Pasando a la clandestinidad con Rick
Las desgracias de Evangelino Trutie comenzaron el mismo día en que tuvo la desafortunada idea de enfrentarse al Dr José Enrique Aybar, Presidente de la Junta Central del Partido Dominicano, en un tema, en sí mismo intrascendente: el significado del diálogo final de la película "Casablanca", o mejor dicho, cómo interpretar aquellas enigmáticas palabras que Rick Blaine (Humphrey Bogart) dirige al capitán Lois Renault (Claude Rains), y que en las distintas versiones del film presentadas en el país, coincidentemente, sonaban igual:
"Louis, este puede ser el inicio de una gran amistad"
Y fue todo lo contrario. Al menos para ese ser ceremonioso y ordenado que era Evangelino Trutie, por más señas, Jefe de la Sección de Propaganda de la misma organización política que manejaba con su puño de hierro, el Benefactor, y su dedito de plomo, el Dr Aybar.
Las tardes de los viernes, terminada la faena semanal de llevar los papeles y asuntos de un partido que, a su vez, cargaba sobre sus hombros los problemas y asuntos del país, los principales funcionarios solían invitar al Dr Aybar a unas cervecitas y alguna picadera, cómodamente sentados en un café al aire libre, discretamente flanqueados por choferes y guardias de civil. Era lo que, en su jerga cínica, ellos llamaban "darse un baño de pueblo", cuando en realidad, no se les podía acercar nadie, ni siquiera un mendigo, ni un limpiabotas, sólo los camareros escogidos y de antecedentes comprobados en las oficinas del SIM. Y fue con ese pretexto de mezclarse con las masas trujillistas, por supuesto que para mayor gloria del Jefe, que la élite partidista había logrado vencer la reticencia de alguien tan difícil de capturar para estas cosas, como era el Dr Aybar.
Porque el ahora Presidente de la Junta Central Directiva del Partido era escurridizo como una anguila encebada, y su trayectoria así lo demostraba. Dentista de profesión, con consultorio en la Zona Colonial, había sido uno de los principales opositores a la candidatura del entonces general Trujillo, en las elecciones de 1930, formando parte de la directiva de la Alianza Nacional Progresista, de Ángel Morales y Federico Velázquez. En el parque Colón, no lejos de donde se solazaba con su séquito las tardes de cada viernes, había sido orador principal en un mitin de la Alianza, lanzando la consigna que por poco le cuesta la cabeza: "No puede ser"
Y por supuesto que fue. Y para no quedarse atrás, después de dos prudentes años de perfil bajo, haciendo empastes y sacando muelas, y lo más importante, con la boca cerrada, el Dr Aybar emergió de sus cenizas políticas, como Ave Fénix, presentándose al país como trujillista furibundo, amanuense de lujo del Generalísimo, negociador de sus encargos, promotor de la Guardia Universitaria, y prolífico autor de textos sobre la pacificación de la Línea Noroeste y el Código Trujillo, publicados en "Renovación", la revista teórica del Instituto Trujilloniano.
Inatrapable, mayestático, incombustible y de lento, pero seguro vuelo, era llamado "El Zeppelin" por algunos de los mismos que le reían las gracias y se descoyuntaban para servirle las cervezas con sus propias manos, o acercarle las fuentes de camarones y empanadas de yuca y lambí, en aquellas tardes de viernes, que en lo sucesivo, serían de triste recordación para Evangelino Trutie.
Todo comenzó después de la tercera ronda de cervezas heladas, entre un pase de yucas encebolladas y unas croquetas de calamar. Alguien, posiblemente el Encargado del Archivo del Partido, introdujo en la conversación, como el que no quiere la cosa, el tema de las frases históricas, esas que al ser pronunciadas en medio de un momento de tensión, nacen con la buena estrella de la rotundidad y son hijas de afortunados hombres sentenciosos, los menos comunes de los hombres. Y por supuesto, no más lanzada al ruedo la provocación, comenzó la inevitable catarata de alabanzas y citas del Jefe, en un desfile interminable de frases geniales que se le atribuían, capaces de ubicarlo por encima de Catilina, Sócrates, Demóstenes, Catón y Marco Tulio Cicerón, pero no por separado, sino juntos.
"Mis amigos son los hombres de trabajo" "O no hay peligro en seguirme", por ejemplo, fueron exaltadas al Parnaso de lo irrepetible, al Olimpo de lo inenarrable, y reputadas como "…poemas en prosa, salidos del arpa delicada de un Rapsoda", según el Jefe de la Dirección Cultural, o como "…dardos certeros al corazón de la Inmortalidad", según el Jefe de la Sección de Actos Políticos.
Al concluir la sexta ronda de cervezas, entre unos canapés de pasta de cangrejos y unos platillos de chicharrones, comenzaron a escasear los argumentos y la elevada puja por la comparación más bella y la exaltación más sórdida. Fue cuando, para su mala fortuna y por su mala estrella, a Evangelino Trutie la espuma ingerida le provocó la maldita idea de hablar de cine. Y peor aún, de esa hermosa película de Michael Curtiz estrenada, bien recordaba, en 1942, y que se desarrollaba en la capital de la ignota Marruecos, donde todos los detritus, héroes, buscavidas y fugitivos que escapaban de la Europa de los nazis, se habían dado dado cita en un american bar, el de Rick Blaine, un pedacito de Manhattan en medio del desierto, a mitad del camino entre los beduinos y las avanzadas del mariscal Rommel.
Por supuesto que torcer la conversación, sacarla de su carril trujillista, introducir la banalidad del cine yanqui cuando se hablaba de la epopeya nacional, y dejar a un lado al Egregio Varón de San Cristóbal, para hablar de un ínfimo histrión, como lo era Humphrey Bogart, a pesar de la sexta ronda y las digestiones lentas, provocó un fruncir de cejas, casi imperceptible, en el Dr Aybar, que no escapó a la atildada seriedad de Evangelino Trutie.
Lo que este se proponía era comparar las frases más célebres de la película, como aquellas de "Tócala otra vez, Sam", "Esto va por ti, muñeca", "De todos los bares del mundo, ella tuvo que entra al mío", o "Siempre nos quedará París", tan de moda en los cenáculos bohemios de medio mundo, o formando parte del lenguaje críptico de la jet set internacional, con las frases sencillas, pero de enorme sabiduría rural, que salían de boca del Jefe, con la misma espontaneidad con que llamaba por sus nombres a cada una de las vacas de la hacienda "Fundación", o a cada uno de sus servidores, que para el caso era lo mismo.
Ese y no otro, era el plan inicial de Evangelino Trutie, usualmente callado durante los encuentros de los viernes, y ese día, espoleado por las cervezas y el picante del lambí, inusualmente locuaz.
Por supuesto que así no fue percibió por el Dr Aybar, como todo buen converso, siempre recelando de celadas y emboscadas de la fe. Y si lo percibió, no viene al caso, porque así no fue la forma en que lo expresó, ni en esa dirección el giro que dio al tema, sanamente introducido por el bueno de Evangelino Trutie.
"Dígame Usted, Sr Trutie-ripostó como un relámpago- ya que tanto le gusta el cine, y tan buena memoria tiene para las frasecitas de postín, ¿qué cree de la que cierra el film?"
Por supuesto que el resto de los alegres comensales, reunidos alrededor de la gloria del Jefe, impenitentes quemadores de incienso en su honor, y con un horizonte artístico tan plano como se suponía era la Tierra antes del viaje de Colón, no tuvo parte en el intercambio que se iniciaba de esta manera, y no precisamente por las cervezas ingeridas.
Y fue ahí cuando se le complicó la vida a Evangelino Trutie, pues a pesar de una elocuencia medida y cauta, y unos criterios tibios y contemporizadores, no logró ponerse de acuerdo con el Dr Aybar: mientras él la consideraba como un preámbulo del pase de Rick a la clandestinidad antifascista, el Dr Aybar, cáusticamente mundano, la creía una invitación solapada a comenzar un nefando amor del mismo sexo. Y así, sin ponerse de acuerdo, se despidieron.
Cuando Evangelino Trutie abrió "El Caribe", al día siguiente, lo primero que encontró fue una carta al Generalísimo, remitida por el Dr Aybar, en los siguientes términos:
" Hónrome en dirigirme muy respetuosamente a Vuestra Excelencia para informaros que he podido comprobar la existencia de una notable descentralización en las labores de la Dirección de Difusión Cultural y de la Sección de Propaganda e Información de este organismo, anomalía que se debe a que los asuntos relativos a dichas labores tienen finalidades idénticas. Me permito solicitar, con el mayor respeto, vuestra Alta Autorización para refundir ambas secciones en una sola. De esta manera, queda suprimido el cargo de Jefe de la Sección de Propaganda, cuyo titular gozaba de un sueldo mensual de RD $230.00 pesos, y por la presente queda cancelado su titular…"
Fue entonces cuando Evangelino Trutie soñó que era Rick y que se unía a la Resistencia, en una extraña ciudad polvorienta, de nombre sonoro y prometedor.
Después de dos prudentes años de perfil bajo, haciendo empastes y sacando muelas, y lo más importante, con la boca cerrada, el Dr Aybar emergió de sus cenizas políticas, como Ave Fénix, presentándose al país como trujillista furibundo, amanuense de lujo del Generalísimo, negociador de sus encargos, promotor de la Guardia Universitaria, y prolífico autor de textos sobre la pacificación de la Línea Noroeste.