Tiempo de feria
Ha de suponerse que todos los que han bregado, por décadas, en el ejercicio cultural conocen de la organización de ferias del libro en nuestro país desde los lejanos años cuarenta. Acorde con las épocas y las posibilidades materiales, esos convivios del libro han sido breves, modestos, tibios o de largo aliento. Cada época tiene su propio afán y sus maneras de resaltar el fenómeno bibliográfico, pero lo que convierte el mismo en extraordinario es que tengamos en República Dominicana una firme tradición de ferias del libro desde hace más de sesenta años, un hecho cultural que no es común en muchas naciones del mundo.
El proceso contemporáneo en la difusión de los valores del libro se inicia en 1973 -en el segundo periodo de gobierno del Presidente Balaguer- con don Julio Postigo, precursor de esta etapa en la organización y promoción de la Feria Nacional del Libro. Nadie, tal vez, ha reparado que se cumple en este 2013 cuarenta años de la institucionalización de la feria del libro en nuestro país.
Ese proceso tiene varias etapas que han sido descritas anteriormente, pero lo que resulta necesario destacar es que este acontecimiento cultural es uno de los pocos programas, proyectos, realizaciones, eventos -escoja usted el nombre que le cuadre mejor- que ha podido sostenerse a través del tiempo, en un medio geográfico, social y político como el dominicano, donde tantas buenas iniciativas se diluyen, caen en vacíos o en la mayoría de los casos desaparecen. No tenemos un país de lectores, hemos adolecido hasta tiempos recientes de estructurales culturales vigorosas, la producción intelectual ha tenido altas y bajas, y sin embargo las ferias del libro se sostienen sobre el tiempo y un amplísimo sector de la población, y no solo los que integran el llamado país cultural, espera el suceso cada año y lo respalda con su masiva presencia.
Tuve el privilegio de ser parte de la comisión organizadora de la Feria Nacional del Libro por unos años, junto a un titán en el sostenimiento de este proyecto que ejecutó todos los malabares inimaginables para poder mantener viva la feria que antes dirigieron Postigo y don Rafael Herrera. Hablo de don Raymundo Amaro Guzmán, a quien -cumpliendo una misión de gratitud y respeto- tuve a bien honrar en el primer festival librero que me tocó dirigir, en 1997. Un año más tarde, al cumplirse los veinticinco años de la feria nacional comenzó el proceso internacional en momentos en que ya casi toda América Latina había otorgado dimensión global a sus eventos de este tipo. En la antillanía que nos compete, Cuba llevaba ya varios años con la internacionalización de su feria del libro, y Puerto Rico comenzaría en el mismo año que nosotros, aunque allí no ha podido consolidarse aún. Raymundo Amaro -a quien festejo que la FIL de este año rinda tributo dedicándole una vía del campo ferial- fue la columna que pudo mantener con bajísimo presupuesto y casi un nulo apoyo del Presidente Balaguer -algo inconcebible en un intelectual de su talla- las últimas ediciones de la Feria del Libro antes de que se iniciara el cambio hacia su internacionalización y se ampliaran sus objetivos, sus alcances y su estilo proyectivo. De hecho, la única pausa en ese proceso contemporáneo de las ferias del libro ocurrió en 1996 cuando Balaguer no suministró los recursos y el evento no se realizó. Pausa que, sin dudas, sirvió para que el nuevo equipo organizador designado en el primer periodo de gobierno del Presidente Leonel Fernández pudiese hacer los cambios conocidos dando inicio a una nueva etapa que sigue cubriéndose con éxito creciente cada año.
En un ambiente donde las pontificaciones de inexpertos, las habladurías gratuitas, las apropiaciones de logros indebidos y los afanes patológicos de minimizar, desconocer y, tantas veces, destruir los logros anteriores en cualquier esfera de las realizaciones públicas, son tan comunes que casi forman parte del vademecun de horrores de la vida nacional, el hecho de que la Feria Internacional del Libro se haya sostenido en el tiempo sin tomar en cuenta banderías partidarias, al margen de las múltiples "guerritas de Rosendo" de nuestra vida cultural, debiera ser motivo de celebración. Este año llega a su décimo-sexta edición y esta sola circunstancia induce a pensar que su larga vida está asegurada, muy a pesar de los presagios de muerte del libro de papel y la cantilena anual de la falta de lectoría, cuyos factores reales nunca han sido, a nuestro parecer, rigurosamente evaluados.
La feria del libro dominicana, al momento, no tiene iguales en el mundo. Y no solo en Latinoamérica. Una feria es una feria. Queremos decir, es un mercado donde se vende, se compra, se permutan objetos, en este caso, libros, revistas, materiales educativos o culturales. Mediante ese mercado se fomenta y se divulga el libro como instrumento de conocimiento, de saber, de formación. Los programas, empero, para crear lectores y para sostenerlos, no los construye una feria, sino las políticas que, en materia cultural, han de crear y mantener los gobiernos, y no en la esfera exclusiva de un Ministerio de Cultura, sino fundamentalmente desde las carteras de Educación y de Educación Superior. La primera es el núcleo clave -no el Ministerio de Cultura como tantas veces se ha planteado erróneamente- porque allí es que se sitúa la masa infanto-juvenil que debe recibir las orientaciones correspondientes para convertir esa población en lectores potenciales. Y, la segunda, debe constituirse en el enclave técnico que promueva la lectoría en los centros universitarios. Cultura crea talleres literarios, realiza promociones lectoriales, edita libros, auspicia concursos literarios, pero no podrá nunca impulsar un programa de lectoría consistente, porque esa es misión fundamental de los otros ministerios aludidos.
Antes de 1997, las ferias del libro se reducían a espacios pequeños y a tiempos breves de exposición y ventas. El público respaldaba su celebración, pero no encontraba atractivos para mantenerse en ella por buen tiempo o para regresar a su escenario. Había que crear motivaciones, y como parte de una estrategia que ha cumplido fielmente su rol, se decidió sostener la feria dentro de un marco de festival cultural, produciendo una convivencia excepcional de todas las expresiones artísticas en un mismo ámbito (danza, teatro, música, artes plásticas, cine, folklore), junto a manifestaciones de la cultura popular y a muestras de la industria cultural, como el caso de la artesanía. Como producto de lo anterior, las ferias del libro pasaron a convertirse en una verdadera industria cultural, que produjo la atención del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) que en la única reunión de Ministros de Cultura promovida por este organismo que se ha realizado hasta el momento, efectuada en Washington en 2009, quiso conocer -y valoró- la trascendencia de este acontecimiento dominicano como fuente de movilidad económica. De menos de veinte mil personas que iban a las ferias de antes, se pasó a probablemente cerca de un millón o más, circulando por las vías feriales y regresando más de una vez a aquel entorno sin igual de cultura. Y junto a esta realidad que no debiera dejarse de lado, las ventas de libros y materiales educativos en general pasaron de menos de un millón de pesos a más de sesenta millones, y la movilidad económica general de hoy día es superior a los trescientos cincuenta millones de pesos, incluyendo todos los sectores que se benefician de su realización y los ejes de la cadena productiva de cultura que, con frecuencia, se soslayan por desconocimiento de lo que esto significa en cualquier latitud.
La presencia internacional en estos tres lustros de existencia de la FIL ha otorgado prestigio cultural al país, y nuestra feria es ejemplo de organización, de calidad gerencial y de programación cultural. Como me dijese el famoso escritor Alfredo Bryce Echenique (otros se han referido a la misma igualmente, como el extinto Carlos Fuentes que la calificó de "empresa cultural extraordinaria que vale la pena conocer") "esta es una feria de clase mundial y ya debieran ir ustedes por Perú y otros lugares para que enseñen como se hace una feria de este tipo". No por otra cosa, el Presidente Danilo Medina instruyó para que la feria de este año se celebrase bajo los mismos parámetros organizativos y programáticos de las anteriores.
La Feria dominicana del libro es la única en el mundo que cuenta con un respaldo pleno del gobierno dominicano, cuando en otros escenarios es propiedad privada. Por eso, es una feria gratuita, abierta, plural, colocada en el justo escenario, la Plaza de la Cultura, que es su hábitat natural porque, entre otras razones, aquí se ubican los museos, teatros y bibliotecas oficiales. Valoro y celebro que el infeliz propósito de trasladarla a un lugar privado y ajeno a sus objetivos, y de cobrar la entrada -logros que deben mantenerse inalterables- haya sido un simple desliz.
Tres presidentes extranjeros han pasado por ella. El primero, en 1999, fue Ernesto Zedillo, de México, quien trajo una formidable exposición de Rufino Tamayo para el Museo de Arte Moderno. El segundo, Ricardo Lagos, de Chile, en la gestión cultural del PRD. Y ahora, Correa, de Ecuador, que es un feriero reconocido, pues gusta de asistir a las ferias para presentar sus libros. Festejamos que esto suceda, pues desde que invitamos a Ecuador en 2011 para ser el país invitado de 2013, pese a las limitaciones económicas que nos plantearon, el mandatario ecuatoriano siempre valoró la invitación y terminó aprobando la misma. Más de trescientos escritores extranjeros participantes en estos quince años, a los que se unen los de esta edición, avalan nuestra FIL como una de las mejores de todo el Continente.
Fiesta de la cultura -que es su definitivo sello identitario- con el libro como protagonista, la FIL dominicana merece seguir siendo sostenida contra viento y marea. Que igual que fiesta del espíritu y del saber, lo es de la pluralidad, la diversidad y la convivencia.
www. jrlantigua.com
La Feria dominicana del libro es la única en el mundo que cuenta con un respaldo pleno del gobierno dominicano, cuando en otros escenarios es propiedad privada.