Mitt Romney: El troquelador
Las encuestas hechas después del primer debate entre los candidatos demócrata y republicano a la Casa Blanca para los próximos cuatro años, colocaron a Mitt Romney ventajosamente ante un auditorio de 67 millones de personas (la mayor cifra alcanzada desde el año 1992), a pesar de la comparación imprudente y desafortunada que hiciera el republicano respecto a lo que no haría con la economía estadounidense, si ganase, para evitar caer en la misma situación de España.
Romney, que venía complicado con la estructuración de su candidatura aprovechó este escenario, sin embargo, no solo para hacer una comparación nada afortunada, sino que salió, a pesar de ello, con mejor imagen en este primer Match con el inquilino de la Casa Blanca, Barack Obama.
Habrá que ponerse en los zapatos de su homólogo ideológico, presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, para tener una idea de la amargura que sintió el premier de España luego de esta infortunada referencia pública de Romney acerca de la economía española, cuyas autoridades, con Rajoy a la cabeza, trabajan denodadamente en pos de mejorar la imagen del país ibérico.
España no necesita esfuerzos adicionales para que venga uno de los candidatos a la Presidencia de los Estados Unidos a empujarle la daga en el centro del corazón a una moribunda imagen que patina en el fango de una crisis económica, cuyas soluciones los españoles no la tienen a la vista.
Con una economía estancada, y con cerca de 5 millones de personas sin empleos y sin un camino claro hacia dónde salir del atolladero, el gobierno español no puede estar agradecido que el potencial presidente del país más poderoso del planeta diga ante el mundo que "no quiero seguir el camino de España". ¡Uffff!
En esta economía moderna, donde la imagen-país juega un papel de primer orden para el posicionamiento en los mercados financieros mundiales, las autoridades españolas pudieron valorar como un acto impropio el que la infeliz comparación haya venido de su igual, ideológicamente hablando.
Con el fin de arrinconar al presidente Obama, Romney criticó que Estados Unidos dedique el 42 por ciento de los impuestos que recauda en gastos del Estado, aduciendo que algo similar hace el gobierno español. En ese contexto fue que el aspirante a la Casa Blanca por el Partido Republicano refirió que "no quiero seguir el camino de España".
Aunque no es la primera comparación que se hace a ese nivel, las anteriores no tienen el impacto que la hecha por Romney.
Los más pesimistas, entre los cuales hay miembros en el propio gobierno español, entienden que la economía no se recuperará tan fácil. El optimismo, en cambio, apuesta a que pasaran más de 20 años antes de que la situación mejore.
Aunque cuenta con empresas que son muy competitivas, España tiene un problema real de deuda soberana y falta de liquidez, al tiempo que casi toda la Eurozona se siente con las manos atadas.
En un contexto de crisis, la imagen tiene mucho que ver para que los mercados financieros puedan creer que España, o cualquier otra nación con apuros económicos, proyecte confianza y estabilidad ante los actores económicos foráneos. Aunque el turismo de España sigue fuerte, una imagen de deterioro como la acentuada por el candidato republicano no le hace bien a los intereses españoles.
El modelo español no es el peor de la Eurozona. Y no queremos justificar al pasado ni actual gobierno, pero otras naciones de Europa han manejado de forma más irresponsable las finanzas públicas; sin embargo, el candidato Romney no hizo mención a esos casos. Esa referencia viene a troquelar el sello distintivo de la crisis en la bandera de España. Y lo hizo un conservador estadounidense.
No fue por España que se engendró la crisis económica mundial, ni fueron los españoles quienes la decretaron en el año 2007. Su compañero de partido, George Bush, fue quien tras dos períodos presidenciales, no tuvo la visión para darse cuenta de lo que estaba corriendo por las venas de la economía estadounidense y mundial.
Mientras el señor Bush se divertía cual Quijote, con la guerra al terrorismo, el sector financiero de su país se desmadraba otorgando préstamos hipotecarios a todo el que extendiera la mano pidiendo, sin importar que no contara con la solvencia para tomar prestado, recursos que después engrosaban a las cuentas chinas de los vendedores de televisores plasmas.
Esa inadvertencia derivó en una burbuja financiera sin precedentes, pero Bush ni sus asesores fueron capaces de verla. Esa debacle de los principales centros de financiación de los Estados Unidos, devino en la actual crisis económica mundial, que por efecto de contagio afectó a las grandes economías mundiales, de la cual España es un ejemplo.
Ciertamente que hay factores internos, de carácter sistémico y estructurales en esta crisis, y que cada país tiene su cuota de responsabilidad en el estado de cosas de hoy, pero Bush no pudo liderar lo que debió contenerse, pues ya el economista de su país Nouriel Roubini se había anticipado a pronosticar el colapso del mercado inmobiliario y la recesión mundial, por lo que se ganó el mote de Casandra.
La imagen de España no puede ser vapuleada más, independientemente de las verdades sobre su descalabrada economía.
Mucho menos cuando la estocada proviene de un aspirante a la Presidencia de Estados Unidos, desde un escenario como el escogido. La comparación no pudo ser más infeliz e imprudente.
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