Verdades que no son tales
Pasan los años y verdades que no son tales permanecen en el imaginario popular con una aceptación que encubre su carácter espurio. Así se han construido mitos, distorsiones históricas y leyendas que han resistido el tiempo y todos los esfuerzos hechos para desmentirlos. Son la madre nutricia de incontables prejuicios y actitudes, devenidos tragedias o muros insalvables entre naciones. De simples rumores o mentiras aviesas se transformaron en moneda de curso que ha circulado de generación en generación, en agravios permanentes que han marcado razas, pueblos o personajes históricos acreditados con tachas o méritos impropios.
Ese inventario de estereotipos no cede ni siquiera ante los esfuerzos científicos o indagatorias históricas en fuentes irrefutables. Entronizados en doctrinas e ideologías, han engendrado políticas de consecuencias nefastas, o credos que, amparados en la ceguera aneja a toda fe, contaminan aquello que de prudente tiene el ser humano. Virtudes se trastocan en defectos, y defectos en virtudes; luchas nobles, en revueltas irrazonables y estériles, o al revés; culturas de acervo extenso y solera, en prácticas salvajes. En algunos casos, el prisma estrecho que es el etnocentrismo sirve de baremo inexorable, implacable, a la hora del juicio.
¿Hay tantas verdades como seres humanos o los hechos nunca han sido tozudos? Lo relativo, amparado en la conveniencia, es con frecuencia la respuesta a situaciones que dada su complejidad ameritarían un análisis meticuloso y ponderado. A la duda cartesiana, que debería ser atributo genético en todo ser humano, la han alineado con el sentido común, escaso en demasía, y juntos los han emplazado bajo la custodia severa, estricta, de los fabricantes de las realidades y dogmas del conocimiento domesticado.
De pequeño escuchaba cuán peligrosos eran los haitianos que en ese periodo de mi propia antigüedad se contaban con los dedos de una mano en la reconditez del Cibao Central donde me asomé a la vida. En el pueblo llano, que era todo mi pueblo, corrían las voces de que esos sujetos de español con acento sacrificaban niños robados al amparo de la impunidad nocturna en aquelarres misteriosos. Nadie se preguntaba cuáles niños, pese a que nunca hubo denuncia alguna de desaparición infantil, hecho imposible de pasar inadvertido en un villorrio de dos calles y unos pocos bloques mal sembrados de chozas, casonas de madera y almacenes que vieron mejores tiempos cuando el ferrocarril transportaba las riquezas nacionales hacia los puntos de exportación. Recién leo en un libro fascinante que aún huele a tinta o baudios frescos, Haiti: The Aftershocks of History, de Laurent Dubois, que esas patrañas adquirieron categoría de verdad definitiva durante la violenta ocupación militar norteamericana del siglo pasado, hasta cierto punto una renovación de la esclavitud que trajeron los europeos a la colonia francesa más productiva del Nuevo Mundo, sustento humano encadenado del funesto sistema de plantaciones. Su punto de partida no puede ser más acertado: para entender al vecino de hoy -de ahí aftershocks o las réplicas tras el terremoto-, hay que conocer su historia turbulenta.
Los reportes de las tantas comisiones enviadas a investigar las tropelías de las tropas de ocupación, precedidas por el robo descarado del tesoro nacional perpetrado por marines que llegaron y se fueron en unas pocas horas a bordo del USS Machias anclado en diciembre del 1914 en la bahía de Puerto Príncipe, eran "equilibrados" con alusiones a la naturaleza "salvaje" de los nativos, sus ceremonias de vudú con sacrificios humanos y el canibalismo. Tales prácticas, rémora de costumbres con raíces en el África distante, requerían de un proceso civilizatorio, y nadie mejor llamado a ejecutarlo que el genio norteamericano, enquistado prontamente en las aduanas y el erario del otro lado de la frontera.
Dubois da cuenta del testimonio del general Barnett ante el Senado norteamericano y de las interrogantes centradas en un alegado canibalismo y sacrificio infantil. Preguntado sobre la veracidad de la decapitación de un marino y el uso del cráneo en una ceremonia de vudú, su respuesta revela el prejuicio: "No lo he oído pero entiendo perfectamente que pueda ser verdad". Un sí rotundo siguió al cuestionamiento sobre la carnicería de uno o más pequeños "cuya sangre era necesaria en sus ceremonias religiosas paganas".
El relato mereció la primera página del New York Times bajo este titular: "Nativos en Haití se comieron a un oficial de la Marina". Ninguna mención de otro testimonio a cargo de un exsoldado invasor con la narración asqueante de como él y otros compañeros habían crucificado a sus víctimas haitianas; o del aporte de un sacerdote que aseguró haber visto el esqueleto de un prisionero ejecutado, colgado como un suvenir sangriento en la casa de un oficial norteamericano.
En ese 1920, la reacción de un líder afroamericano, James Weldon Johnson, ante las acusaciones de canibalismo y sacrificios infantiles en Haití, aún resulta aleccionadora: "Usted puede escoger entre comer carne humana sin cocinarla en esa isla salvaje y cocinar la carne humana sin comerla en el posiblemente no menos salvaje Mississippi".
Sin embargo, Dubois incurre en los mismos errores que critica cuando evalúa la matanza de haitianos llevada a cabo en 1937 por instrucciones directas del dictador Trujillo. En discusión no están la vesania ni la perversidad implícitas en el genocidio que el escritor describe correctamente como uno de los mayores del siglo pasado en América Latina. Su queja de que hasta la fecha no ha habido "juicio oficial alguno o investigación de lo que pasó", y de que ese hecho "permanece como un espectro perturbador en ambos países, sin un reconocimiento o recuerdo permanente", es aceptable.
Una cosa debería ser, sin embargo, la ficción, como en los textos de los escritores haitianos Edwidge Danticat sobre esa tragedia (Cosecha de huesos), y Jacques Roumain (Los amos del rocío) sobre el drama del trabajador inmigrante, y otro el análisis de un historiador con credenciales académicas reconocidas.
Carecen de validez sus afirmaciones, sin fuentes confiables que las acrediten y a todas luces exageradas, de que tropas dominicanas y civiles detuvieron y mataron a "decenas de miles de haitianos a lo largo de la frontera", o que "miles de haitianos fueron decapitados con machetes en la plaza central" en Santiago. Si en las elecciones más concurridas que se celebraron en toda la historia de Haití hasta ese entonces votaron poco más de 300 mil personas a lo largo y anoche del territorio haitiano, ¿cómo pudieron ser asesinados en poquísimos días "decenas de miles" en un contorno estrecho de la geografía de la isla? ¿Quién ha certificado esa contabilidad macabra con la exactitud requerida por la historiografía o la sociología? La matanza es en sí suficientemente execrable como para inflarle guarismos. La hipérbole exacerba los ánimos y adiciona volatilidad a la controversia irresuelta. Por supuesto, recrea el mito contrabandeado como verdad en círculos académicos y medios de comunicación. El pasado como veneno letal del presente y futuro.
No había aún visitado este mundo cuando el "corte". Niño, decenas (verdaderas) de años después, escuchaba el relato de la abuela paterna de cómo su madre, mi bisabuela y eslabón familiar directo con el África de los colores encendidos, había escondido a un haitiano que fungía de hojalatero en la región y a quien obviamente la pronunciación de la palabra perejil le hubiese significado una sentencia de muerte. Es un hecho cierto, probablemente repetido por muchos otros dominicanos para quienes la solidaridad humana estaba por encima de la obediencia al tirano. Lamentablemente, ese tipo de narrativa no cabe en los textos ni sirve de argumento en el imperio de la mitología.
Castigo divino, remuneración justa al desvarío sexual, respuesta de lo alto a la desviación y perversión son algunas de las explicaciones que han poblado el imaginario popular en lo referente a la pandemia de sida.
Enfermedad de pobres, gais y adictos a las drogas de acuerdo a la sabiduría convencional, y material eficiente de infundios, ha sido responsable de innumerables muertes por partida doble: física y moral. Actas de defunciones convertidas en secreto de familia. Otro libro, también con olor a tinta y a baudios frescos, presenta la cara diferente de una historia luctuosa. Tinderbox: How the West Sparked the AIDS Epidemic and How the World Can Finally Overcome it, revela que el sida es consecuencia de la voracidad colonial.
La epidemia se inició con el siglo pasado en el sudeste de Camerún, en ese tiempo asolado por los colonialistas europeos en busca de marfil y caucho. Creig Timberg y Daniel Halperin relatan con lujo de detalles "la masiva intrusión de gente y tecnología nuevas en una tierra donde las costumbres antiguas aún prevalecían. Las potencias europeas se embarcaron en una carrera febril por riquezas y gloria y establecieron rutas a través de ríos cenagosos y tupidas selvas que anteriormente habían sido recorridos muy esporádicamente por los humanos".
En esa invasión de territorios vírgenes, un cazador abatió un chimpancé portador del virus y probablemente cuando lo descuartizaba sufrió el rasguño por donde se coló el agente destructor de tantas vidas, sobre todo en la misma África. "Los más perturbadores de estos intrusos fueron los miles de porteros africanos. Obligados a la servidumbre por las potencias coloniales europeas, abrieron trochas a través del área exacta que los investigadores han identificado como la cuna del sida. Fue aquí, en un momento único de transmisión de un chimpancé a un humano, que una cadena del virus llamado HIV-1 grupo M apareció por primera vez". En el siglo siguiente, dicen los coautores de ese libro apasionante, el 99 por ciento de todas las muertes por sida en el mundo se han debido a esa familia viral.
La colonización europea de África provocó grandes movimientos de personas y un rápido proceso de urbanización, elementos indispensables para que la dispersión del virus se convirtiese en la epidemia que ha alcanzado a decenas (verdaderas) de millones de personas. Sin esa prisa acelerada por la ambición, con velocidad de torbellino entre 1880 y el final de la Primera Guerra Mundial, dicen los escritores, no hubiese habido epidemia, y el virus permanecido o muerto en las profundidades de los bosques africanos. Verdad que es tal.
De pequeño escuchaba cuán peligrosos eran los haitianos que en ese periodo de mi propia antigüedad se contaban con los dedos de una mano en la reconditez del Cibao Central donde me asomé a la vida. En el pueblo llano, que era todo mi pueblo, corrían las voces de que esos sujetos de español con acento sacrificaban niños robados al amparo de la impunidad nocturna en aquelarres misteriosos. Nadie se preguntaba cuáles niños, pese a que nunca hubo denuncia alguna de desaparición infantil, hecho imposible de pasar inadvertido en un villorrio de dos calles y unos pocos bloques mal sembrados de chozas, casonas de madera y almacenes que vieron mejores tiempos cuando el ferrocarril transportaba las riquezas nacionales hacia los puntos de exportación. Recién leo en un libro fascinante que aún huele a tinta o baudios frescos, Haiti: The Aftershocks of History, de Laurent Dubois, que esas patrañas adquirieron categoría de verdad definitiva durante la violenta ocupación militar norteamericana del siglo pasado, hasta cierto punto una renovación de la esclavitud que trajeron los europeos a la colonia francesa más productiva del Nuevo Mundo, sustento humano encadenado del funesto sistema de plantaciones. Su punto de partida no puede ser más acertado: para entender al vecino de hoy -de ahí aftershocks o las réplicas tras el terremoto-, hay que conocer su historia turbulenta.
Los reportes de las tantas comisiones enviadas a investigar las tropelías de las tropas de ocupación, precedidas por el robo descarado del tesoro nacional perpetrado por marines que llegaron y se fueron en unas pocas horas a bordo del USS Machias anclado en diciembre del 1914 en la bahía de Puerto Príncipe, eran "equilibrados" con alusiones a la naturaleza "salvaje" de los nativos, sus ceremonias de vudú con sacrificios humanos y el canibalismo. Tales prácticas, rémora de costumbres con raíces en el África distante, requerían de un proceso civilizatorio, y nadie mejor llamado a ejecutarlo que el genio norteamericano, enquistado prontamente en las aduanas y el erario del otro lado de la frontera.
Dubois da cuenta del testimonio del general Barnett ante el Senado norteamericano y de las interrogantes centradas en un alegado canibalismo y sacrificio infantil. Preguntado sobre la veracidad de la decapitación de un marino y el uso del cráneo en una ceremonia de vudú, su respuesta revela el prejuicio: "No lo he oído pero entiendo perfectamente que pueda ser verdad". Un sí rotundo siguió al cuestionamiento sobre la carnicería de uno o más pequeños "cuya sangre era necesaria en sus ceremonias religiosas paganas".
El relato mereció la primera página del New York Times bajo este titular: "Nativos en Haití se comieron a un oficial de la Marina". Ninguna mención de otro testimonio a cargo de un exsoldado invasor con la narración asqueante de como él y otros compañeros habían crucificado a sus víctimas haitianas; o del aporte de un sacerdote que aseguró haber visto el esqueleto de un prisionero ejecutado, colgado como un suvenir sangriento en la casa de un oficial norteamericano.
En ese 1920, la reacción de un líder afroamericano, James Weldon Johnson, ante las acusaciones de canibalismo y sacrificios infantiles en Haití, aún resulta aleccionadora: "Usted puede escoger entre comer carne humana sin cocinarla en esa isla salvaje y cocinar la carne humana sin comerla en el posiblemente no menos salvaje Mississippi".
Sin embargo, Dubois incurre en los mismos errores que critica cuando evalúa la matanza de haitianos llevada a cabo en 1937 por instrucciones directas del dictador Trujillo. En discusión no están la vesania ni la perversidad implícitas en el genocidio que el escritor describe correctamente como uno de los mayores del siglo pasado en América Latina. Su queja de que hasta la fecha no ha habido "juicio oficial alguno o investigación de lo que pasó", y de que ese hecho "permanece como un espectro perturbador en ambos países, sin un reconocimiento o recuerdo permanente", es aceptable.
Una cosa debería ser, sin embargo, la ficción, como en los textos de los escritores haitianos Edwidge Danticat sobre esa tragedia (Cosecha de huesos), y Jacques Roumain (Los amos del rocío) sobre el drama del trabajador inmigrante, y otro el análisis de un historiador con credenciales académicas reconocidas.
Carecen de validez sus afirmaciones, sin fuentes confiables que las acrediten y a todas luces exageradas, de que tropas dominicanas y civiles detuvieron y mataron a "decenas de miles de haitianos a lo largo de la frontera", o que "miles de haitianos fueron decapitados con machetes en la plaza central" en Santiago. Si en las elecciones más concurridas que se celebraron en toda la historia de Haití hasta ese entonces votaron poco más de 300 mil personas a lo largo y anoche del territorio haitiano, ¿cómo pudieron ser asesinados en poquísimos días "decenas de miles" en un contorno estrecho de la geografía de la isla? ¿Quién ha certificado esa contabilidad macabra con la exactitud requerida por la historiografía o la sociología? La matanza es en sí suficientemente execrable como para inflarle guarismos. La hipérbole exacerba los ánimos y adiciona volatilidad a la controversia irresuelta. Por supuesto, recrea el mito contrabandeado como verdad en círculos académicos y medios de comunicación. El pasado como veneno letal del presente y futuro.
No había aún visitado este mundo cuando el "corte". Niño, decenas (verdaderas) de años después, escuchaba el relato de la abuela paterna de cómo su madre, mi bisabuela y eslabón familiar directo con el África de los colores encendidos, había escondido a un haitiano que fungía de hojalatero en la región y a quien obviamente la pronunciación de la palabra perejil le hubiese significado una sentencia de muerte. Es un hecho cierto, probablemente repetido por muchos otros dominicanos para quienes la solidaridad humana estaba por encima de la obediencia al tirano. Lamentablemente, ese tipo de narrativa no cabe en los textos ni sirve de argumento en el imperio de la mitología.
Castigo divino, remuneración justa al desvarío sexual, respuesta de lo alto a la desviación y perversión son algunas de las explicaciones que han poblado el imaginario popular en lo referente a la pandemia de sida.
Enfermedad de pobres, gais y adictos a las drogas de acuerdo a la sabiduría convencional, y material eficiente de infundios, ha sido responsable de innumerables muertes por partida doble: física y moral. Actas de defunciones convertidas en secreto de familia. Otro libro, también con olor a tinta y a baudios frescos, presenta la cara diferente de una historia luctuosa. Tinderbox: How the West Sparked the AIDS Epidemic and How the World Can Finally Overcome it, revela que el sida es consecuencia de la voracidad colonial.
La epidemia se inició con el siglo pasado en el sudeste de Camerún, en ese tiempo asolado por los colonialistas europeos en busca de marfil y caucho. Creig Timberg y Daniel Halperin relatan con lujo de detalles "la masiva intrusión de gente y tecnología nuevas en una tierra donde las costumbres antiguas aún prevalecían. Las potencias europeas se embarcaron en una carrera febril por riquezas y gloria y establecieron rutas a través de ríos cenagosos y tupidas selvas que anteriormente habían sido recorridos muy esporádicamente por los humanos".
En esa invasión de territorios vírgenes, un cazador abatió un chimpancé portador del virus y probablemente cuando lo descuartizaba sufrió el rasguño por donde se coló el agente destructor de tantas vidas, sobre todo en la misma África. "Los más perturbadores de estos intrusos fueron los miles de porteros africanos. Obligados a la servidumbre por las potencias coloniales europeas, abrieron trochas a través del área exacta que los investigadores han identificado como la cuna del sida. Fue aquí, en un momento único de transmisión de un chimpancé a un humano, que una cadena del virus llamado HIV-1 grupo M apareció por primera vez". En el siglo siguiente, dicen los coautores de ese libro apasionante, el 99 por ciento de todas las muertes por sida en el mundo se han debido a esa familia viral.
La colonización europea de África provocó grandes movimientos de personas y un rápido proceso de urbanización, elementos indispensables para que la dispersión del virus se convirtiese en la epidemia que ha alcanzado a decenas (verdaderas) de millones de personas. Sin esa prisa acelerada por la ambición, con velocidad de torbellino entre 1880 y el final de la Primera Guerra Mundial, dicen los escritores, no hubiese habido epidemia, y el virus permanecido o muerto en las profundidades de los bosques africanos. Verdad que es tal.
En portadaVer todos
Vladimir Guerrero Jr., el tercero que más partidos disputó en el último lustro de la MLB
Blake Lively asegura que otras dos actrices están dispuestas a testificar contra Baldoni
El aumento no será menor al 20 %, según el director del Comité Nacional de Salarios
Estados Unidos y Puerto Rico han deportado a 349 dominicanos desde la llegada de Trump