Historias en letras y música

Hay ese tránsito de la vida en que hasta imaginar las bondades del amor cuesta trabajo, mucho más comprometerse en la aventura del matrimonio tras sucumbir en repetidos intentos. Cuando el atrevido es alguien con quien se comparte una amistad de años, la pasión por la vida y las ansias de libertad de sentimientos, con el enhorabuena de rigor va también la admiración por creer en el porvenir, por la valentía de comenzar de nuevo, por la confianza manifiesta en la renovación y exaltación de emociones que se creyeron olvidadas y quizás perdidas para siempre en la rutina del existir. Es una apuesta optimista que no objeto sino alabo porque, en definitiva, nacemos solos para que en el estadio del yo aprendamos la necesidad del nosotros.

Hay que celebrar con unción esas uniones cuando restan menos años que los ya vividos. La brevedad aparente del futuro conduce a pensar que esta vez los lazos son definitivos. Me resiento a invocar el otoño y batida en retirada para calificar esta etapa crepuscular. La imagen de desolación es demasiado poderosa y, por el contrario, son tiempos de bonanza para el espíritu, sosegado ya por la experiencia y en condiciones ventajosas para aprovechar al máximo los momentos de felicidad. Antes que de adiós, hablemos de bienvenida. Nunca de antesala del invierno, sino de intensidad en un verano de miles de agostos en que el calor no se mide en grados sino en la escala inverosímil de la entrega al otro.

Volví al país por unas horas e incorporarme al gozo de amigos en la formalidad de la ceremonia matrimonial pero, más que nada, a participar militante en el apoyo a una decisión indudablemente bien pensada, a derivar complacencia por su redescubrimiento del amor con alientos estimulantes de juventud, de frescura, de sabor a nuevo. Había adivinado en la pareja un propósito permanente de tocar cada día a las puertas de la gloria. El principal nutriente de la amistad y de cuanto se refiere a la interrelación humana corresponde a la solidaridad, lo que conlleva una presencia, no necesariamente física, en las altas y en las bajas.

No salgo aún del asombro cuando al final de la ceremonia la novia, ya esposa, tomó el micrófono. En mi despiste, anticipaba una perorata o la recitación de algún pasaje bíblico que recordase la santidad del matrimonio en la tradición cristiana o las enseñanzas paulinas en su Carta a los Efesios. La voz, tímida mas espontánea en un inicio, nítida y dulce todo el tiempo, se apoderó de las letras de una canción que nunca yo había escuchado, y cuya belleza el piano cómplice agigantaba en aquel instante de esplendor, de sacudida espiritual y emociones mal escondidas a punto de escaparse de la prisión de las conveniencias para añadir liquidez a la noche lluviosa. Esa dote de la amiga anfitriona de veladas alargadas me era desconocida. Con melodía salida del corazón y apoyada en la inspiración de aún ignoro cuál compositor, confesaba públicamente que nunca había estado tan segura "de amar así, sin condición". Con los ojos fijos en el esposo recién adquirido y tan anestesiado como la audiencia, su mano asida, le juraba "cuidar por siempre nuestra unión".

"Hoy te prometo amor eterno, ser tú y yo para siempre en el bien y en el mal. Hoy te demuestro cuánto te quiero, amándote hasta mi final". No eran sus palabras y sí lo eran por la sinceridad con que las cantaba, por la seguridad en cada asalto a notas compuestas para escapar por arriba del pentagrama. Aún se resiste a mi entendimiento cómo alguien, sin ser cantante profesional y en hora tan especial, pudo controlar las emociones con una sonrisa y música en los labios; y en los ojos, un arrobamiento que a todos los amigos allí presentes nos convencía de que el canto era una verdad evidente a la que servíamos de simples testigos circunstanciales. A mi lado había dos políticos apreciados y respetados, veteranos de una y tantas batallas y a quienes las veleidades y dobleces humanas los inscriben en los amantes fanáticos de los perros. Con discreción los miré y comprobé que también a ellos les había llegado la magia de la esposa cantora. El brillo en sus ojos era el reflejo del enternecimiento, el mismo factor que a la chica delante de mí provocaba unas lágrimas impulsivas que el pañuelo del novio enjugaba mientras él se refugiaba en un amago de sonrisa. De improviso, sentí que todos habíamos quedado convidados a una comunión espiritual.

Luego supe que el novio de mis afectos estaba tan sorprendido como nosotros, aunque le habían llegado rumores de unos ensayos a escondidas. Que hizo un esfuerzo inaudito por guardar la compostura porque sabía que de las emociones romper la compuerta, contagiarían a la esposa. Que la canción es parte del repertorio de Il Divo y que se llama Hasta mi final. Al día siguiente de la boda regresaba temprano a mi puesto en el exterior. No bien llegué a la casa y el prodigio del internet me reveló la versión original. La búsqueda me deparó otra sorpresa: un vídeo de una novia en España que literalmente aturdió a su pareja en el pasillo hacia el altar con una interpretación magistral de una pieza también difícil, Quiéreme, que canta Núria Fergó (Fernández Gómez). Los más de ocho millones que se han disfrutado del hallazgo contrastan con los menos de dos millones de hits alcanzados por la interpretación original de la artista andaluza.

Componer canciones es un oficio, en compartimentos de apreciación diferente a la poesía. Sin embargo, hay letras comparables a poemas de la mejor escuela, portadoras de un lirismo vehemente y relevadoras de una creatividad que resuma sensibilidad y cuidado estético. La buena poesía tiene ritmo propio; y si canción, cuenta con la ventaja extra de la música. Quizás sea esa la combinación que apela con tanta eficacia a las emociones, la provocadora de desasosiego o deleite. ¿Quién no tiene una canción favorita, anclada a recuerdos de los que nunca ha podido zafarse pese a los innumerables esfuerzos? Las hay que identifican épocas, que marcaron tendencias y han hecho historia. Algunas merecen el apellido de clásicas en razón de su popularidad y vigencia a pesar del calendario, o porque abrieron un nuevo camino en el campo musical. En el cancionero norteamericano, por ejemplo, se las llama standards.

Desafortunadamente, la pobre calidad se ha convertido en norma, amén de que la adscripción al terreno de lo popular debilita de antemano al género por la propensión a la sensiblería. La ramplonería asoma con demasiada frecuencia. Excluyo a propósito toda alusión al romanticismo, con residencia permanente en el aria operática, aquel terreno sagrado al que se accede con la ayuda de los dioses.

El impacto de la canción se debe sobre todo a la propiedad con que encapsula un momento, una situación, una angustia, el amor y el desamor, lo imposible o posible, en fin, el arcoiris de los sentimientos humanos. Añádase el componente de un buen arreglo, acompañamiento orquestal de primera, una melodía pegajosa, bien lograda, y el resultado final es la identificación total oyente-letras-música. Contrario a la poesía, y aquí entro en terreno movedizo peligroso por mi osadía, la realidad personal del autor no siempre desencadena la creatividad. La composición puede ser por encargo: contenido obediente a situaciones imaginadas, a una ficción de emociones. Escribir canciones es un trabajo de artesanía, muy fina a veces. En la buena poesía, la sensibilidad del poeta deviene arte.

La llamada canción popular ha encontrado un medio adecuado de difusión y aprecio en las bandas sonoras cinematográficas. Algunas piezas emblemáticas se escuchan en más de un filme y han engrosado el catálogo de lo inolvidable. Una de mis favoritas es originalmente francesa: Que reste-t-il de nos amours? (¿Qué queda de nuestros amores?), popularizada durante la Segunda Guerra Mundial. Desde su estreno en 1942 hacia acá, nunca ha dejado de escucharse en versiones de cantantes con los estilos más diversos, desde Marlene Dietrich a Nat King Cole, Frank Sinatra, Joao Gilberto, Esther Philips, Dean Martin, Michael Bublé y Rod Stewart, para escoger unos pocos de una lista demasiado larga.

Hasta donde sé, se estrenó en el cine de manos de François Truffaut en Besos robados, de 1962. Una estrofa explica el porqué la escogió el cineasta francés: Baisers volés, rêves mouvants/ Que reste-t-il de tout cela/Dites-le-moi (Besos robados, sueños fugitivos, qué resta de todo aquello, dímelo). En uno de esos episodios de la serie Ruta 66 con la que muchos accedimos a la televisión en blanco y negro en los albores de la libertad dominicana, en 1961, Jo Ann Greer le cede su voz a Dorothy Malone para interpretar la versión sajona de la archifamosa canción.

Traducida al inglés como I wish you love (Te deseo amor), la composición de Charles Trenet regresó al celuloide en Eye of the beholder, (El ojo del espectador), una película poco conocida en el país y, sin embargo, fascinante. Participó como la selección oficial en el Festival de Venecia y llegó a los cines con el nuevo siglo convertida en todo un éxito de taquilla. Narra la historia de un investigador del consulado británico en Washington, obsesionado con una asesina en serie a la que sigue a lo largo y ancho de los Estados Unidos. Mientras tararea I wish you love y la banda sonora se deja escuchar como fondo, una Ashley Judd desnuda, de senos tímidos, se introduce en la bañera donde se sumerge hasta la cabeza en una montaña de espuma de jabón. En el apartamento contiguo, de pie en otra bañera pero vacía, Ewan McGregor parece espiarla en una especia de trance orgásmico que la cámara disimula con una toma ascendente. Escenas de factura cinematográfica impecable a las que la vocalización de Chrissie Hynde, guitarrista y compositora de la conocida agrupación The Pretenders, les añade un gran lirismo. Para mí, es la mejor de todas las versiones. Desafortunadamente, la música original nunca ha sido comercializada, aunque es posible encontrarla en YouTube.

En Iris, en el 2001, que cuenta la historia trágica de la escritora británica Iris Murdoch, de final atropellado por el alzhéimer, Que reste-t-il de nos amours retorna en la versión original de Charles Trenet. La escuchamos nuevamente en la comedia romántica de 2003 Something's gotta give (Algo hay que ceder). Al año siguiente reaparece en Now, ladies and gentlemen, un filme dirigido por Claude Lelouch. Canta Patricia Kaas, protagonista junto al británico Jeremy Irons, en inglés y francés. Una combinación idiomática que hace honor a los actores y al director. Rachel Yamagata aporta una interpretación diferente, en un estilo de jazz muy personal, en Prime, una cinta del 2005.

Nunca siempre los acomodos de canciones a otro idioma resultan, pero I wish you love cae dentro de las excepciones. Transportada al italiano como Che cosa resta por Francesco Battiano, suena con toda su fuerza expresiva en L´uomo perfetto, filme italiano de aquel mismo año. Claude Lelouch la rescata su segunda vez para el celuloide en el 2010. Director de preferencias fijas, porque Anouk Aimée, su diva de Un hombre y una mujer y cinco más de sus películas, vuelve a la carga pese a frisar los setenta y cinco años en ese entonces en Ces amours-là.

Nostálgicas y melancólicas, las letras en francés contrastan con la versión en inglés de Albert Askew Beach, rebosante de optimismo al inspirarse en el final de una relación exenta de trauma por la trascendencia de unos deseos de antología para el porvenir de quien se marcha: azulejos (el ave) en primavera, una limonada para el calor veraniego, un fuego acogedor en el invierno, un refugio en la tormenta y, sobre todo... amor.

Esa convocatoria de emociones al conjuro de una canción, muy presente en I wish you love, ha hecho de la boda de mis amigos un evento que "inolvidablemente vivirá en mí".

El impacto de la canción se debe sobre todo a la propiedad con que encapsula un momento, una situación, una angustia, el amor y el desamor, lo imposible o posible, en fin, el arcoiris de los sentimientos humanos.