Mutantes andantes
Bajo el título Mutantes Andantes en el Siglo XXI, debí ofrecer una conferencia el 31 de octubre del 2007 auspiciada por el Ministerio de Cultura en el auditorio de la Fundación Corripio. Una inesperada tormenta tropical arruinó la cita. Muchos en la calle me preguntaron entonces intrigados cuál era realmente el tema. "Oye José, ¿qué es eso de mutantes andantes? No sabíamos que también estabas moviéndote en el campo de la ciencia ficción. ¿Será algo así como la serie de TV X-Files que se ocupa de fenómenos paranormales, ovnis y criaturas extrañas, basada en archivos ultra secretos del FBI, con los agentes Mulder y Scully? ¿O irías a hablar sobre aquella serie de televisión más vieja, Dimensión Desconocida, quizá de las historias de Buck Rogers en el Siglo 25 o de Flash Gordon lanzado al planeta Mongo dominado por Ming el Despiadado? ¿Era sobre Spielberg o George Lucas? Por suerte la tormenta te salvó."
Lo cierto es que no creí merecer tanta desconfianza, casi insolente, de mis amigos intelectuales, una liga de raros de la cual me siento cada vez más alejado y curado de espanto. Más ahora que los 64 comienzan a pesarme como plomada de pesca. El asunto no era para tanto. Se trataba de algo más cercano y simple.
En los primeros 40 años tras el ajusticiamiento de Trujillo -nieto de ibero y biznieto de haitiano- cuatro hijos directos de inmigrantes protagonizaron la escena política dominicana. Tres de ellos alcanzaron la presidencia de la República. Juan Bosch Gaviño, descendiente de catalanes y gallegos (con escala borinqueña). Joaquín Balaguer, de padre puertorriqueño apellidado Balaguer Lespier y madre dominicana Ricardo Heureaux. Jacobo Majluta Azar, de impronta libanesa por los dos costados. Uno gobernó por 22 años. Constituyéndose en el arquetipo de estadista que se mantuvo en el poder, gravitando hasta el último momento de su vida al incidir en la reposición de la reelección en la reforma del 2002.
Otro, cabeza del primer experimento de reformas democráticas tras la decapitación de la dictadura, sólo ejerció el mando por siete meses, depuesto por un golpe de Estado en la convulsionada década del 60 que nos deparó la guerra civil y la intervención militar norteamericana del 65. Fundador de dos partidos democráticos modernos y pedagogo político por excelencia, Bosch fue catalogado por sus adversarios conservadores en la contienda electoral del 62, como "el extranjero", en alusión a su ascendencia y a sus 25 años en el exilio. Un discípulo suyo -su ministro de Finanzas con apenas 27 años- llegó a la vicepresidencia y culminó el período constitucional de don Antonio Guzmán, gobernando por mes y medio.
El otro -a quien Bosch dedicó su obra Crisis de la Democracia de América en la República Dominicana- nunca logró instalarse en el Palacio Nacional, pese a su formidable liderazgo de masas, verba mesiánica y excepcionales relaciones que le llevaron a la cúpula de la Internacional Socialista y la COPPAL. Peña Gómez, de ascendencia haitiana y librado del "corte" del 37 cual Moisés amparado por familias criollas, fue frenado en las urnas en 1994 y luego en 1996 por una coalición sin precedentes, el Frente Patriótico que unió al PLD con el PRSC. Y por el nuevo sistema de doble vuelta electoral que le obligaba a obtener mayoría absoluta. Bajo el modelo de mayoría relativa, su 46% en la primera vuelta le habría franqueado cómodamente el acceso al poder. En su suerte gravitó la reluctancia de segmentos del electorado a la idea de ser gobernados por un dominicano descendiente de haitianos -justo el grupo étnico menos valorado-, pese al mérito de ser un hombre que se hizo a sí mismo.
Un joven político poco conocido, académico talentoso dotado del ángel de la comunicación, también del discipulado de Bosch, fue -como diría Balaguer- "el instrumento del destino" para cambiar el curso de la historia. Leonel Fernández, al ascender a la presidencia en 1996 clausuró el ciclo político dominado por los hijos de los inmigrantes. Para iniciar una nueva etapa hegemonizada por un miembro retornado de la diáspora, al proceder él, al igual que su madre, de la hornada de emigrantes dominicanos que se radicaron en New York en las últimas décadas. De los últimos 16 años habrá gobernado 12 cuando termine su mandato.
Estos hechos, visibles y públicos, son algo así como "la obviedad de lo obvioso", como gustaba decir mi profesor de Historia de Chile, Carlos Fredes. Somos una sociedad de inmigrantes y no cobramos conciencia de ello. Desde hace medio siglo nos hemos convertido en una comunidad de emigrantes que debe rondar los 2 millones, con creciente presencia en Estados Unidos, Puerto Rico, Europa y otros destinos, al grado que más de 600 mil "ausentes" retornan anualmente de vacaciones. Por añadidura, recibimos 4.3 millones de turistas de EEUU, Canadá, Europa y América Latina que nos han identificado como un destino de sol y playa, que gastan unos US$4.2 mil millones. Amén de la más reciente onda de inversiones inmobiliarias en los complejos turísticos. Agregue al coctel poblacional más de un millón de haitianos y otros extranjeros residentes.
Somos mutantes andantes, como otros tantos seres humanos que se mueven en el planeta desde un confín a otro portando las más disímiles culturas, obligados a cargar con su propio equipaje hecho de lengua, religión, valores familiares, creencias, hábitos y costumbres, sellado bajo cierta identidad nacional. A la vez, nos vemos precisados a adaptarnos a otros medios, a aprender otras lenguas y destrezas tecnológicas, adherirnos a credos distintos y a regirnos por disciplinas sociales que obedecen a normas guiadas por valores diferentes a los nuestros. Estamos, de algún modo, destinados a mutar, a cambiar, a enriquecernos culturalmente, a adoptar reglas funcionales a la sobrevivencia en un mundo cada vez más globalizado. A aculturarnos. Y en algunos casos, a asimilarnos a culturas más fuertes y hegemónicas. Por eso las migraciones modernas condensan con su saga el drama de millones de mutantes andantes. Y nosotros, sin saberlo, estamos en el vórtice de la tormenta demográfica.
Como dijera Kennedy para referirse a la sociedad norteamericana, somos una nación de inmigrantes. El poeta nacional, Pedro Mir Valentín, era hijo de mecánico azucarero cubano y jíbara boricua nacido en las entrañas de un ingenio. Como mi primo Felo Haza del Castillo, cuyo padre cubano, Luis Felipe Haza, administrara ingenios en el Este propiedad de norteamericanos. Me crié escuchando nombres como Chico Conton, Walter James, Garabato Sackie, Rico Carty, todos peloteros hijos de cocolos que junto a los Alou, antecedieron a los Sammy y los Big Papi que hoy nos llenan de orgullo patriótico con sus hazañas en Grandes Ligas. Como lo eran también la exquisita soprano Violeta Stephen y la polifacética familia Lockward, que nos prodigó a Juan, el "Mago de la media voz", el gran juglar de nuestro romanticismo musical. Y al vertical Antonio, un fraterno iluminado de las luchas libertarias.
En mis años mozos era asiduo de las librerías fundadas por españoles, como Amengual y el Instituto del Libro de Escofett Hermanos. Así como de la Dominicana dirigida por don Julio Postigo, editor de la colección Pensamiento Dominicano, con más de 50 volúmenes, una de las cabezas de la Iglesia Evangélica. La que fuera casa de mis abuelos paternos en San Carlos, había sido la del educador positivista puertorriqueño Eugenio María de Hostos, quien les dejó al partir hacia Chile casa y mobiliario. Mi madre se educó con las Pellerano y tuvo como preceptor a don Fed, el Maestro. Los Henríquez, con Noel -quien trajo su arca prodigiosa a mediados del siglo XIX-, nos aportaron a los hijos de Israel en versión sefardita: Federico, Francisco, Enrique, Enrique Apolinar, Pedro, Max, Camila, Francisco (Chito) y Federico (el Gratereaux), de trascendente significación en la cultura dominicana y las letras hispanoamericanas. Otros sefarditas, como los Marchena, nos dieron comerciantes y políticos, y a un exquisito músico y diplomático como don Enrique de Marchena. Carlos Curiel, un agudo periodista, doctor en derecho y profesor universitario, procedía de esa etnia.
Mi madre convivió en su infancia en El Conde con las familias árabes que en la década del diez del siglo XX se asentaron en los contornos del Baluarte. Yo, desde niño, acudía a las fiestas del Club Sirio Libanés Palestino, del cual hoy soy socio. Acompañaba a mi madre a realizar la compra en la Casa Pérez, el Colmado Nacional o en la Casa Velázquez. A adquirir pan y galleta en la Panadería Quico o algunas provisiones en los almacenes de Adelino Sánchez y Bello Cámpora. Recalábamos en el Bar América a disfrutar de helados y tostadas. Así como en las tiendas de tejidos de El Conde (Cerame, La Opera, González Ramos, El Palacio). Todos negocios de españoles, como lo eran el almacén de Manuel Corripio, a donde acudía a comprar materiales de construcción o la Ferretería Morey. En El 1y5 del señor Paliza degustaba un buen café expreso. Apellido sinónimo de excelencia de este grano, como Munné y Cortés de chocolate.
En El Conde, Prota, Di Carlo y Abramo equivalían a relojería y joyería. Igual Svelti a papelería. Ferrúa a litografía artística. Bolonotto a dulcería industrial. Bonarelli a pizzería y restaurante de pastas. En los contornos del Palacio Nacional, crecí con los hijos de Guido D'Alessandro, el arquitecto italiano que acometió dicha obra. Al igual que con los Rímoli, de padre italiano. Iba a la misa oficiada en Don Bosco por el salesiano ítalo Enrique Mellano, director del colegio y general de la orden en el Caribe. En La Salle, los Capano, Rainieri, Marranzini, Marra, Cambiaso, Pittaluga, Piantini, Bonarelli, muestra fehaciente de la impronta italiana. Mi abuela materna, Emilia Sardá Piantini, descendía de inmigrantes catalanes e italianos. Una hacendosa fuente de conservación de valores y tradiciones. Entre ellos honestidad, sentido de organización y ahorro. Artífice de polenta rellena y sabrosas arepas.
Otro, cabeza del primer experimento de reformas democráticas tras la decapitación de la dictadura, sólo ejerció el mando por siete meses, depuesto por un golpe de Estado en la convulsionada década del 60 que nos deparó la guerra civil y la intervención militar norteamericana del 65. Fundador de dos partidos democráticos modernos y pedagogo político por excelencia, Bosch fue catalogado por sus adversarios conservadores en la contienda electoral del 62, como "el extranjero", en alusión a su ascendencia y a sus 25 años en el exilio. Un discípulo suyo -su ministro de Finanzas con apenas 27 años- llegó a la vicepresidencia y culminó el período constitucional de don Antonio Guzmán, gobernando por mes y medio.
El otro -a quien Bosch dedicó su obra Crisis de la Democracia de América en la República Dominicana- nunca logró instalarse en el Palacio Nacional, pese a su formidable liderazgo de masas, verba mesiánica y excepcionales relaciones que le llevaron a la cúpula de la Internacional Socialista y la COPPAL. Peña Gómez, de ascendencia haitiana y librado del "corte" del 37 cual Moisés amparado por familias criollas, fue frenado en las urnas en 1994 y luego en 1996 por una coalición sin precedentes, el Frente Patriótico que unió al PLD con el PRSC. Y por el nuevo sistema de doble vuelta electoral que le obligaba a obtener mayoría absoluta. Bajo el modelo de mayoría relativa, su 46% en la primera vuelta le habría franqueado cómodamente el acceso al poder. En su suerte gravitó la reluctancia de segmentos del electorado a la idea de ser gobernados por un dominicano descendiente de haitianos -justo el grupo étnico menos valorado-, pese al mérito de ser un hombre que se hizo a sí mismo.
Un joven político poco conocido, académico talentoso dotado del ángel de la comunicación, también del discipulado de Bosch, fue -como diría Balaguer- "el instrumento del destino" para cambiar el curso de la historia. Leonel Fernández, al ascender a la presidencia en 1996 clausuró el ciclo político dominado por los hijos de los inmigrantes. Para iniciar una nueva etapa hegemonizada por un miembro retornado de la diáspora, al proceder él, al igual que su madre, de la hornada de emigrantes dominicanos que se radicaron en New York en las últimas décadas. De los últimos 16 años habrá gobernado 12 cuando termine su mandato.
Estos hechos, visibles y públicos, son algo así como "la obviedad de lo obvioso", como gustaba decir mi profesor de Historia de Chile, Carlos Fredes. Somos una sociedad de inmigrantes y no cobramos conciencia de ello. Desde hace medio siglo nos hemos convertido en una comunidad de emigrantes que debe rondar los 2 millones, con creciente presencia en Estados Unidos, Puerto Rico, Europa y otros destinos, al grado que más de 600 mil "ausentes" retornan anualmente de vacaciones. Por añadidura, recibimos 4.3 millones de turistas de EEUU, Canadá, Europa y América Latina que nos han identificado como un destino de sol y playa, que gastan unos US$4.2 mil millones. Amén de la más reciente onda de inversiones inmobiliarias en los complejos turísticos. Agregue al coctel poblacional más de un millón de haitianos y otros extranjeros residentes.
Somos mutantes andantes, como otros tantos seres humanos que se mueven en el planeta desde un confín a otro portando las más disímiles culturas, obligados a cargar con su propio equipaje hecho de lengua, religión, valores familiares, creencias, hábitos y costumbres, sellado bajo cierta identidad nacional. A la vez, nos vemos precisados a adaptarnos a otros medios, a aprender otras lenguas y destrezas tecnológicas, adherirnos a credos distintos y a regirnos por disciplinas sociales que obedecen a normas guiadas por valores diferentes a los nuestros. Estamos, de algún modo, destinados a mutar, a cambiar, a enriquecernos culturalmente, a adoptar reglas funcionales a la sobrevivencia en un mundo cada vez más globalizado. A aculturarnos. Y en algunos casos, a asimilarnos a culturas más fuertes y hegemónicas. Por eso las migraciones modernas condensan con su saga el drama de millones de mutantes andantes. Y nosotros, sin saberlo, estamos en el vórtice de la tormenta demográfica.
Como dijera Kennedy para referirse a la sociedad norteamericana, somos una nación de inmigrantes. El poeta nacional, Pedro Mir Valentín, era hijo de mecánico azucarero cubano y jíbara boricua nacido en las entrañas de un ingenio. Como mi primo Felo Haza del Castillo, cuyo padre cubano, Luis Felipe Haza, administrara ingenios en el Este propiedad de norteamericanos. Me crié escuchando nombres como Chico Conton, Walter James, Garabato Sackie, Rico Carty, todos peloteros hijos de cocolos que junto a los Alou, antecedieron a los Sammy y los Big Papi que hoy nos llenan de orgullo patriótico con sus hazañas en Grandes Ligas. Como lo eran también la exquisita soprano Violeta Stephen y la polifacética familia Lockward, que nos prodigó a Juan, el "Mago de la media voz", el gran juglar de nuestro romanticismo musical. Y al vertical Antonio, un fraterno iluminado de las luchas libertarias.
En mis años mozos era asiduo de las librerías fundadas por españoles, como Amengual y el Instituto del Libro de Escofett Hermanos. Así como de la Dominicana dirigida por don Julio Postigo, editor de la colección Pensamiento Dominicano, con más de 50 volúmenes, una de las cabezas de la Iglesia Evangélica. La que fuera casa de mis abuelos paternos en San Carlos, había sido la del educador positivista puertorriqueño Eugenio María de Hostos, quien les dejó al partir hacia Chile casa y mobiliario. Mi madre se educó con las Pellerano y tuvo como preceptor a don Fed, el Maestro. Los Henríquez, con Noel -quien trajo su arca prodigiosa a mediados del siglo XIX-, nos aportaron a los hijos de Israel en versión sefardita: Federico, Francisco, Enrique, Enrique Apolinar, Pedro, Max, Camila, Francisco (Chito) y Federico (el Gratereaux), de trascendente significación en la cultura dominicana y las letras hispanoamericanas. Otros sefarditas, como los Marchena, nos dieron comerciantes y políticos, y a un exquisito músico y diplomático como don Enrique de Marchena. Carlos Curiel, un agudo periodista, doctor en derecho y profesor universitario, procedía de esa etnia.
Mi madre convivió en su infancia en El Conde con las familias árabes que en la década del diez del siglo XX se asentaron en los contornos del Baluarte. Yo, desde niño, acudía a las fiestas del Club Sirio Libanés Palestino, del cual hoy soy socio. Acompañaba a mi madre a realizar la compra en la Casa Pérez, el Colmado Nacional o en la Casa Velázquez. A adquirir pan y galleta en la Panadería Quico o algunas provisiones en los almacenes de Adelino Sánchez y Bello Cámpora. Recalábamos en el Bar América a disfrutar de helados y tostadas. Así como en las tiendas de tejidos de El Conde (Cerame, La Opera, González Ramos, El Palacio). Todos negocios de españoles, como lo eran el almacén de Manuel Corripio, a donde acudía a comprar materiales de construcción o la Ferretería Morey. En El 1y5 del señor Paliza degustaba un buen café expreso. Apellido sinónimo de excelencia de este grano, como Munné y Cortés de chocolate.
En El Conde, Prota, Di Carlo y Abramo equivalían a relojería y joyería. Igual Svelti a papelería. Ferrúa a litografía artística. Bolonotto a dulcería industrial. Bonarelli a pizzería y restaurante de pastas. En los contornos del Palacio Nacional, crecí con los hijos de Guido D'Alessandro, el arquitecto italiano que acometió dicha obra. Al igual que con los Rímoli, de padre italiano. Iba a la misa oficiada en Don Bosco por el salesiano ítalo Enrique Mellano, director del colegio y general de la orden en el Caribe. En La Salle, los Capano, Rainieri, Marranzini, Marra, Cambiaso, Pittaluga, Piantini, Bonarelli, muestra fehaciente de la impronta italiana. Mi abuela materna, Emilia Sardá Piantini, descendía de inmigrantes catalanes e italianos. Una hacendosa fuente de conservación de valores y tradiciones. Entre ellos honestidad, sentido de organización y ahorro. Artífice de polenta rellena y sabrosas arepas.
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