Pedaleando con Cortázar

Aurora Bernárdez y Julio Cortázar

Como si fuese tango del viudo preñado de saudades, Julio Cortázar escribe el 8 de noviembre de 1951 a Eduardo Jonquieres: "No me fui bien de Buenos Aires; después de haber creído que saldría de allí con pena pero sereno, ocurrió que me fui muy poco tranquilo, rodeado de sombras, incapaz de quitarme de los ojos la imagen de todos ustedes en el barco y en el muelle. Irse no es nada, la cosa es darse cuenta que hay una mecánica de chicle, que te has quedado adherido y te vas estirando...Si París me tragó ya los cinco sentidos, no pudo aún sacarme del pozo personal en que vivo. Ordenar papeles, hoy, ver asomar letras, rostros, cosas compartidas, me ha dejado triste; cada libro coincide con un tiempo, una casa, una voz, una polémica. La sola contemplación de un sobre, o el olor del papel, me devuelven a latigazos a Buenos Aires. No estoy triste de estar en París. Está bien, y ahora sé que es necesario que esté aquí. Pero el chicle, sabes". Una goma macanuda que se pegó a los pies andariegos del escritor porteño durante sus definitivos 34 años parisinos.

"Después de dos días en un hotelito, ingresé en la habitación 40, tercer piso, del pabellón autóctono de la Cité. La pieza tiene un ventanal que da sobre los parques y sol todo el día. Moblaje suntuoso pero provisto de algún engominado sin noción alguna de lo que conviene a un estudiante… He tenido que dejar conmigo dos de los cajones que traje, para meter libros, pues en las pulcras paredes no hay un solo estante. La luz eléctrica es pésima…El pequeño cenicero de Murano chisporrotea bajo el sol y se ve que está contento…Mi cabeza de Keats cuelga sobre mi cama. Trato de comer bien porque estoy muy flaco y las caminatas sumadas a las escaleras (¡ciudad de escaleras!) no ayudan a engrosar. Entro ya al comedor de la Cité, que es muy divertido. Por 75 f. te dan mucho de comer… Pago 45 f. por un estupendo desayuno aquí en el pabellón. ¡Hasta te dan manteca! Ya me mostraron dónde hay que comprar las baguettes, el jabón y otras vituallas."

Apenas cinco días en París y "ya he andado -de mañana, tarde y noche- por el Sena, las islas, el maravilloso Marais, Montparnasse, Les Halles, la rue Montmartre, Saint Sévérin (donde anteanoche, gratis, vi a los Petits chánteurs de la Cathédrale de Ratisbonne cantar admirablemente Palestrina y Mozart), la place Maubert donde a la una de la mañana se alzan los fantasmas de truhanes y busconas, y en cualquier vagabundo flaco con un perro ves la sombra de Villon -y tantos otros sitios, sin contar las zambullidas en el métro y los poderosos vasos de pelure d'oignon bebidos en diversos zincs de la urbe. Porque el vino (tú entiendes de esto) está más sabroso que nunca. Y el pan cruje en la boca, y las endives son blancas, y en el Jean (¿conociste esa maravilla?) está Mme Simonney más buena que nunca, con sus cótes de veau sabrosas y sus pilaf de chupar el tenedor hasta el mango". Aludiendo al vino de mesa que se consume en los cafés, los chuletones de cordero y el arroz con especias.

En otra carta relata: "Hay tanto aquí, cada día trae tal variedad de experiencias, que sólo un Swift sería capaz de registrarlas todas en una correspondencia". En un cocktail en la Librería Gallimard tuvo "la gran alegría de poder charlar largo rato con Camus. Cuando lo reconocí (esa carita de mono pálido, ese aire español) me le acerqué con toda la violencia de los tímidos, le dije que había traducido un ensayo suyo, y él entró cordialmente en la charla. Se acuerda con mucho humor de su pasaje por B.A. Torció el gesto cuando le dije que su mejor pieza me parecía Calígula. 'No soy de su opinión. Calígula es una obra de juventud. Prefiero Los Justos'. Yo le dije que su Roma tenía más poesía que su San Petersburgo, lo que lo divirtió un poco. Y hubiéramos hablado más de no aparecer una lluvia de fans que se lo arrebataron… Había un champagne memorable… y yo terminé la noche en la Place Pigalle, bebiendo sendas fines y oyendo una jazz negra".

Escribe a la grabadora María Rocchi, esposa de Eduardo. "No creas que estoy triste, París es tan hermoso! Aquí hasta la tristeza se vuelve una actividad estética. De modo que tal vez estoy triste, pero estoy aprendiendo a depositar esa melancolía en tanta cosa bella que me rodea. Quisiera poder mostrarte, por ejemplo, un atardecer en el Pont du Carroussel. Venía del Louvre con una amiga, y nos paramos a mirar Notre-Dame, lejana, entre una bruma azul. Entonces, a menos de un minuto, ocurrió el milagro, la locura absoluta. Los faroles de gas se encendieron de golpe, y la piedra de los pretiles, yo no sé por qué mezcla de aire y luz, se puso intensamente rosa. Nosotros la mirábamos, mudos. Entonces vimos que la proa de la Cité y las torres lejanas habían pasado instantáneamente a un violeta profundo, y a la vez el río estaba verde, un verde lleno de oro. Yo cerré los ojos, desesperado al comprender que eso no podía durar, que esa cosa veneciana iba a degradar instantáneamente, a perderse…Pero duró, dos o tres minutos, el tiempo de ver subir las primeras estrellas. Nos fuimos de allí sin poder hablar, demasiado felices para decir que lo éramos. Cosas así pagan viejas deudas de la vida".

Contrasta con la atmósfera porteña. "Nos reímos de los turistas, pero te aseguro que yo quiero ser hasta el final un turista en París… Lo atroz de B.A. es que es materia más intelectual que estética, y apresura ese horrendo proceso de cristalización de un hombre. Por eso los argentinos son gente de tanto 'carácter' (¡), de tanta 'personalidad' -repertorios de ideas definitivamente fijas, cuajadas, sin movimiento posible… Yo quisiera que París se me diera como la ciudad del primer día. Llevo aquí 4 meses: pero llegué anoche, llegaré otra vez esta noche. Mañana es mi primer día en París".

En víspera de su primer viaje a Londres confiesa hallarse envuelto en el clima de irrealidad que le asaltó al llegar a Roma, Venecia y París, tras 20 años deseando estar en Picadilly Circus, "hablando inglés, mezclándome con la gente." Razona: "la gran maravilla (como es el caso de París) es descubrir que la realidad es distinta del deseo -porque es mejor". Dice a su alter ego poeta y pintor: "Creo que te gustará saber que fui a Auvers-sur-Oise, cumpliendo con un maravilloso día de sol y tibieza, y mis deseos de conocer el sitio de los últimos días de Van Gogh. Vi la iglesia, el pueblito (adonde me iré a vivir cuatro o cinco días con mi bicicleta apenas haga calor), vi la alcaldía que él pintó, el café donde vivía, su piecita sórdida que conserva aún el papel original. Vi el billar donde lo acostaron agonizante, y por fin su tumba y la de Théo, en un pequeño y delicado cementerio entre los trigales -con esos mismos cuervos y esas nubes bajas que él pintaba hacia el fin.

Al retornar de Londres relata que caminó "seis días como no creo que vuelva a caminar en mi vida". La National Gallery lo deslumbró. "Entre trescientas maravillas, me dio la perfección de sus tres Piero della Francesca (El bautismo de Cristo, La Natividad, y San Miguel y el dragón). Pero luego está el Uccello (con lo cual completé la visión total de la Rota di San Romano), Sassetta, los Lorenzetti…ya te imaginas. Me impresionaron dos óleos inconclusos de Miguel Ángel, de un ritmo maravilloso. Y, claro, La Virgen de las Rocas de Leonardo. Pero como siempre fueron los 'primitivos' los que me atraparon". Refiere igual los magníficos Tiziano, Tintoretto y Veronés, los flamencos "Dirk Bouts y Memlings perfectos…y 16 Rembrandts colgados uno al lado del otro, que te dejaban sin habla. Pero otra gran impresión me la dio la Venus del espejo de Velázquez. Es simplemente sobrecogedora, y está en una salita con 3 Grecos magníficos (entre ellos Cristo echando a los mercaderes…" Anduvo por la Tate Gallery y el British Museum: "ya puedes imaginarme frente a los frisos del Partenón. Toda la sección griega es incomparable", requeriría 10 visitas para engullírsela "un poco". Las secciones de Egipto y Asiria, de China, los vikingos y los celtas. "Uno sale estropeado de ahí dentro". Pasa una mañana en la casa de su adorado Keats, "en el bosque y los brezales por donde le gustaba vagar. Hacía diez años que esperaba ir".

Suscrito a una librería circulante, piensa que "leer, en París y en abril, es tarea de sordomudos. Mi bicicleta me lleva a todas partes, y siempre acabo tirado en el pasto en el Bois de Vincennes o en Saint Cloud. Ayer di toda la vuelta a la ciudad por los bulevares exteriores, sintiendo el sol en los brazos y en la nuca. Me dejo ir, soy un inmenso vago. Pero creo tener algún derecho a hacerlo. Aquí hay una violenta y magnífica primavera, y París se ha convertido en una inconcebible barbaridad. La sola idea de quedarse encerrado en una pieza resulta impúdica, de modo que la vagancia es, como la poesía, un lujo necesario. Además mayo ha convertido sus cuatro semanas en algo como una granada: cada hora contiene un jugo, un color, un sonido. Este 'Congreso para la libertad de la Cultura' lo obliga a uno a hacer proezas de ubicuidad, pero paga con creces las carreras y los cansancios.

Música, a montones y de altísima calidad: Alban Berg, Stravinsky, Schoenberg -lo que quieras. Debates y conferencias: Faulkner, Montale, Stephen Spender, Piovene… Pintura: ayer he estado en el Musée d'Art Moderne, donde se exponen 125 telas traídas en su mayoría de EE.UU. Es tan extraordinario que a la mitad justa me sentí aplastado de fatiga y tuve que irme. Alcancé a ver 10 Picasso, 5 Braque, 1 maravilloso Ozenfant, 2 Joan Miró de una poesía irresistible, los famosos Duchamp, 8 Chirico surrealistas, un gran Ernst, 7 Juan Gris (¡qué pintor!) y unos Rousseau de una ternura inagotable. Hay abstractos: Mondrian y Kandinsky." Y así sigue incesante este devorador cultural en el esplendor de un cónclave mundial patrocinado por la CIA cuando la Guerra Fría remontaba sus mejores cotas.

"¡Oh, París!", exclamaría aquí el bardo Héctor J. Díaz, en la reiteración de un sueño que soñó Darío. Y ahora también Woody Allen. ¡Oh, París, mon amour!