Más librerías
Con la primavera libertaria tras la decapitación del dictador el libro y la palabra impresa en todas sus formas (periódicos, revistas, volantes y panfletos a mimeógrafo) alcanzaron nuevas dimensiones. Era como si al pulmón constreñido a respirar a baja intensidad en una atmósfera contaminada se le oxigenara de repente a plenitud. Saliendo del letargo domesticado represivo en trote multitudinario hacia las calles y las plazas abiertas, donde el ciudadano de a pie recuperaba su derecho a la expresión, se reconocía entre sus pares y aventaba sueños de redención. Desde el valiente ¡Basta Ya! retador lanzado por Unión Cívica Nacional a la polifonía de ismos de la política moderna, la gente ejercitaba su garganta, buscaba la identidad de su propia voz entre la confusión vocinglera de la muchedumbre. Eran días de oratoria fogosa, de surgimiento de carismas y liderazgos, de articulación de intereses sociales. De eclosión fundacional de organizaciones de todo tipo: partidos, gremios profesionales, sindicatos, entidades patronales, ligas campesinas, cooperativas, asociaciones juveniles, grupos culturales, medios de prensa.
Las librerías y las imprentas (Arte y Cine, Vda García, Montalvo, Stella, Pol Hermanos, ABC, Félix, El Heraldo, Hándicap, Litografía Ferrúa, CAT, Editora del Caribe y La Nación). Los mimeógrafos y los tubos de tinta Gestetner que se vendían en un establecimiento de El Conde próximo a la Galería Auffant -en los cuales me hice experto en los años 60- y los A.B. Dick que distribuía R. Esteva. Las plantillas plásticas para hacer letras sobre el esténcil encerado empleando estiletes y los clisés de arte gráfico que traía la Papelería Pol Hermanos de la afamada línea inglesa Letraset. Las maquinillas de escribir Underwood, Remington, Olympia, Olivetti, Smith Corona, IBM -con sus familias de tipos-, indispensables para redactar octavillas y perforar el texto en el esténcil. Los papeles, cartulinas y otros materiales de impresión provistos por la Casa Svelti. Formaban el arsenal para la circulación de ideas y el debate ideológico en una sociedad que estrenaba entonces pantalones largos.
Yo, como tantos jóvenes de mi generación y miembros de otras que nos habían precedido en el empeño libertario y democratizador, viví esos años como un verdadero resorte disparado. Mi valerosa madre -lacerada como sus cuñadas por la zafra mortal que realizó el dictador entre los hombres de la familia del Castillo-, al igual que las tías, me alentaba a participar. "Si tu padre estuviera vivo, habría estado en la dirigencia de Unión Cívica con los Fiallo, con quienes conspiraba contra Trujillo". Mi abuela Emilia, desde su cobija sancarleña y con más vividura de "revoluciones" -incluidas las de Concho Primo con acantonamiento de tropas cibaeñas en San Carlos, el incendio de la Villa Blanca y otras vicisitudes como la Ocupación Americana- aconsejaba prudencia. "Ten cuidado Cheché, que no se te vaya a pegar una bala, mi hijo". Y yo, ni tonto ni perezoso, aunque temerario, tomaba la debida nota para que el fuego no me fuera a devorar, aunque balas de metralla silbaran y morterazos cayeran como en el 65.
La Librería América de Perucho Bisonó -quien llegó a vivir en esos años a La Trinitaria con Abreu junto a su familia- fue un manantial de material. Inteligente y servicial, captó con prontitud el sentido de los tiempos supliendo un inventario que respondía a las necesidades formativas de las nuevas generaciones. En sus vitrinas y estanterías bien surtidas se podía encontrar lo mejor de las ciencias sociales y políticas, así como textos de literatura y cultura general. Del doctrinario socialista francés Jean Jaurés -cuya biografía me había sido obsequiada por una profesora de la Alianza Francesa-, Socialismo y libertad, de la Editorial Pléyade de Argentina, uno de los fundamentos ideológicos de mi temprana adhesión socialdemócrata -el otro, la repelencia a todo lo que oliera a dictadura, tras los 31 de Trujillo. De esa misma casa, La Mentalidad Primitiva, de Levy-Bruhl. Allí compré las obras del ex presidente guatemalteco Juan José Arévalo -un consecuente factor de apoyo a las luchas del exilio antitrujillista, incluidas las expediciones de Cayo Confites y Luperón-, La fábula del tiburón y las sardinas y Antikomunismo en América Latina. Las del escritor colombiano Germán Arciniegas, Biografía del Caribe y Entre la libertad y el miedo, director de la revista Cuadernos, editada en París como órgano del Congreso por la Libertad de la Cultura. Personaje de leyenda a quien admiré y conocí en Santo Domingo gracias a Enriquillo Rojas Abreu y Joaquín Balaguer, y que luego traté en Chile.
En esa librería adquirí El Señor Presidente, El alhajadito y Leyendas de Guatemala de Miguel Ángel Asturias. Los de abajo de Mariano Azuela, La Vorágine de José Eustasio Rivera, Doña Bárbara y Camaina, de Rómulo Gallegos. Los cinco tomitos del peruano Haya de la Torre, fundador del APRA, teórico del indoamericanismo y del antiimperialismo a dos bandas, la norteamericana y la soviética. Los textos de Jacques Maritain sobre el humanismo cristiano, y los del socialcristianismo de Eduardo Frei, Rafael Caldera y Cornejo Chávez. Los materiales políticos del laborista británico Harold Laski y los estimulantes ensayos del historiador Eric Hobsbawm. Numerosos títulos de Fondo de Cultura Económica en sus diferentes colecciones. Referentes comunes -que ya figuraban en la biblioteca de mi padre- para los jóvenes de mi generación: El hombre mediocre de José Ingenieros y Ariel de José Enrique Rodó.
La pequeña librería que mantuvo Antonio Lockward Artiles -un entrañable compañero de ideales del grupo Arte y Liberación que dirigía Silvano Lora- en el zaguán de su residencia en El Conde casi esquina Santomé, fue fuente nutricia de material político y literario. Allí compré El Manifiesto Comunista de Marx y Engels, Anti Duhring de Engels -de una editora uruguaya-, los primeros textos de Lenin que leí, en Ediciones en Lenguas Extranjeras de la URSS: El Estado y la Revolución, ¿Qué hacer?, Un paso adelantes, dos pasos atrás. Un libro a mimeógrafo de Blas Roca, Los fundamentos del socialismo en Cuba. La revista cubana Bohemia, el semanario Novedades de Moscú y Literatura Soviética. Figuraban en su oferta los poetas que leíamos en las veladas de Arte y Liberación en el patio del Palacio Consistorial: Neruda, Vallejo, Lorca, León Felipe, Machado, Alberti, Guillén, del Cabral, editados por Losada de Bs Aires.
Algunas obras anticlericales de Giovanni Papini, como Gog, cuya lectura recomendaba el joven poeta y narrador que era Lockward, al igual que La Historia de Cristo. Estas obras atraían la curiosidad de la muchachada contestaria que todo lo cuestionaba. Algo que sucedía también con la literatura rusa, luego de tres décadas de dictadura "anticomunista" como se autoproclamaba el régimen encabezado por Trujillo. La Madre de Gorki, Crimen y Castigo de Dostoievsky, los cuentos de Chejov, eran libros buscados y comentados. En menor grado solicitado, aunque se podía encontrar en el Instituto del Libro, estaba Boris Pasternak y su Doctor Zhivago, llevado al cine el 1965 por el inglés David Lean. Como un regalo de mi cuñado Pablo Nadal, entonces en amores con mi hermana Miriam, pude disfrutar la obra poética de Pasternak, sencillamente cautivante.
Aunque no era librería estrictamente, sino biblioteca y servicio informativo y cultural, frente al parque Colón operó la Biblioteca Lincoln y la agencia USIS del gobierno norteamericano. Un activo programa de divulgación de libros y revistas encabezado por un atento Ainslie Minor Junior, con quien pronto hice buena liga. Con aspecto de profesor, de estatura modesta, Mr. Minor se ocupaba de proporcionar materiales sobre la historia norteamericana, documentos sobre política internacional, la obra de JF Kennedy Nación de Inmigrantes que todavía conservo, folletería acerca de la Alianza para el Progreso que impulsaba esa administración bajo la conducción del boricua Teodoro Moscoso. Libros dedicados a la Guerra Fría: los temas de la Unión Soviética, China, Berlín, Cuba. Obras sobre desarrollo económico, libre mercado, sindicalismo, elecciones y democracia. La carrera espacial y el papel de la NASA. Un conjunto de revistas, entre ellas Horizontes y Facetas, esta última de carácter cultural. Orientaciones acerca de los estudios en los Estados Unidos y los programas de becas, todo ello con el auxilio de Floriana Piña, Charina Cruz, Sonia y Franklin Polanco.
En la modesta pero efectiva Librería Quisqueya, Chichí mantenía un surtido de revistas de gran demanda: Life en español, Selecciones, Mecánica Popular, Visión -dirigida por el ex presidente colombiano Lleras Camargo. La esperada y útil Enciclopedia Estudiantil editada en México. Del patio, la revista ¡Ahora! y Renovación, bajo la conducción de Molina Morillo y Julio César Martínez, respectivamente. Libros clásicos en versiones baratas de la editora argentina Thor o de otras mexicanas. Allí compré Mi lucha, de Adolfo Hitler, que leí con curiosidad devoradora. Se ocupaba este local de la amplia gama de libros de superación personal, magia, religión, juegos de azar, deportes, biografías de personajes históricos y figuras intelectuales, como Napoleón, Gandhi, Colón, Alejandro Magno, Edison, Mussolini, Fouché, María Antonieta, Magallanes, Balzac, Freud.
El escritor austríaco Stefan Zweig abastecía parte de ese mercado con marcada fluidez. Los libros de los exiliados en retorno movían el interés del lector: Juan Bosch con sus cuentos y biografías, Jimenes Grullón con Una Gestapo en América, Pedro Mir con Hay un país en el mundo editado por el periódico Fragua. Los poemas de Manuel del Cabral y Carmen Natalia se sumaban a los de la generación del 47 que editaba la revista Testimonio. Del talentoso mulato Marrero Aristy se desenterraba su fundamental Over. Balaguer, expulsado por las circunstancias, exponía en los anaqueles su biografía de Duvergé, El Centinela de la Frontera. Mozalbetes, olíamos a libros.
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