20180605 https://www.diariolibre.com

Los países pobres que reciben ayuda de naciones y organismos extranjeros están expuestos a sufrir represalias por sus decisiones. Tal fue el caso de la República Dominicana cuando decidió romper las relaciones diplomáticas que desde hace décadas mantenía con Taiwán. Horas después de haberse anunciado la ruptura, el gobierno taiwanés dispuso la inmediata suspensión de sus programas de colaboración con nuestro país. Afortunadamente, la expectativa era de que estábamos sacrificando lo menos por lo más, pues se esbozaron las grandes ventajas comerciales y financieras que nuestra nueva relación con China iba a traer consigo. Se presume, por lo tanto, que fue una decisión de costos y beneficios que el gobierno dominicano calculó fríamente.

Otro caso similar ha sido el de Guatemala, no respecto de Taiwán cuyo reconocimiento mantiene, sino en relación con la ubicación de su embajada en Israel. Al poco tiempo de que los EE.UU. anunciaran el traslado de su embajada desde Tel Aviv a Jerusalén, el gobierno guatemalteco lo secundó, informando que la suya también sería reubicada. Su intención aparente fue ganar puntos con el gobierno estadounidense, apoyándole en un asunto controversial al que se oponían la gran mayoría de los países con embajadas en Israel, incluidos casi todos los europeos. Como represalia por esa decisión, la Liga Árabe anunció el pasado día 23 de mayo el fin de su cooperación con Guatemala por causa de esa “flagrante violación del consenso internacional sobre el estatus legal e histórico de la ciudad ocupada de Jerusalén”.

Casos como esos ponen de relieve la motivación interesada de esas ayudas. Las decisiones en cuestión fueron tomadas por gobiernos, no como resultado de referéndums populares. Y las carencias de las naciones que las ayudas mitigaban no han cambiado. La alegada amistad a esos pueblos, sin embargo, no parece que sea lo suficientemente intensa como para impedir las represalias.

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