Uno de ellos
"En una Era, como la de Usted, todo el mundo debe cumplir su deber..." Es lo que ha escrito, en su carta al Jefe, una sencilla mujer de pueblo, de nombre Celeste Osorio. Es una víctima, como tantas, que escriben clamando justicia. Su carta no se diferenciaba en nada de las demás, hasta que me topé con esa frase. Y el bostezo acostumbrado se me congeló en la cara, despertándome de un golpe, haciéndome leer varias veces esas sencillas y contundentes palabras, tan sencillas y contundentes como apara actuar sobre mí a manera de una revelación inesperada.
Por mis manos pasan cada día decenas de cartas similares, por lo general, bastante mal escritas. Es difícil que me detenga en ellas más de lo imprescindible, el tiempo justo, y con el menor esfuerzo necesario, como para anotar nombre, dirección, y elaborar un escueto resumen del tema de que se trate, de lo que piden o reclaman, para que el señor general, Ayudante del Comandante en Jefe del Ejército Nacional, a cuyas órdenes sirvo como asistente, pueda decidir a dónde reenviarlas para ser atendidas. Por lo general, se trata de peticiones de pensiones alimenticias para los hijos de oficiales, clases y rasos, los que han sido abandonados a su suerte después de que los padres se cansasen de sus madres. Y eso es ciertamente doloroso, incluso humillante, pero esas infelices mujeres no tienen ya esperanzas, ni ilusiones, se limitan a pedir atenciones materiales, dinero con que poder garantizar la vida de sus muchachos, o al menos, que no tengan que dejar la escuela por falta de ropas y zapatos.
Así es como trabajo cada día, leyendo esquelas del dolor ajeno, haciendo de tripas corazón para no infartarme, ni salir con un arma a buscar a tanto hp que por una hembra más joven, o una pelea, o sencillamente por la aventura, deja su mujer de años y a veces, hasta cinco o seis hijos procreados e inocentes, a sabiendas de que abandonarlos es perderlos para siempre.
Porque dejar a la familia es aquí sinónimo de hombría. No reconocer a los hijos procreados es señal de astucia y sagacidad, incluso, de que eres un tipo duro, que no te dejas marear por sentimentalismos, ni llantos de mujer. Porque de eso se trata: de mostrar que siempre hay alguien por debajo de ti, y que en la competencia de la vida, eres un tipo duro, de esos que no tiemblan a la hora de renovarse con una hembrita bien joven, y que sabe bien el valor de una nueva conquista, porque la vida, a fin de cuentas, es renovarte o morir.
La ley que estos cabrones violan, tan jubilosamente, al negarse a pasar la pensión mensual para la manutención de sus hijos, es la 1051. El problema no es menor, todo lo contrario: cada año, aun en medio de la Era, que es una época de ley y orden, cerca del 58 % de los nacimientos ocurridos, son de hijos ilegítimos, lo que significa que de cada diez nacimientos de niños dominicanos, apenas cuatro ocurren con el pleno reconocimiento de ambos cónyuges, y en familias funcionales. Y de esa enorme y creciente masa de ilegítimos, apenas uno de cada diez es reconocido por el padre, el abuelo, o la abuela, en el año en curso.
Pocos como yo, en este país, saben las consecuencias de esto, que se considera una cabronada de machos bien bragados, y que lejos de tener alguna sanción moral, acaba por otorgar carta de legitimidad a enfermos mentales y viciosos, obsesionados con la promesa de carne firma y vientres in tonsos. Ni más ni menos lo que obsesiona a cada macho adulto, para lucir ante los demás: una mezcla de irresponsabilidad, morbo y algo de crueldad, la suficiente, como para que nadie imagine, siquiera, que somos flojos.
No hay más que mirar las cartas que me pasan por las manos, para darse cuenta del abismo creciente que está emponzoñando a esta sociedad contra sí misma. Es un problema que, lejos de disminuir, crece con el tiempo. Y la cadena de odios, resentimientos, violencias y despecho, aumenta de día en día: es una avalancha imparable, y no puedo dejar de pensar que los policías que golpean infelices, los rasos que aplican la Ley de Fuga, los oficiales que ordenan descargas eléctricas a los detenidos, y el propio Jefe, provienen de familias disfuncionales, de hogares con escaso amor, y que eso explica la brutalidad bestial de los comportamientos cotidianos. Porque de algo está brotando tanta roña, tanto odio letal, tanta aspiración de muerte.
María Reyes, de Salcedo, denuncia el 24 de agosto de 1942, que su esposo, el raso Jesús María Ferreira, "... nunca ha cumplido con regularidad, el pago de los dos pesos mensuales que debe a su hijo". Lo mismo escribe Jacinta de los Santos, de San José de Ocoa, contra el sargento Antonio Cruz, con el que tiene una hija de año y medio, sin que al canalla se le conmueva el corazón, y le mande regularmente su mensualidad. O Mercedes L. Cerón, quien cansada de escribir al Oficial de Leyes del Ejército, incluso, al mismo Jefe, afirmaba, el 29 de junio de 1942, que su esposo, el sargento mayor Antonio Martínez, ha abandonado a sus tres hijos, "...que no pueden asistir a la escuela, por carecer de ropa y zapatos, y deber ella cinco meses de alquiler".
También pasó por mis manos la queja de una mujer valiente, como Mercedes E. Caro, quien el 23 de julio de 1942 denunciaba a su esposo, el raso Ramón Emilio Cerda Tavares, a quien acusaba de "... no dar un centavo, ni para pan, a su hija de diez años, a quien yo no puedo comprarle ni un vestido, ni un cuaderno", y concluía afirmando, con la sagacidad del pueblo, que "... cuando un hombre hace que una mujer eche un hijo para afuera, tiene, obligatoriamente, que atenderla".
Tantas quejas, y tan frecuentemente expresadas, acaban por embotar la sensibilidad de cualquiera, y eso lo sé de sobra. Pero de vez en cuando, ciertas frases hacen que se abra mi mente, se active mi cerebro, y acabe por zambullirme en el mar de las cosas de la vida, esas que tarde o temprano terminan, por envolverte y hundirte. Porque tanto dolor manoseado a diario, ha acabado por despertarme recuerdos que imaginaba muertos y enterrados, y por anhelar horizontes de felicidad familiar que tampoco conocí.
Y es una galería de dramas humanos que se adivinan entre aquellas líneas mal redactadas, y los gritos de desesperación que se escuchan, tras saltar de entre las letras garabateadas. Por ejemplo, la madre de la menor Pura Gómez Sánchez, anexa a su carta la notificación recibida tras ausentarse su hija a clases, entre el 7 de marzo y el 14 de abril, debido a que no tenía ropas ni zapatos, violando el artículo 16 de la Ley de Instrucción Obligatoria. Y la carta de Victoria Álvarez, de Monte Cristy, fechada el 11 de marzo de 1942, da fe de que ya no puede más con la manutención de los tres hijos de Hilario Betances, marino de un guardacostas, y de Juanita Abreu, y que no puede seguir haciéndose cargo de ellos, solicitando de los padres que los recojan, "... y que traigan ropas, ya que están con míseros vestidos, casi como gentes primitivas".
Bien sé que, a pesar de esa innegable solidaridad masculina que aparta a las mujeres de todo derecho, y une voluntades en la labor infame de justificar la irresponsabilidad paterna, lo cierto es que nadie escucha el clamor de estas mujeres, y que ellas, y solo ellas, podrán sacar adelante a sus hijos. Nadie más -piensa,- y un nudo me sube a la garganta.
Y todavía tengo tiempo para leer las cartas de Telesfora Rodríguez, de Navarrete, y de Caridad Núñez, del Distrito Nacional, y de Carmen Castillo, de San Pedro de Macorís. También las de Epifania Méndez, de Duvergé, y de Adela Espinal, de Dajabón. Todas sangran por la misma herida; en todas, a su pesar, me recuerdan lo que fui: un hijo sin padre, sacado a flote por el heroísmo de una madre.
Y es por eso que, violando mis atribuciones, me lleno de valor y le pido al general Fernando Sánchez, mi jefe directo, que para poder hacer cumplir la ley 1051, y amparar en algo a tantas pobres mujeres burladas, se hace necesario descontar directamente del sueldo de los implicados, las ridículas pensiones de uno o dos pesos mensuales, por hijo, que se acostumbra pagar. Y me alegra mucho que el general, sin titubear, me dicta el texto de una carta al Jefe, donde le propone eso mismo.
Y es cuando comprendo que la frase leída en aquella carta es reveladora e inspiradora. Que sin haberla leído, no hubiese sentido el ímpetu necesario para pelear contra una injusticia capaz de mutilar para toda la vida.
Es por ello que, como niño abandonado que fui, criado por la mano bondadosa y cansada de una madre ejemplar, lejos de toda atención filial de un cabrón que vivía de las galleras y las putas, he declarado una guerra silenciosa contra sus similares, que son legión. Y llevo una lista privada con sus nombres, para ir a buscarlos el día que me vuelva loco y decida vaciar el peine de mi pistola en quienes lo merezcan.
A ver si, con el paso del tiempo, y el escarmiento, los niños de mi Patria dejan de sufrir como sufrí yo.
Nota: Algunos nombres de los personajes de la serie "La Era" son ficticios, y los sucesos rigurosamente ciertos. Los documentos que los avalan pueden consultarse en el Archivo General de la Nación.
Porque dejar a la familia es aquí sinónimo de hombría. No reconocer a los hijos procreados es señal de astucia y sagacidad, incluso, de que eres un tipo duro, que no te dejas marear por sentimentalismos, ni llantos de mujer. Porque de eso se trata: de mostrar que siempre hay alguien por debajo de ti, y que en la competencia de la vida, eres un tipo duro, de esos que no tiemblan a la hora de renovarse con una hembrita bien joven, y que sabe bien el valor de una nueva conquista, porque la vida, a fin de cuentas, es renovarte o morir.
La ley que estos cabrones violan, tan jubilosamente, al negarse a pasar la pensión mensual para la manutención de sus hijos, es la 1051. El problema no es menor, todo lo contrario: cada año, aun en medio de la Era, que es una época de ley y orden, cerca del 58 % de los nacimientos ocurridos, son de hijos ilegítimos, lo que significa que de cada diez nacimientos de niños dominicanos, apenas cuatro ocurren con el pleno reconocimiento de ambos cónyuges, y en familias funcionales. Y de esa enorme y creciente masa de ilegítimos, apenas uno de cada diez es reconocido por el padre, el abuelo, o la abuela, en el año en curso.
Pocos como yo, en este país, saben las consecuencias de esto, que se considera una cabronada de machos bien bragados, y que lejos de tener alguna sanción moral, acaba por otorgar carta de legitimidad a enfermos mentales y viciosos, obsesionados con la promesa de carne firma y vientres in tonsos. Ni más ni menos lo que obsesiona a cada macho adulto, para lucir ante los demás: una mezcla de irresponsabilidad, morbo y algo de crueldad, la suficiente, como para que nadie imagine, siquiera, que somos flojos.
No hay más que mirar las cartas que me pasan por las manos, para darse cuenta del abismo creciente que está emponzoñando a esta sociedad contra sí misma. Es un problema que, lejos de disminuir, crece con el tiempo. Y la cadena de odios, resentimientos, violencias y despecho, aumenta de día en día: es una avalancha imparable, y no puedo dejar de pensar que los policías que golpean infelices, los rasos que aplican la Ley de Fuga, los oficiales que ordenan descargas eléctricas a los detenidos, y el propio Jefe, provienen de familias disfuncionales, de hogares con escaso amor, y que eso explica la brutalidad bestial de los comportamientos cotidianos. Porque de algo está brotando tanta roña, tanto odio letal, tanta aspiración de muerte.
María Reyes, de Salcedo, denuncia el 24 de agosto de 1942, que su esposo, el raso Jesús María Ferreira, "... nunca ha cumplido con regularidad, el pago de los dos pesos mensuales que debe a su hijo". Lo mismo escribe Jacinta de los Santos, de San José de Ocoa, contra el sargento Antonio Cruz, con el que tiene una hija de año y medio, sin que al canalla se le conmueva el corazón, y le mande regularmente su mensualidad. O Mercedes L. Cerón, quien cansada de escribir al Oficial de Leyes del Ejército, incluso, al mismo Jefe, afirmaba, el 29 de junio de 1942, que su esposo, el sargento mayor Antonio Martínez, ha abandonado a sus tres hijos, "...que no pueden asistir a la escuela, por carecer de ropa y zapatos, y deber ella cinco meses de alquiler".
También pasó por mis manos la queja de una mujer valiente, como Mercedes E. Caro, quien el 23 de julio de 1942 denunciaba a su esposo, el raso Ramón Emilio Cerda Tavares, a quien acusaba de "... no dar un centavo, ni para pan, a su hija de diez años, a quien yo no puedo comprarle ni un vestido, ni un cuaderno", y concluía afirmando, con la sagacidad del pueblo, que "... cuando un hombre hace que una mujer eche un hijo para afuera, tiene, obligatoriamente, que atenderla".
Tantas quejas, y tan frecuentemente expresadas, acaban por embotar la sensibilidad de cualquiera, y eso lo sé de sobra. Pero de vez en cuando, ciertas frases hacen que se abra mi mente, se active mi cerebro, y acabe por zambullirme en el mar de las cosas de la vida, esas que tarde o temprano terminan, por envolverte y hundirte. Porque tanto dolor manoseado a diario, ha acabado por despertarme recuerdos que imaginaba muertos y enterrados, y por anhelar horizontes de felicidad familiar que tampoco conocí.
Y es una galería de dramas humanos que se adivinan entre aquellas líneas mal redactadas, y los gritos de desesperación que se escuchan, tras saltar de entre las letras garabateadas. Por ejemplo, la madre de la menor Pura Gómez Sánchez, anexa a su carta la notificación recibida tras ausentarse su hija a clases, entre el 7 de marzo y el 14 de abril, debido a que no tenía ropas ni zapatos, violando el artículo 16 de la Ley de Instrucción Obligatoria. Y la carta de Victoria Álvarez, de Monte Cristy, fechada el 11 de marzo de 1942, da fe de que ya no puede más con la manutención de los tres hijos de Hilario Betances, marino de un guardacostas, y de Juanita Abreu, y que no puede seguir haciéndose cargo de ellos, solicitando de los padres que los recojan, "... y que traigan ropas, ya que están con míseros vestidos, casi como gentes primitivas".
Bien sé que, a pesar de esa innegable solidaridad masculina que aparta a las mujeres de todo derecho, y une voluntades en la labor infame de justificar la irresponsabilidad paterna, lo cierto es que nadie escucha el clamor de estas mujeres, y que ellas, y solo ellas, podrán sacar adelante a sus hijos. Nadie más -piensa,- y un nudo me sube a la garganta.
Y todavía tengo tiempo para leer las cartas de Telesfora Rodríguez, de Navarrete, y de Caridad Núñez, del Distrito Nacional, y de Carmen Castillo, de San Pedro de Macorís. También las de Epifania Méndez, de Duvergé, y de Adela Espinal, de Dajabón. Todas sangran por la misma herida; en todas, a su pesar, me recuerdan lo que fui: un hijo sin padre, sacado a flote por el heroísmo de una madre.
Y es por eso que, violando mis atribuciones, me lleno de valor y le pido al general Fernando Sánchez, mi jefe directo, que para poder hacer cumplir la ley 1051, y amparar en algo a tantas pobres mujeres burladas, se hace necesario descontar directamente del sueldo de los implicados, las ridículas pensiones de uno o dos pesos mensuales, por hijo, que se acostumbra pagar. Y me alegra mucho que el general, sin titubear, me dicta el texto de una carta al Jefe, donde le propone eso mismo.
Y es cuando comprendo que la frase leída en aquella carta es reveladora e inspiradora. Que sin haberla leído, no hubiese sentido el ímpetu necesario para pelear contra una injusticia capaz de mutilar para toda la vida.
Es por ello que, como niño abandonado que fui, criado por la mano bondadosa y cansada de una madre ejemplar, lejos de toda atención filial de un cabrón que vivía de las galleras y las putas, he declarado una guerra silenciosa contra sus similares, que son legión. Y llevo una lista privada con sus nombres, para ir a buscarlos el día que me vuelva loco y decida vaciar el peine de mi pistola en quienes lo merezcan.
A ver si, con el paso del tiempo, y el escarmiento, los niños de mi Patria dejan de sufrir como sufrí yo.
La cadena de odios, resentimientos, violencias
y despecho, aumenta de día en día: es una avalancha
imparable, y no puedo dejar de pensar que los
policías que golpean infelices, los rasos que aplican la
Ley de Fuga, los oficiales que ordenan descargas
eléctricas a los detenidos, y el propio Jefe, provienen
de familias disfuncionales, de hogares con escaso
amor, y que eso explica la brutalidad bestial de los
comportamientos cotidianos.
Porque de algo está brotando tanta roña,
tanto odio letal, tanta aspiración de muerte.
y despecho, aumenta de día en día: es una avalancha
imparable, y no puedo dejar de pensar que los
policías que golpean infelices, los rasos que aplican la
Ley de Fuga, los oficiales que ordenan descargas
eléctricas a los detenidos, y el propio Jefe, provienen
de familias disfuncionales, de hogares con escaso
amor, y que eso explica la brutalidad bestial de los
comportamientos cotidianos.
Porque de algo está brotando tanta roña,
tanto odio letal, tanta aspiración de muerte.
Nota: Algunos nombres de los personajes de la serie "La Era" son ficticios, y los sucesos rigurosamente ciertos. Los documentos que los avalan pueden consultarse en el Archivo General de la Nación.