Hotel Bambú

No es que no estuviésemos acostumbrados a recibir americanos molestos aquí, pero lo de estos señores, la verdad que se pasó anoche de raya. Claro que a un barman, como yo, no le compete juzgar a los huéspedes de un hotel como este, el más lujoso y caro de Puerto Plata. Es verdad que soy sordo y ciego ante todo lo que veo, que es mucho, mientras mezclo bebidas, pico el hielo, enfrío las copas y vigilo la caja contadora, porque ya me ha pasado también que por un descuido, tuve que poner de mi bolsillo $13.35 pesos que un desaprensivo levantó de allí, sin que yo me diera cuenta. Y esa cifra es mucho más que las propinas que recibo en una semana de trabajo aquí, en el Hotel Bambú.

Soy el rey detrás de esta barra de caoba reluciente, o más que el rey, una especie de sumo sacerdote. No sé cuántas veces he visto la película "Casablanca", donde un Humphrey Bogart cínico y alcoholizado, es capaz de sacarle todo el glamour crepuscular que encierra un american bar. Cada vez que la veo, bendigo la hora en que me incliné por esta profesión, y logré este puesto, tras dar tumbos por antros de mala muerte, leerme todas las "Guías de Tragos" de la Bacardí, y aprender cómo un Ernest Hemingway borracho, se liaba a trompadas con el que osara entrometerse en sus cavilaciones ante un daiquirí con ron doble, y sin azúcar, servido sobre una barra, idéntica a esta, la del "Floridita", de La Habana. Vivo orgulloso de una profesión como la que tengo, tan importante para la sociedad como la de médico de cabecera o confesor. Porque un buen barman, y usted lo sabe de sobra, detrás de su altar, digo, de su barra de caoba, es, a la vez, ambas cosas.

Por eso, mi comando, es que creía que nada podría asombrarme después de estar años oyendo a borrachos y achispados contar sus penas de amor, sus miedos políticos, sus traiciones a los compañeros, y su cacareada incondicionalidad al Partido Dominicano, que a veces, como bien sabe, no es tal, sino una joya de fantasía mala. Sé de pecados nefandos, de adulterios insospechados, de perversiones animales en la cama, de incestos y trapisondas que, de saberse, desatarían procesiones y rogativas para limpiar el alma encanallada de la ciudad. Pero siempre he callado, hasta hoy, y si lo cuento aquí, mi jefe, es porque usted sabe bien que soy dominicano a carta cabal, y además, un buen amigo del otro Jefe, el Grande, el de Verdad, por eso, hasta mi ética de barman ciego, sordo y mudo rompería, y estoy rompiendo, si de defender al gobierno se trata.

Pues bien, yo le estoy respondiendo, y no se me sulfure. Téngame paciencia. Por algo las mejores informaciones sobre los tibios, los hipócritas, los enemigos emboscados, los que abusan de la amistad del otro Jefe, el Grande, el de Verdad, para clavarle el puñal por detrás, siempre saltan sobre esta barra de caoba reluciente, siempre termino sacándosela al más pinto, a fuerza de tragos y zalamerías, y también de esta carita de mosquita muerta, que Dios me dio, aparentemente siempre absorto en mis mejunjes y en secar las copas.

Y así pasó con esos seis americanos, llegados en la tarde al hotel. Venían de Luperón, acompañados por el mayor José A. Saladín, comandante del Noveno Batallón, asentado aquí, en Puerto Plata, y dos jóvenes capitanes más, tengo entendido que de apellidos Hernández y Pérez, que procedían de la capital. Llegaron cabizbajos y serios, muy colorados por el sol de agosto que pescaron en las lomas de Luperón, y mordidos de insectos, que para eso se pintan solos esos montes del demonio. Yo lo sé bien, mi comando, porque como sabe, yo nací por allí, pero atrás no me vuelvo, a menos que me lo ordene el Jefe, el Grande, el de Verdad, que por ese, yo doy la vida.

Bueno, le decía que esos seis americanos llegaron estropeados, ajados, llenos de tierra, y con las ropas manchadas, y la verdad, oliendo más mal que el carajo. Yo tengo buen olfato, y le digo que venían impregnados con olor a muerto. Por eso no más entrar y registrarse, subieron a sus habitaciones, y una de las mucamas me dijo que se bañaron largamente, restregándose luego con desinfectantes que traían en sus equipajes y rociándose de Guerlain, que es uno de los perfumes que mejor huelen, y claro, más caro resulta. Supe por esa misma mujer, que echaron a la basura sus ropas, los sombreros y gorras, y hasta las botas nuevecitas que calzaban, de las que me hice de un par, porque a usted, mi comando, yo no puedo ocultarle nada. Y también olían a muerto, se lo puedo jurar.

Una vez limpios y olorosos, se reunieron todos en el bar con sacos de cuadros y corbatas de pajarita, los dos dentistas y el embalsamador, y los pilotos del avión en que volaron desde Miami, con abrigos de cuero, y el vicecónsul americano en Ciudad Trujillo, con una flus de dril blanco, y empezaron a beber en silencio, sin mirarse a la cara, como avergonzados, solo sorbiendo y mascando los trozos de hielo de sus tragos, más ensimismados que como dicen que bebe Hemingway en La Habana, sin que nadie le pueda molestar. Así estuvieron, como ausentes y sin hablar, una media hora, y yo, mirándolos de reojo, mientras lustraba mis copas, y claro, sin quitar un ojo de la caja contadora. Yo he tenido que aprender Inglés, mi comando, para poder adivinar lo que musitan estos rubios cuando se le sube el vapor de los licores a la cabeza, y se ponen belicosos, especialmente con los negros como yo, si tardamos en servir lo que piden.

El primero que habló fue el dentista, que luego averigüé, se apellidaba Kunzigs. Era el más joven de los dos, y había sido oficial médico del Cuerpo Expedicionario yanqui en Alemania. Dijo algo así como que era una vergüenza que estas cosas pasaran en América, cuando ellos habían derramado mucha sangre en Alemania para ponerles fin. Después metió baza el Vicecónsul, como para desviar la conversación. Solo entendí cuando dijo que, al final, lo importante era que esos pobres chicos pudiesen, al fin, descansar en la tierra de sus padres, y que había que aprender la lección, pues los hijos son muy idealistas, y el mundo está lleno de embaucadores comunistas, en este verano de 1949, capaces de usar a los idealistas como carne de cañón. Entonces habló el piloto Quick, también veterano, pero de la campaña del Pacífico, y le respondió en un tono molesto, que si los comunistas eran malos, entonces había que ver si quien había mandado a fusilar a tres de sus compañeros capturados por el Ejército, por cierto, también veteranos de la campaña contra los japoneses, tenía algún retrato de Stalin colgando en la pared de su cuarto. Entonces fue que medió el dentista más viejo, de apellido Smith, y solo dijo, metiendo la nariz en su vaso, como para sacar fuerzas, que nadie tenía derecho, y él podía jurarlo sobre la Biblia, como bautista sureño que era, de matar como a un perro a tres chicos norteamericanos, por el simple delito de haber piloteado un avión a estas tierras, por muy subversivos que hayan sido los demás pasajeros a bordo, en ese loco intento del pasado 19 de junio, de derrocar a Trujillo desembarcando en una hidroavión Catalina a doce hombres por Luperón. "Porque -concluyó- a fin de cuentas, para esos chicos, se trataba de un contrato, un trabajo como llevar pollos a California o toros a una feria en Texas. Ni más ni menos"

Sin que me lo pidieran, y es mi estilo-tirabuzón, para sacar confesiones de los embriagados, serví una nueva ronda de tragos, esta vez por la casa. Fue entonces que habló el embalsamador, un tal Woodroff Dare Jr, de mirada escalofriante y manos preocupantes, acostumbradas a desmembrar y componer cadáveres. Lo que dijo me pareció incoherente, algo así como la letanía de un borracho a punto de caer al suelo. Mirando a sus compañeros, solo dijo que lo que más le había impresionado no eran los cadáveres en descomposición de aquellos infortunados pilotos norteamericanos, para lo cual habían viajado hasta allí para identificarlos y repatriarlos, y mucho menos la obsequiosidad hipócrita de las autoridades trujillistas pagando a los cuatro zacatecas contratados para cavar la fosa, ni asumiendo el pago del alquiler de la ambulancia que condujo los despojos hasta Puerto Plata, ni tampoco los cien galones de gasolina que suministraron gratis al avión, para poder hacer el viaje de regreso a Miami, al día siguiente, sino los ramilletes de flores silvestres, anónimas, depositadas sobre la tumba de los muertos.

Fue entonces que el Vicecónsul bufó, como un toro camino al matadero, y se excusó para irse a dormir. Y percibí el nerviosismo del mayor Saladín y los dos capitanes, que tomaban su cerveza en mesa aparte, sin perder a los americanos de vista, ni un minuto. Al principio, mi comando, le juro que secando copas y vigilando la caja contadora, yo no entendí de qué iba aquello, ni qué maldita importancia podía tener para unos gringos de tanto mundo, unos ramilletes de florecitas sobre una tumba, porque flores es lo que llevan las tumbas, ¿o no?

Y fue entonces que, de pronto, todo lo subversivo de esas palabras, y peor aún, todo lo anti-dominicano de aquel gesto anónimo notado por aquellos gringos que partirían con sus cadáveres al día siguiente, saltó sobre mi barra de caoba reluciente, y por eso se lo cuento ahora.

Porque el Jefe, el Grande, el de Verdad, no quería que se supiese dónde estaban enterrados esos subversivos. Y quien llevaba las flores lo estaba desafiando.

¿Habrase visto, mi comando, tamaña herejía?