El genovés Cristóbal Colón. Un hombre entre dos mundos

  • Extracto del escrito de Gabriela Airaldi, profesora de historia de la Edad Media en la Universidad de Génova, para el libro “El Legado Italiano en República Dominicana. Historia, Arquitectura, Economía y Sociedad”
$!El genovés Cristóbal Colón. Un hombre entre dos mundos
Estatua de Cristóbal Colón en el Parque Colon, frente a la Catedral Primada de América en la ciudad de Santo Domingo.

En las culturas de todos los lugares y de todas las épocas, el navegante que emprende rutas desconocidas para explorar el mundo, el “inventor” de nuevas tierras, adquiere una doble fisonomía en la memoria colectiva: la histórica y mortal y la heroica y mítica. El hombre, sin el cual el “descubrimiento” no existiría, se convierte así no sólo en la memoria racional y documental, sino también en la conciencia y la memoria colectiva; en la cual, mucho más que el hecho histórico, prevalece la eternidad del mito, el rito, el gesto fundacional y, al mismo tiempo, la memoria del hombre-héroe que lo realizó.

Entre estos mitos, que la sociedad de todos los tiempos remite constantemente a sus vivencias, necesidades, deseos, encuentros y enfrentamientos, está la figura del almirante genovés quien, como un nuevo caballero de la fortuna, seguirá siempre a parecer el hombre de los desafíos imposibles. Pero el mito no surge de inmediato. De hecho, el gesto realizado se superpone inmediatamente a la figura del hombre, la redimensiona y casi la borra, haciendo que su imagen sea casi impalpable. Hasta que el Nuevo Mundo, desprendiéndose del Viejo, decida proponerla nuevamente.

La suya es una historia sencilla, que comienza en Génova en 1451 y termina en Valladolid en 1506, pero es una historia aventurera como la de los genoveses de todos los tiempos. Revela poca familiaridad con la historia genovesa quien niega que, en aquel momento y en aquella sociedad, el hijo de un lanero podía navegar los mares, convertirse en almirante y casarse con una aristócrata portuguesa.

Un itinerario en contracorriente, pero posible para un emigrante que venía de una ciudad que tenía el más amplio calibre internacional de la época, que lo educó en una forma particular de régimen republicano y que guiara su actuación a lo largo de su vida.

“Un pobre extranjero”

Colón, a quien en todo caso en los momentos críticos le gusta definirse como “un pobre extranjero”, nació y se crió en una ciudad que, constantemente guiada por grandes clanes de trascendencia mundial que controlaban sus elecciones políticas y económicas dentro y fuera de las murallas, rechazó y luchó en todo momento las monocracias.

La expansión genovesa y ligur, que en la Edad Media fue la más amplia de Oriente y Occidente, utilizó un modelo flexible que no incluía asentamientos directos, sino sutiles formas de aculturación que favorecían la primacía del mercado, el dinero y la inversión sobre la rigidez socioeconómicas de las culturas terratenientes, eficaz testimonio de una globalización que comenzó desde lejos.

Colón llevó consigo las características de la ciudad-Estado de origen, que inventó y utilizó sus instrumentos jurídicos, institucionales y sociales adaptándolos a sistemas diferentes, en una sustancial libertad de acción individual y que respondía a la “neutralidad” política, propia de los genoveses en todo tiempo, dispuestos a avanzar más allá de cualquier valla ideológica y cualquier pacto oficial.

Esta expansión favoreció un constante proceso migratorio ligado al variar y al ampliarse de presencias que iban desde el Mar Negro a la Península Ibérica, desde Flandes a China hasta América. Los miembros de la élite genovesa, eje de una expansión que involucraba a muchos migrantes, jugaba un rol fundamental dentro y fuera de las murallas.

Solo así se entienden la historia de Colón, sus vicisitudes juveniles, las experiencias portuguesas y castellanas llevadas a cabo a la sombra de los grandes lobbies empresariales presentes durante siglos en esas y otras cortes europeas y no europeas. Como escribió Fernand Braudel, “encontrando genoveses en todas partes, los reconoces siempre por su diversidad”.

“Vista parcial de la Isla Saona, la famosa “Bella Saonese” de Colón, toma su nombre de la ciudad de Savona, donde nació el hombre de negocios Michele de Cuneo, un muy querido amigo de Cristóbal Colón quien durante su segundo viaje (1493-1496) decidió donarle la isla”.
“Vista parcial de la Isla Saona, la famosa “Bella Saonese” de Colón, toma su nombre de la ciudad de Savona, donde nació el hombre de negocios Michele de Cuneo, un muy querido amigo de Cristóbal Colón quien durante su segundo viaje (1493-1496) decidió donarle la isla”. ( )

Colón el héroe o Colón el asesino; Colón, hijo no de un lanero, sino heredero de un linaje de almirantes y corsarios; Colón místico o incluso templario; Colón no genovés, sino catalán, portugués o de quién sabe qué origen. Pero a pesar de tanta polémica, la atracción fatal por el personaje una vez más declina la valencia mítica que ha acompañado siempre a la historia del hombre.

El fundador del Nuevo Mundo

Un hecho es cierto: desde 1492 existe un nuevo Occidente. Inmediatamente después de aquel viaje, de hecho, el mundo se abre ante las potencias europeas, que, si bien desvanecen en la construcción de sus mitografías este importante vínculo entre el mundo mediterráneo y el posterior ascenso continental, nunca podrán negar la contribución del hombre que vino de la “más atlántica” de las ciudades italianas y el acto con el que “fundó” un Nuevo Mundo a ambos lados del Atlántico.

No es casualidad que, en 1688, Christopher Keller, profesor de la Universidad de Halle, quien en la primera edición de su Historia Universalis de 1685 introdujo la tripartición entre la Edad Antigua, la Edad Media y la Edad Moderna, estableció finalmente que la Edad Media terminó en el momento en que se produjeron algunos hechos fundamentales: la caída de Constantinopla, la invención de la imprenta, la Reforma protestante y, de hecho, el “descubrimiento” de América.

20210427 https://www.diariolibre.com

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