Luminosa oscuridad

Todo había empezado trece días antes, el 2 de enero de 1959, para ser exactos, con el memorándum que remitiese a tres de sus empleados el Dr. José Enrique Aybar, Presidente de la Junta Central Directiva del Partido Dominicano.

"Mayordomo, electricista y fotógrafo de esta Junta -rezaba el documento oficial- Se les comunica que el día 15 del corriente, a las 8.00 pm, ofrecerá una conferencia en el Paraninfo de esta Junta Directiva el Dr. Luis Rodríguez, Decano de la Facultad de Veterinaria de la Universidad de Santo Domingo. En tal virtud, este organismo les recomienda tomar las medidas que conciernen a ustedes, a fin de que, para la fecha, se encuentre nuestro Paraninfo debidamente preparado".

Para cerrar la comunicación, como era habitual, el Dr. Aybar utilizaba las consabidas palabras que, a la vez, y más que una consigna, formaban las iniciales del nombre completo del Jefe: " Rectitud, Libertad, Trabajo, Moralidad".

Ninguno de los empleados sabía, y tampoco tenían por qué saber, el título de la conferencia que se ofrecería trece días después y que era, como hubiese sido muy fácil suponer, "El desarrollo pecuario en la Era de Trujillo". De haberlo sabido, el resultado hubiese sido el mismo: prepararse con esmero y prever cada detalle concerniente al área de su responsabilidad en la Junta, porque ser empleado de ella no solamente aseguraba un salario mensual, muy por encima de la media, sino que era la garantía de no ser molestado por calieses, soldados, policías, vecinas chismosas o suegras peleonas.

La garantía de poder disfrutar de una vida apacible, por los días en que transcurría aquella Era Gloriosa donde los mortales tenían el privilegio de convivir con un dios viviente aposentado en el Palacio Nacional, podía medirse en dependencia de la cercanía o lejanía que tuviese cada ciudadano con respecto a la figura terrenal, o al menos, el espacio físico por donde transitaban, el Generalísimo, sus familiares más cercanos, o las instituciones que de su Augusta Voluntad dependían.

Por supuesto que no era lo mismo ser compadre de un capitán del Ejército Nacional destacado en Dajabón o Pedernales, que estar conectado con el que vaciaba los ceniceros donde el Negro Trujillo depositaba sus colillas, con la oscura escrupulosidad que lo caracterizaba. Tampoco era igual un síndico de Cotuí o Cabarete, que el mayordomo, el jardinero o el auxiliar de mensajero de la Junta Central del Partido Dominicano; como tampoco valía lo mismo un Diputado que los nietos malcriados del Jefe, aunque no levantasen todavía tres cuartas del suelo, ni fuesen capaces, sin la ayuda de las nanas, de soplarse correctamente las narices.

En el intrincado entramado de la Era, y eso lo sabía hasta el último haitiano recién llegado como bracero al país, las jerarquías no dependían de la abnegación, la eficiencia, los años de servicio público honesto, los méritos, ni la inteligencia, sino de la cercanía o lejanía que se tuviese con relación al Eje Supremo del Universo Nacional y Gran Meridiano de Greenwich de la Patria Nueva, o sea, del Jefe.

Precisamente por eso, los tres empleados aludidos en el memo del Dr. Aybar, fechado el 2 de enero, tenían el mejor motivo para no fallar en la encomienda, ni demeritarse con negligencias a los ojos del Gran Dispensador. Porque si alguien taladraba con ojo implacable cada rincón de los salones por donde caminaba o en los que se sentaba, cada repisa que pudiese contener un átomo de polvo, la alineación de cada cuadro, que debía cumplir las más rigurosas prescripciones geométricas y las leyes de la simetría, ese era el Jefe. Y como mismo se mostraba en público impecable, recién planchado, combinado, rozagante y oloroso, así mismo quería a su alrededor sólo gente impoluta y ambientes escandalosamente perfectos.

Después de recibir aquel memo, el mayordomo, que era el de mayor jerarquía, dedicó una tarde completa a actualizar en su británica libreta de apuntes, la lista de sus deberes y los detalles a controlar y garantizar, antes, durante y después de la velada donde se leería la interesantísima charla del conferenciante. Repasó mentalmente todos los escenarios, desde la entrada a la sede de la Junta, hasta la poda de árboles, el retoque de paredes, la desinfección de urinarios, la compra del mejor café, los vinos más distinguidos y los más delicados canapés, pasando por las copas para el agua, el acicalamiento de su sofocante frac de sirviente galonado y las servilletas de hilo con las cinco estrellas bordadas, anagrama del Generalísimo, que también figuraba en el atrio del edificio y en la parte superior de su papelería personal.

El fotógrafo, segundo en la jerarquía invisible a que hemos hecho referencia, dedicó varias jornadas a pasar unas franelas especiales por sus lentes, comprobar el click de sus máquinas, lustrar los estuches de piel donde las guardaba, y asistir a la barbería, donde se esmeraron amansando, con pomadas de Harlem, las rebeldías de su cabello, y con cremas blanqueadoras, una tez demasiado oscura para el cargo de privilegio que ostentaba.

Por último el electricista, el menos importante de todos, y el que, en consecuencia, debía trabajar más, no descansó hasta revisar, palpar, sustituir o remendar cada cable, empalme, conexión, interruptor, conmutador, bombillo o pizarra de control del edificio, alejando, hasta niveles impensables la casualidad de una falla eléctrica, el estallido por sobrecalentamiento de una bombilla, las chispas y el humo de un corte-circuito, la falla de un micrófono, o que algún abanico de techo tuviese la infausta ocurrencia de detenerse en medio del acto.

A decir verdad, durante los trece días de aquel enero, los que mediaron desde que los tres empleados de la Junta recibieron el memo del Dr. Aybar, hasta que el Paraninfo rebosó de invitados amortajados en sus sacos oscuros, y de damas encorsetadas y cargadas de pieles y perlas que clamaban justicia al Dios tropical de los calores, no se perdió un minuto de trabajo, ni se escatimó un solo renglón que debió ser escrito en la británica libreta de la Mayordomía, ni el fotógrafo ahorró el sobado de sus lentes, ni mares de sudor el electricista, y algún que otro corrientazo también.

Cuando el 15 de enero de 1959, a las 8.00 pm en punto, el locutor de la Junta Central del Partido Dominicano, ubicado en la jerarquía invisible del sistema por encima del mayordomo, y por debajo de los choferes, anunció el título de la interesantísima conferencia del día, y la rutilante asistencia prorrumpió en espontáneos aplausos y vítores al Jefe que tanto había hecho por la pecuaria de la Patria, no solo el Paraninfo, sino el edificio mismo, desde el césped exterior a las tazas sanitarias de los baños, y desde las mesas del refrigerio hasta luces, micrófonos y abanicos de techo, funcionaban con la maravillosa sincronización de una orquesta sinfónica.

Desde su atalaya, y cuando ya el conferenciante había dado inicio a la lectura de las 54,5 páginas de su texto el mayordomo no pudo menos que sentir el orgullo de vivir y trabajar en aquella burbuja perfecta, tan distante del batey de La Romana donde había nacido, casi sobre un piso de tierra, y del que, por supuesto, jamás reconocería como su cuna.

Por su lado, el fotógrafo se deslizaba con piruetas de ballet ruso por entre las filas de los prestantes asistentes, contorsionándose para sacar las mejores vistas, y apelando, indistintamente a las cámaras con lentes Karl Zeiss que el Partido, sin escatimar cuando se trataba del Jefe, había puesto en sus manos.

Quien si no disfrutó de la velada fue el electricista. Luego, corroborando las sospechas, ni siquiera estuvo en condiciones de enumerar, como hizo doctamente el conferenciante, las razas de vacas de inigualable pedigree que el Jefe había importado para su hacienda "Fundación", por supuesto que pensando en que cada niño dominicano fuese a la escuela, tras beberse un nutritivo vaso de leche.

Algunos otros empleados, presentes esa noche en el Paraninfo afirmarían injustamente, entre ellos dos de las azafatas, el limpiabotas oficial del Partido y el señor que con una brocha sacudía la caspa del hombro de los caballeros en el lavabo, que el electricista, conocido como técnico de enorme experiencia y eficiencia a toda prueba, lucía como distante de las sabias palabras que allí se pronunciaban en honor al Primer Pecuario de la Nación.

Todo transcurría normal, todo perfecto, todo adecuado al muy exigente gusto del mayordomo, y del propio Dr. Aybar. Todo espléndido, sin la menor tacha, marchando al ritmo sincopado de una melodía de ensueño, hasta que de golpe, a las 10 y 12 minutos de la noche, todas las luces del edificio se apagaron, se detuvieron los abanicos de techo con un chirrido agónico, y el micrófono naufragó, hundiendo en la nada la voz del orador.

"¡Muera el tirano!" -fue el grito que se escuchó, y en ese instante, sin ser realmente culpable, ni sospechar siquiera del complot, el electricista supo que nadie podría salvarlo de la maldición de acabar sus días sobre cierta silla de la 40, irónicamente, mordido por la electricidad a la que había domesticado durante años.