Morir en alta mar

Tenían que unirse, y se unieron. Estaba escrito, al parecer. Fue como un amor a primera vista; como si un hombre y una mujer se ven un día en la calle y de pronto saben, sin que nadie se lo diga, que envejecerán juntos tomados de la mano, después de haber procreado hijos y vivido dolores y alegrías, que los remacharán, como a inseparables. La elección siempre es un misterio, y después nadie estará en condiciones de explicar por qué, precisamente, las cosas han resultado así, y no de otra manera. Las posibilidades siempre son infinitas, sin embargo, los sucesos ocurren como ocurren. Mira qué misterio, por eso digo, y repito: tenían que unirse y se unieron. Y parece que nadie, ni el mismísimo Jefe, que ya es mucho decir, podrá volver a separarlos. Pero yo lo intentaré, claro que sí. Y lo haré con gusto, como un deber de buen dominicano, como una ofrenda a quien todo lo merece de nosotros, porque vino a salvarnos y mostrarnos el sendero a la Gloria: ese es el Ilustre Jefe, y nadie más. Y todo lo que hagamos para ayudarlo y honrarlo, es poco.

Esa estrecha unión, esa luna de miel de los indeseables, me molesta, tiene que molestarme, y claro que haré todo lo que esté en mis manos de ferviente trujillista para intentar separarlos. Porque no soy de esa clase de correligionarios del Partido Dominicano que se duerme en los laureles y solo grita "¡Que viva Trujillo, carajo!", cuando creen que algo pueden sacar de la exclamación, o cuando suponen que el grito les dará una patente de corso para seguir esquilmando a los infelices, arropados por la supuesta fidelidad al Generalísimo. De esos hay legión, tanto civiles como militares, entre los sesudos intelectuales, que el Jefe colecciona como colecciona hembras, y también entre los animales quebrantahuesos, a los que ordena ciertos servicios inconfesables, pero imprescindibles. Porque de todo hay en nuestras filas, en las filas de la poderosa organización que Él, con sus luces, fundara. Y claro que de todo tenemos, porque de todo hay en la viña del Señor, y siempre será así. Y este orden de moralidad y trabajo, en tierras de Concho Primo, de bochincheros y locos que se lanzan tras la primera bandera que otro loco agite, no se ha podido imponer con paños tibios. Y ya lo dijo Rousseau: la paz social se compra haciendo dejación voluntaria de una porción de libertades y derechos. Y ese servicio es lo que el Jefe, mal que le pese a muchos, ha tenido que cobrarnos. Y yo lo pago con gusto, sí señor.

Soy, ni más ni menos, un delator, y me encanta serlo, porque el vasallo vale lo que vale el señor a quien sirve. Y Trujillo vale la miseria en que vivo, y el hedor en que me revuelco, porque servirlo es servir a la mejor causa de la nación. Este no es Lilís, ni Mon Cáceres, sino una fuerza telúrica nacida de las entrañas profundas de la Patria, un principio regenerador que los pueblos se topan en su camino, una vez cada tantos siglos, y que hay que adorar, cuando sale a nuestro encuentro. Y qué bueno que ha nacido en esta islita del Caribe que muchos no pueden aún ubicar en un mapa, o que solo identifican con el café, el chocolate o el azúcar de sus desayunos, o con los guayacanes de sus muebles. Por eso soy un delator, pero un delator de lujo, no uno de esos chivatos de barrio que siempre tienen las manos sudorosas, la mirada resbaladiza y el gesto hosco del hijo de puta. Soy un delator-escritor, un delator-poeta, un delator-diplomático. Y soy, además, aplomado, bien parecido, simpático, joven y entusiasta, expansivo y cariñoso, ni más ni menos que el anti-delator, por eso aprecian tanto mi labor allá en la tierra, especialmente los que en la Secretaría de Estado de la Presidencia reciben mis informes periódicos, y me mandan las Elevadas Instrucciones del Benefactor, sus indicaciones para seguir una pista, ventear una presa, acorralar una pieza, o servírsela en bandeja al tigre insaciable que es. Por eso soy eficaz y letal. Por eso gozo de su estimación, que es la consagración en esta vida de sufrimientos e ingratitudes. Y soy feliz.

Este 27 de febrero de 1937, aniversario de la independencia dominicana, no puedo menos que preocuparlo con los detalles de esta unión. Por eso le escribo, a manera de honrada alerta:

"Los revolucionarios cubanos en los Estados Unidos siguen intensificando su campaña contra el Honorable coronel, Don Fulgencio Batista, Jefe del Ejército, y posible candidato presidencial en las elecciones de 1940. Aprovechando las últimas semanas, han instalado una estación de radio en un buque que sale de los puertos americanos y transmite boletines e incitaciones a la revolución. Su táctica es transmitir después de 11 millas de las costas americanas, con lo cual no violan las leyes de los Estados Unidos, ni lesionan la hospitalidad que les han concedido. Pero lo urgente es, mi querido Jefe, que la Asociación "Joven Trinitaria", que funciona en New York, formada por malos dominicanos laborantes y desafectos a su gobierno, se ha unido a los mismos, y han comenzado a transmitir informaciones en español e inglés contra Su Honorable Persona, y contra el Honorable coronel Batista. Ellos están mandando boletines e informaciones contra Usted, por la vía de Cayo Hueso. Yo creo, confidencialmente, que la Armada de Cuba podría contribuir a localizarlos. Parece también que Lombardo Toledano, líder comunista mexicano, ve con simpatía estos escándalos. Protesto a Usted, como siempre, las mejores seguridades de mi mayor consideración y simpatía"

Y, claro, firmo con mi nombre, el de Heriberto Mañoso, residente en la calle Privada Primera de Nogal, número 9, de México DF, donde también viven mi esposa y mis dos hijos pequeños, a los que sueño un día entregar, personalmente, el carnet del Partido Dominicano, firmado por el Jefe mismo.

Imagino que después de mi alerta, la de su chivato predilecto, "escritor y periodista", como figura en mi tarjeta de presentación, el Jefe convocará a su despacho de Palacio a una junta de sus más cercanos colaboradores, y les indicará las medidas a tomar para separar lo que jamás debió unirse: esta camancola de revolucionarios internacionalistas cubano-dominicanos, los peores de todos, porque en su extravío no respetan ni reconocen leyes internacionales, ni fronteras. Por eso sé que mi tarea, hoy por hoy, es hacer todo lo que esté en mis manos para separar lo que jamás debió unirse, pero que, como las parejas nacidas una para el otro, siempre terminarán unidos, contra viento y marea, aun con el ventarrón del Jefe en contra.

Por eso esta mañana soleada de marzo, aprovechando el solecito tempranero y cierta pereza con que hasta los más desconfiados conspiradores suelen rendirse al ver mi sonrisa irresistible, y esta simpatía avasalladora con que nací, me embarco en esta misma nave misteriosa de los boletines revolucionarios en alta mar, alegando que estoy cansado de "servir al sátrapa", así le llamo, y me arde la garganta al decirlo, pero lo digo, porque siento que su fuerza, la de la Patria, me sostiene en este nuevo servicio y sacrificio, para su mayor gloria y fasto. Y todos, sin excepción, me reciben con sonrisas, abrazos y palmaditas en la espalda. "Ya sabíamos-me dice uno- que un poeta de su sensibilidad no podía servir indefinidamente a la Bestia, y que tarde o temprano, tendría su iluminación en el camino de Damasco, como la tuvo Saulo de Tarso"

Me dan la bienvenida, me agasajan, me tratan como a un hermano extraviado que ha reencontrado el camino. La nave parte de este muelle de New York, adonde llegué ayer, cumpliendo las indicaciones secretas del Jefe, y con la expresa misión de comunicar las coordenadas de la nave pirata, una vez en alta mar, para que un operativo secreto de las dos Armadas, la de los dos Jefes, pueda interceptarlos y acabar, después de teñir la cubierta de sangre, con esas propagandas perniciosas.

Estoy ahora mirando el mar infinito desde la borda, ese que baña las dos islas y que la nave surca con ligereza, mientras los peces voladores huyen aterrados. Hay delfines que nos escoltan y el cielo es más azul que nunca. El poeta que llevo dentro se inspira y, dejo de pensar en el mensaje delator que están esperando los marinos encargados de silenciar estas voces.

Estoy rimando por dentro, escribiendo versos en este aire transparente que me envuelve, como si de verdad estuviese en el camino de Damasco. Casi me olvido de los que tenían que unirse, y se unieron, como si de una maldición se tratase, o de compartir un destino ineludible. "Para eso -pienso- son revolucionarios".

Es en este momento justo, en que la navaja me entra por el costado, tanteando el centro de la vida, apagando, una por una, todas mis luces. Es cuando ese dolor inesperado y terrible me indica que he sido descubierto, y que ni mi magnífica sonrisa, ni mi apostura, ni mi don de gente, ni mis poemas, ni mi historia, ni el niño que fui, ni el padre amante de dos hijos a los que preparo para servir lealmente al Jefe, ni el Jefe mismo, podrán salvarme. Están definitivamente unidos, es obvio, y no lo lamento más, mientras me hundo en el sopor del no ser con que me recibe la Muerte. Y sencillamente muero, en medio de un mar de vida y un aire, y una luz, y un sol que desmiente los finales definitivos."Era un perro"-dice alguien, mientas lanzan mi cuerpo por la borda.

Y siento mucho frío.



Estoy rimando por dentro, escribiendo versos

en este aire transparente que me envuelve,

como si de verdad estuviese en el camino

de Damasco. Casi me olvido de

los que tenían que unirse, y se unieron,

como si de una maldición se tratase,

o de compartir un destino ineludible.

"Para eso -pienso- son revolucionarios".

Nota: Algunos nombres de los personajes de la serie "La Era" son ficticios, y los sucesos rigurosamente ciertos. Los documentos que los avalan pueden consultarse en el Archivo General de la Nación.