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Gloria y esperanza

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Gloria y esperanza
Durante las Olimpiadas, Gran Bretaña encontró que podía sentirse orgullosa.

Bagehot. Las inesperadas Olimpiadas doradas podrían no cambiar a Gran Bretaña permanentemente. ¿Y qué?

Dos temas han predominado en la conversación británica este verano. El primero es el agua, de la cual, durante un tiempo, hubo demasiada y al mismo tiempo muy poca. Conjuntamente son suficientemente surrealistas para inspirar intercambios de incredulidad entre extraños, el país estaba afligido tanto por inundaciones y - ¿lo puede creer? - por una sequía inducida por la prohibición a los hogares de utilizar las mangueras. Esta paradoja unió a varios de los temas favoritos de la nación: los absurdos caprichos de la burocracia; un sentir de que Gran Bretaña se las ingenia para provocar cosas que en otros países no suceden; y la lluvia.

El otro tema principal han sido los juegos olímpicos. Muchos británicos esperaban que el evento combinara los mismos elementos: una torpe burocracia; humillación nacional; lluvia. Las expectativas se fortalecieron en la semana previa al inicio de los juegos, con una debacle en el personal de seguridad y la amenaza de largas filas para pasar los puntos de chequeo. Aun después de la peculiar pero muy elogiada ceremonia de inauguración, con el juego del cameo de la reina, la pesadumbre y el pesimismo continuaban, incrementado por la falta al inicio de éxitos para los atletas británicos. Los alemanes tienen Schadenfreude; los ingleses necesitan una palabra que signifique "deleitarse en el fracaso propio".

Entonces ocurrió algo curioso: Gran Bretaña empezó a ganar. No solo en los denominados "deportes de brazos caídos" en los que usualmente se destaca, y en los cuales, sin mencionar el ciclismo, el equipo tiende a tener aires de superioridad (solo en Gran Bretaña se escudriña tanto la clase y los antecedentes académicos de los medallistas); ni tampoco en el tipo de disciplinas poco conocidas en las cuales, durante dos semanas cada cuatro años, millones están ligeramente interesados. Los bretones ganaron el pentatlón y los 10,000 metros. Hasta Andy Murray ganó en tenis.

Y no fueron solo los deportes. Las Olimpiadas funcionaron. El emplear al ejército después del fiasco del personal de seguridad ha reforzado su reputación de ser un país muy competente, por lo menos cuando se trata de incidentes nacionales. El sistema de transporte se mantuvo. Sobre todo, tanto los nuevos lugares como los remodelados - tiro al arco en Lord´s Cricket Ground; el voleibol de playa en Horse Guards Parade - vindicaron la decisión de conceder los juegos a Londres. La ciudad se embelleció bien.

Ocurrieron cosas más raras. Aun en el mejor de los tiempos, los bretones tienden a no sentirse cómodos con el patriotismo, resultándoles difícil desenredar el nacionalismo de la xenofobia. Y este no es el mejor de los tiempos, con una economía de doble inmersión, bancos portándose mal y un gobierno de coalición rencorosa. El orgullo que el país asume tiende a ser en valiente derrota (el himno no oficial del equipo de fútbol inglés es el tema de "El Gran Escape"), una especie de estoicismo fatalista a riesgo de convertirse en autosuficiente. Durante las Olimpiadas, Gran Bretaña encontró que podía sentirse orgullosa. Después de una temprana preocupación de parecer demasiado partisano (otro tema poco probable de ocurrir, digamos, en los Estados Unidos) el país aumentó su volumen como una mesa de comensales cantando "feliz cumpleaños" en un restaurante repleto.

Como resultado, un lugar generalmente atomizado, en ocasiones díscolo, parece haberse aglutinado. Usualmente los londinenses son solidarios solo en el sufrimiento o los inconvenientes: en huelgas del metro, amenazas terroristas o el clima. Durante las Olimpiadas la gente conversaba sobre las perspectivas de lograr medallas y agradecían a los voluntarios y a los serviciales soldados. No era una unión coercitiva, como la ocurrida después de la muerte de la Princesa Diana, sino cálida, orgánica y generalizada.

Las Olimpiadas son mundiales y parroquiales al mismo tiempo. Los países del mundo llegan, cada uno con sus héroes (la judoca saudí, el remero de Nigeria) y especialísimos (nadadores húngaros, levantadores de pesas kazakos). Los televidentes se preguntaban como se dice "envión" en chino. Al mismo tiempo, la concentración es sobre el anfitrión, incluyendo el enfoque del anfitrión mismo. Gran Bretaña se observaba a sí misma, y le gustó lo que veía.

¿Perdurará algo de ello? Jessica Ennis, la victoriosa ganadora del pentatlón, y Mo Farah, el campeón de larga distancia y musulmán quien llegó de Somalia cuando era un niño (que rezó en la pista cuando ganó los 10,000 metros) podrían tener alguna influencia terapéutica en las actitudes hacia la raza y la inmigración. Especialmente Farah, podría pulir la imagen de los somalíes británicos, el grupo de inmigrantes del país más pobre y marginalizado. Tan relativamente poco digno como es, el fútbol ofrece esperanzas: los queridos futbolistas de color probablemente han hecho más para mejorar las relaciones interraciales que muchos decretos y activistas. Pero esta clase de cambio es gradual. Sería sorprendente si la inmigración no sigue siendo una preocupación grave en la campaña de las próximas elecciones generales.

Una vez en la vida

Otros efectos secundarios serán igualmente difíciles de precisar. Es poco probable que David Cameron y su gobierno de coalición repunten. Si la economía en general obtiene rendimiento de los £9 mil millones ($14 mil millones) gastados en los juegos, es probable que solo sea en la usualmente forma inverificable de un mejoramiento de imagen. La regeneración de Londres del Este podría trastabillar; el elegante velódromo pronto podría convertirse en forraje para alusiones a los perezosos "tebeos". En cuanto a los efectos psíquicos más amplios que algunos comentaristas excitables anticipan - una oleada de compromiso comunitario; una transfusión mundial a la industria británica; el entendimiento entre la juventud de que el éxito proviene del trabajo duro y no de programas de televisión - créelo cuando, y si lo ves.

Y, como las personas regresan tímidamente a su trabajo después de una bulliciosa fiesta en la oficina, quizás la mayoría de los bretones evitará las recompensas del orgullo para los placeres más seguros de la auto desaprobación y se abstendrán de hablar con extraños, excepto acerca de la lluvia. Pero ¿y qué? Los debates acerca de la legitimidad de los juegos pueden parecer inútiles - parecido a los argumentos sobre si esta vida sublunar tiene sentido si no hay otra después de esta. La longevidad no es la única medida de valor: Usain Bolt ganó los 100 metros en menos de diez segundos, pero esos segundos fueron muy excitantes. La vida de un país, al igual que de una persona, se hace de momentos, y los dorados pueden ser atesorados aun cuando no cambien nada.

© 2012 The Economist Newspaper Limited. All rights reserved.

De The Economist, traducido por Diario Libre y publicado bajo licencia. El artículo original en inglés puede ser encontrado en www.economist.com