lo maten, que quiero vivo a ese loco cabrón, que nos ha jodido la fiesta!"

Era la del coronel, por supuesto, un hombrecito insignificante con la voz más estentórea que jamás oyese, y que se le había escurrido del cuerpo, de puro miedo. Con dificultad y en un solo temblor, me cuentan, emergió del naufragio cuando ya los rasos me habían rodeado, desarmado, lanzado al suelo a patadas y gritos, y más de una bayoneta empezaba a brillar sobre mi cabeza, con el siniestro relampagueo de lo que concluye. Fue entonces cuando, tras carraspear y tragar en seco, recuperó su vozarrón de gigante para ordenar que me amarrasen, codo con codo, y me llevasen a un calabozo de la Fortaleza, hasta que pudiese consultar con la superioridad lo que se debía hacer conmigo.

Ahora comprendo que aquello fue una emboscada. Nadie había alertado a nosotros, los oficiales invitados, de lo que pasaría durante la cena de confraternidad convocada con motivo de nuestros recientes ascensos, y por supuesto, de la asignación de mayores sueldos, y a las que nos habían ordenado asistir en trajes de gala. Nadie receló, tampoco yo. De hecho, era normal que la superioridad celebrase estos ascensos y propiciase una cierta complicidad entre los camaradas. Sometidos a una vida miserable y llena de privaciones, cumpliendo, sin chistar, órdenes muy duras que te dejaban sin poder conciliar el sueño; amordazados en medio de la barbarie, y convertidos nosotros mismos en bárbaros, ellos sabían bien el valor terapéutico que tenía una buena comida compartida, la borrachera inevitable y los brindis por el Jefe, en medio de chistes obscenos, guerreas desabotonadas, chocar de copas y humo de tabaco.

Y mientras más eufóricos estábamos y más votos de lealtad eterna se formulaban a mi alrededor, yo me escapé mentalmente para sacar cuentas. Porque a eso era a lo que me dedicaba, silenciosamente, en los últimos tiempos: a sacar cuentas, a estirar números, a calcular, hasta la extenuación, la forma en que podría convertir mi salario de oficial en una puerta hacia la felicidad. Y es que estoy enamorado y tengo urgencia en casarme con Sarita, porque su vientre ha empezado a curvarse, sus ojeras y náuseas han comenzado a levantar sospechas, y su padre ha empezado a calarme, con ojos fieros, como buscando la verdad de lo que, día a día, germina dentro de su hija única y mimada.

Con lo que ganaba no podía garantizar nuestro matrimonio, mucho menos el sostenimiento del hijo que venía en camino, y que una mañana de visita confidencial al viejo médico de la familia, que quería a Sarita como a una hija, supimos que no era uno, sino tres, de un golpe. Porque ya se sabe que Dios da barbas a quien no tiene quijada.

Y por si esto fuese poco, ni siquiera podía contar con la totalidad del exiguo salario de mi sacrificio: cada año, cada mes, cada semana, casi cada día, los oficiales, al igual que el resto de los empleados públicos y la población, en general, éramos víctimas de todo tipo de "iniciativas voluntarias", ideadas por los lambones de siempre, para costear regalos costosos, bustos, estatuas, Rolls Royces, yates, palacios, la edición de obras ditirámbicas, viajes de placer al extran- jero, y toda suerte de homenajes al Prócer y sus familiares, sus muertos y sus santos, sus hijos y su cohorte de cómplices en la ardua labor de joder a la nación.

No exagero si digo, y de nada me serviría mentir en esta situación en que me encuentro, que más de la mitad de lo que cobraba se me iba en "aportes voluntarios" de este tipo. Por eso había visto los cielos abiertos cuando me comunicaron mi ascenso, y en consecuencia, el aumento correspondiente de los haberes a devengar. Calculando y calculando, estirando y estirando, vendiendo unas tierritas que me dejase mi padre, ganando unas peleítas de gallo a las que estaba obligado a apostar, cobrando, por debajo de la mesa, algunos favores a los comerciantes de la zona donde era comandante del Ejército Nacional, haciendo el de la vista gorda ante el trasiego ilegal de braceros haitianos para trabajar en los centrales americanos, y por supuesto, contando con el dinerito extra del ascenso, llegaba a la meta, casi sin aliento y rayando, pero llegaba…

Y por eso, no por el Jefe, es que yo estaba brindando en el Club de Oficiales la noche de mi mala estrella, cuando el coronel dio unos toques a su copa, para reclamar la atención de los presentes, y ridículamente en posición de firme, y con voz más que engolada, leyó:

"De acuerdo con las órdenes del Auxiliar del Jefe de Estado Mayor del Ejército Nacional, se requiere de ustedes, señores oficiales, impartir las órdenes de lugar para que cada uno de los oficiales de sus respectivas dependencias, den sus contribuciones para un regalo que la Oficialidad del Ejército, de manera absolutamente libre y espontánea, hará al amado General de Brigada Héctor Bienvenido Trujillo Molina, consistente en un par de espolines con cadena, todo de oro de 14 quilates, siendo dicha contribución fijada en la forma siguiente:

Coroneles: $ 14.00

Tenientes Coroneles: $ 12.00

Mayores: $ 10.00

Capitanes: $ 8.00

Tenientes Primeros: $ 6.00

Tenientes Segundos: $ 4.00

Estos aportes, frutos del amor que sentimos por nuestros gloriosos superiores, deberán ser obtenidos en el pago correspondiente al mes de abril de 1937 (el mes en curso), y enviados a esta oficina, para los fines de rigor"

No es verdad que $10.00 pesos fuese para mí una cifra ridícula. Eso me correspondía aportar como Mayor recién ascendido, pero con ello quedaban fuera de mis posibilidades 54 biberones de leche, o sea, 18 tomas para los trillizos, por sólo calcularlo en este rubro, pero también podría decir cuántas consultas para Sarita, el no poder comprar uno de los anillos de boda, ni la cola de su traje de novia, o deber un mes de alquiler de la casita con que soñamos.

Y como las desgracias jamás vienen solas, con mucha discreción, eso sí, y dando rodeos de precaución para evitar que le salte al cuello, me dice el doctor, que es un alma de dios, que le han pedido comunicarme que me embargan el salario de mayo, para poderle resarcir al Club de Oficiales los destrozos causados, hasta que se determine por el Consejo de Guerra las condiciones de mi cancelación.

Lo que pretendía con mi actuación, creo yo, era protestar, o al menos, dejar sentado que no aguantaría más el constante despojo a que se nos sometía, con tal de adular a los jefes.