20171206 https://www.diariolibre.com

Aparte de la inquietud por su empleo en transacciones ilícitas, como lavado de dinero, negocios de drogas y armas, o extorsiones y secuestros, la preocupación de gobiernos y bancos centrales en cuanto al bitcoin, la moneda virtual, radica mayormente en que inversionistas incautos lo adquieran y pierdan su dinero cuando su precio se desplome.

Creado durante la crisis del 2008 como una alternativa a las vapuleadas monedas nacionales y para ahorrar cargos bancarios por operaciones, el bitcoin fue dejando de ser comprado para efectuar transacciones y se convirtió en un objeto valorado como reserva de poder adquisitivo.

El propósito de quienes lo están adquiriendo no es gastarlos en las tiendas que lo aceptan, sino beneficiarse de incrementos en su precio. Los motiva la ganancia de capital que esperan conseguir, no la función como instrumento de pago.

A medida que el valor del bitcoin fue aumentando, a las inquietudes de las autoridades se añadió otra. Ya no se trata solo del uso en la delincuencia o de los infelices inversionistas esquilmados, sino de la posibilidad de que el esperado colapso en su precio repercuta sobre el sistema financiero y la economía en general, dando origen a lo que suele conocerse como riesgo sistémico.

El efecto ocurriría esencialmente como resultado de la pérdida de riqueza que los propietarios de bitcoins sufrirían al caer el precio, medida por el volumen de sus tenencias y la amplitud en la que dicho precio descienda. Se afectaría el nivel de consumo e inversión, las expectativas acerca de las ganancias de compañías y el precio de acciones y otros activos, la tasa cambiaria entre divisas según su exposición, la solvencia de los deudores y los índices de cobro de los intermediarios financieros.

La decisión a tomar es compleja. Si el bitcoin sigue atrayendo inversionistas aumentará el peligro sistémico, pero un intento de proscribirlo puede provocar el colapso que se desea evitar.

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