Un elegante cazador de Harvard
Había resultado una larga cacería, una de las más prolongadas en las que el Jefe personalmente participara. Es posible que aquel 30 de mayo de 1961, en la soledad de la carretera, tambaleante y abrazado ya a la muerte, debió recordar que pocas, muy contadas de las piezas que se propuso algún día sumar a su colección de trofeos, habían logrado evadir su pulso certero y esa paciencia del cazador consumado, que a la larga, como le estaba pasando a Él mismo, era la que lograba a abatir el blanco, por ágil y escurridizo que fuese. "A quien velan, no escapa"-solía decir, cuando entre tragos, y entre cómplices, celebraba la noticia de que había mordido el polvo alguno de los dementes que lo desafiasen, a veces a miles de kilómetros de distancia, y sin importar los años transcurridos.
Porque el Jefe jamás olvidaba, y mucho menos perdonaba. Eso no estaba en su constitución mental ni física. Sus ofensores podían poner tierra de por medio, cambiarse el nombre, acogerse al amparo de grandes potencias, claudicar, hacer actos de contrición, recibir su perdón público, incluso, prestarle importantes servicios: no importaba, tarde o temprano se levantaba un día en la mañana, y como de la nada, mientras saboreaba la taza de café con la leche de sus queridas vacas de la hacienda "Fundación", le bastaba preguntar a sus edecanes, como de pasada, que dónde estaba fulano o perencejo, del que hacía rato no había oído ninguna noticia, para que estos tomasen nota, sin necesidad de preguntar nada, y le pasasen el nombre de inmediato al encargado de turno, a veces Félix Wenceslao Bernardino, otras Anselmo Paulino, Navajita Espaillat o Johnny Abbes. Así, entre finos manteles y platillos con mantequilla, fuentes de embutidos y jamones serranos, huevos fritos, tostadas, víveres y quesos franceses habían rodado los nombres, y las cabezas, de Mauricio Báez, Pipí Hernández, José Almoina, Jesús de Galíndez, Requena, el guatemalteco Castillo Armas, el general Vázquez, el coronel Blanco, el mayor Vallejo, Rafael Estrella Ureña, y tantos otros, mientras que en el selecto grupo de los sobrevivientes quedaban, a veces malheridos, y siempre temblando, afortunados como Ángel Morales, Tancredo Martínez y Rómulo Betancourt.
Es casi seguro que hacia aquellos desayunos de sentencia, hacia tales escenarios del Juicio volase su mente en el instante postrero, en la oscuridad de la carretera a San Cristóbal, mientras se tambaleaba con el costado agujereado por los perdigones de una Remington, cañón recortado, y aún disparaba contra sus atacantes con su Colt 38, modelo Cobra. Porque si algo debió llevarse el Jefe, en su lucidez postrera de cazador cazado, debió ser la certeza de que a quien velan, no escapa.
Y mira que había tenido que velar al gringo engreído aquel, el hipócrita culpable que desde 1930 le había declarado la guerra escondido en las sombras, arrastrando su buen nombre de estadista por los pasillos del gobierno de Washington, predisponiendo en su contra a presidentes y congresistas, empresarios y periodistas. Mira que había resultado dilatada, y a ratos descorazonadora, la cacería a que lo sentenció desde que leyó las cartas y cablegramas que cruzó con Ángel Morales y Federico Velázquez, esos despojos cabeciduros del horacismo, alentándolos a resistir el movimiento que derrocase al viejo Presidente enfermo.
Macho bragado, tigre que había vivido toda la vida haciendo su real voluntad, dios caído a la tierra y que ha visto a tipos duros de verdad temblarles las rodillas y quebrársele la voz bajo su mirada implacable, respetado y mimado por asesinos sin corazón, el Jefe jamás pudo sentir el menor respeto por Benjamín Sumner Welles, figurín pálido y estirado, de grandes entradas y bigotico a lo David Niven, siempre impecablemente vestido con costosos trajes cruzados a rayas, sombrero de fieltro, corbatas exquisitas, maneras refinadas y mirada burlona, que era Subsecretario de Estado norteamericano, y el más escuchado asesor de Roosevelt en temas de política exterior. Graduado con honores en Harvard, retoño del tronco aristocrático de familias de Boston y New York, rico, culto y liberal, fanáticamente defensor de la libertad individual y los gobiernos constitucionales, el Jefe lo caló desde la primera vez que lo vio y supo, por su mirada acerada y el rictus de asco que descubrió replegado en la comisura de sus labios, al extenderle por primera vez la mano, que siempre tendría un enemigo irreductible en aquel maniquí emplumado, y que si bien merecía varias trompadas, jamás podría dárselas de propia mano, sin desatar después una cascada de marines sobre las costas de Quisqueya.
Y la vida solo vino a confirmar su intuición, lo recordó en el momento final, cuando ya no se oía en la oscuridad la carabina M1 con la que su fiel chofer, el capitán Zacarías, había hecho 30 disparos, y él iba de caída, a un costado del acribillado Chevrolet Bel Air, del año 1957, en el que hasta hace apenas unos minutos viajaba el corazón de la nación... Y se dijo, rodando al abismo, que mira que aquel gringo le había dado brega, y que no importaba que lo hubiesen cazado al fin, en 1943, colaborando sus agentes con los del FBI, y con el mismo Cordel Hull, el Secretario de Estado, si al cabo de tanto tiempo y esfuerzos, Él bien sabía, y no podía ser de otro modo, que aquellas manos parricidas que apretaban los gatillos de las armas con que lo mataban, y las armas mismas, solo podían hacer lo que hacían con la venia imperial todopoderosa y omnipresente. Y a ese odio cerval contra su persona y su forma de gobierno, había contribuido, como nadie aquel Benjamín Sumner Welles de su desgracia.
Roberto Despradel, buen conocedor de la política norteamericana y, como Embajador, uno de sus principales muñidores, le había escrito, lo recordaría, una extensa carta sobre el personaje, fechada el 15 de febrero de 1938. "Usted ha logrado vencer a Sumner Welles -afirmaba- con el arreglo del incidente haitiano. Ahora, más que nunca, creo que no cejará en su propósito de buscar alguna oportunidad, en forma de trampa internacional, que le permita intervenir en nuestro país, sacándonos del poder con el visto bueno del continente. Él está convencido de que es imposible hacerle a usted una revolución triunfante, y por eso, todos sus esfuerzos por tumbarnos se dirigen al campo internacional... Sumner Welles actúa por los intereses de su Gobierno y los mandatos de su increíble inquina personal... Hay que iniciar una labor de sensata, tranquila y firme destrucción de su propaganda contra Usted..."
Y así actuó, solo que a su manera, pues quien se la hacía, se la pagaba, por mucho currículum de Harvard que exhibiese, o conversaciones sobre arte gótico o filosofía griega pudiese desplegar. Porque para el Jefe, aquella recomendación de Despradel estaba bien, y le gustaba lo de destruir, pero de sobra sabía que para acabar con la propaganda enemiga, había que acabar primero con el propagandista, como mismo para acabar con la rabia, antes había que matar al perro. Y fue por ello que decretó el fin de la veda que había protegido hasta el momento a ese etéreo figurín que se atrevía a desafiarlo. Y se había puesto, personalmente, al frente de aquel safari.
Derrochando dinero, comprando secretos, recorriendo los bajos fondos, pagando reporteros de escándalos, frecuentando burdeles para homosexuales, viajando en los pullmans que penetraban en el Sur profundo de los Estados Unidos, sus agentes fueron reconstruyendo, para su gozo, y también para su morbo, la vida inconfesable de aquel brillante diplomático, calando en terrenos que ni el mismo FBI había logrado hollar. Al final, reconstruido el mapa de sus pasiones nefandas, y comprobada su predilección por los camareros negros de los pullmans, el Jefe se consideró listo para asestar el zarpazo final contra su presa. Solo lo hizo cuando su Embajador en aquel país reportó que el enfrentamiento entre Sumner Welles y Hull, el Secretario de Estado, había alcanzado sus cotas más altas. A este le fueron entregadas declaraciones, fotos, pruebas irrebatibles, logrado todo a punta de oro, según las cuales, en 1940, a bordo de uno de aquellos trenes de sus apremios, donde regresaba de Alabama, Sumner Welles había protagonizado, medio borracho, un escándalo que involucraba a dos sirvientes de la tripulación. Todo aquello fue después entregado, en su momento, al Embajador Bullit, y este lo hizo llegar, con toda intención, a tres senadores y a un periodista escandaloso, de apellido Krock. En 1943, 13 años después de haber cruzado sus primeras armas contra el Jefe, y a pesar de la resistencia del Presidente Roosevelt, el otrora intocable Benjamín Sumner Welles renunció a su cargo y desapareció de la vida pública.
Sobre el asfalto, y viendo acercarse a las siluetas armadas que venían a rematarlo, el Jefe sonrió con una mueca ensangrentada, recordando la parranda olímpica de tres días con la que celebró el victorioso final de aquella cacería, una de las más largas y costosas de su vida. Luego un relámpago, y antes del silencio definitivo, le fue dado escuchar, como dicho por Él mismo, aquella frase sabia de que a quien velan, no escapa.
Pero no la había pronunciado allí ninguno de sus atacantes, sino que le llegaba desde la mañana siguiente a su muerte. Al leer los titulares de la prensa, la había pronunciado un elegante anciano, que fumaba en su mansión de Bernardsville, New Jersey, junto a un libro de Platón: una vieja costumbre adquirida en Harvard.
Nota: Algunos nombres de los personajes de la serie "La Era" son ficticios, y los sucesos rigurosamente ciertos. Los documentos que los avalan pueden consultarse en el Archivo General de la Nación.
Y mira que había tenido que velar al gringo engreído aquel, el hipócrita culpable que desde 1930 le había declarado la guerra escondido en las sombras, arrastrando su buen nombre de estadista por los pasillos del gobierno de Washington, predisponiendo en su contra a presidentes y congresistas, empresarios y periodistas. Mira que había resultado dilatada, y a ratos descorazonadora, la cacería a que lo sentenció desde que leyó las cartas y cablegramas que cruzó con Ángel Morales y Federico Velázquez, esos despojos cabeciduros del horacismo, alentándolos a resistir el movimiento que derrocase al viejo Presidente enfermo.
Macho bragado, tigre que había vivido toda la vida haciendo su real voluntad, dios caído a la tierra y que ha visto a tipos duros de verdad temblarles las rodillas y quebrársele la voz bajo su mirada implacable, respetado y mimado por asesinos sin corazón, el Jefe jamás pudo sentir el menor respeto por Benjamín Sumner Welles, figurín pálido y estirado, de grandes entradas y bigotico a lo David Niven, siempre impecablemente vestido con costosos trajes cruzados a rayas, sombrero de fieltro, corbatas exquisitas, maneras refinadas y mirada burlona, que era Subsecretario de Estado norteamericano, y el más escuchado asesor de Roosevelt en temas de política exterior. Graduado con honores en Harvard, retoño del tronco aristocrático de familias de Boston y New York, rico, culto y liberal, fanáticamente defensor de la libertad individual y los gobiernos constitucionales, el Jefe lo caló desde la primera vez que lo vio y supo, por su mirada acerada y el rictus de asco que descubrió replegado en la comisura de sus labios, al extenderle por primera vez la mano, que siempre tendría un enemigo irreductible en aquel maniquí emplumado, y que si bien merecía varias trompadas, jamás podría dárselas de propia mano, sin desatar después una cascada de marines sobre las costas de Quisqueya.
Y la vida solo vino a confirmar su intuición, lo recordó en el momento final, cuando ya no se oía en la oscuridad la carabina M1 con la que su fiel chofer, el capitán Zacarías, había hecho 30 disparos, y él iba de caída, a un costado del acribillado Chevrolet Bel Air, del año 1957, en el que hasta hace apenas unos minutos viajaba el corazón de la nación... Y se dijo, rodando al abismo, que mira que aquel gringo le había dado brega, y que no importaba que lo hubiesen cazado al fin, en 1943, colaborando sus agentes con los del FBI, y con el mismo Cordel Hull, el Secretario de Estado, si al cabo de tanto tiempo y esfuerzos, Él bien sabía, y no podía ser de otro modo, que aquellas manos parricidas que apretaban los gatillos de las armas con que lo mataban, y las armas mismas, solo podían hacer lo que hacían con la venia imperial todopoderosa y omnipresente. Y a ese odio cerval contra su persona y su forma de gobierno, había contribuido, como nadie aquel Benjamín Sumner Welles de su desgracia.
Roberto Despradel, buen conocedor de la política norteamericana y, como Embajador, uno de sus principales muñidores, le había escrito, lo recordaría, una extensa carta sobre el personaje, fechada el 15 de febrero de 1938. "Usted ha logrado vencer a Sumner Welles -afirmaba- con el arreglo del incidente haitiano. Ahora, más que nunca, creo que no cejará en su propósito de buscar alguna oportunidad, en forma de trampa internacional, que le permita intervenir en nuestro país, sacándonos del poder con el visto bueno del continente. Él está convencido de que es imposible hacerle a usted una revolución triunfante, y por eso, todos sus esfuerzos por tumbarnos se dirigen al campo internacional... Sumner Welles actúa por los intereses de su Gobierno y los mandatos de su increíble inquina personal... Hay que iniciar una labor de sensata, tranquila y firme destrucción de su propaganda contra Usted..."
Y así actuó, solo que a su manera, pues quien se la hacía, se la pagaba, por mucho currículum de Harvard que exhibiese, o conversaciones sobre arte gótico o filosofía griega pudiese desplegar. Porque para el Jefe, aquella recomendación de Despradel estaba bien, y le gustaba lo de destruir, pero de sobra sabía que para acabar con la propaganda enemiga, había que acabar primero con el propagandista, como mismo para acabar con la rabia, antes había que matar al perro. Y fue por ello que decretó el fin de la veda que había protegido hasta el momento a ese etéreo figurín que se atrevía a desafiarlo. Y se había puesto, personalmente, al frente de aquel safari.
Derrochando dinero, comprando secretos, recorriendo los bajos fondos, pagando reporteros de escándalos, frecuentando burdeles para homosexuales, viajando en los pullmans que penetraban en el Sur profundo de los Estados Unidos, sus agentes fueron reconstruyendo, para su gozo, y también para su morbo, la vida inconfesable de aquel brillante diplomático, calando en terrenos que ni el mismo FBI había logrado hollar. Al final, reconstruido el mapa de sus pasiones nefandas, y comprobada su predilección por los camareros negros de los pullmans, el Jefe se consideró listo para asestar el zarpazo final contra su presa. Solo lo hizo cuando su Embajador en aquel país reportó que el enfrentamiento entre Sumner Welles y Hull, el Secretario de Estado, había alcanzado sus cotas más altas. A este le fueron entregadas declaraciones, fotos, pruebas irrebatibles, logrado todo a punta de oro, según las cuales, en 1940, a bordo de uno de aquellos trenes de sus apremios, donde regresaba de Alabama, Sumner Welles había protagonizado, medio borracho, un escándalo que involucraba a dos sirvientes de la tripulación. Todo aquello fue después entregado, en su momento, al Embajador Bullit, y este lo hizo llegar, con toda intención, a tres senadores y a un periodista escandaloso, de apellido Krock. En 1943, 13 años después de haber cruzado sus primeras armas contra el Jefe, y a pesar de la resistencia del Presidente Roosevelt, el otrora intocable Benjamín Sumner Welles renunció a su cargo y desapareció de la vida pública.
Sobre el asfalto, y viendo acercarse a las siluetas armadas que venían a rematarlo, el Jefe sonrió con una mueca ensangrentada, recordando la parranda olímpica de tres días con la que celebró el victorioso final de aquella cacería, una de las más largas y costosas de su vida. Luego un relámpago, y antes del silencio definitivo, le fue dado escuchar, como dicho por Él mismo, aquella frase sabia de que a quien velan, no escapa.
Pero no la había pronunciado allí ninguno de sus atacantes, sino que le llegaba desde la mañana siguiente a su muerte. Al leer los titulares de la prensa, la había pronunciado un elegante anciano, que fumaba en su mansión de Bernardsville, New Jersey, junto a un libro de Platón: una vieja costumbre adquirida en Harvard.
Nota: Algunos nombres de los personajes de la serie "La Era" son ficticios, y los sucesos rigurosamente ciertos. Los documentos que los avalan pueden consultarse en el Archivo General de la Nación.
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