Vida por vivir

Increíble a lo que uno llega: el disfrute de lo que aparenta ser un derecho, se convierte en un privilegio, pero no vamos a discutir por eso
$!Vida por vivir

El escrito pasado sobre el nido casi vacío generó multitud de comentarios, muchos de ellos dándome ánimos y consejos sobre cómo enfrentar esta nueva etapa de mi vida. Me he sentido acompañada, valorada y muy querida. Muchas gracias.

Para tranquilidad de todos, ¡pretendo vivirla! Dediqué más de dos décadas de mi vida a una crianza uniparental con muchas satisfacciones e infinidad de retos. Mis dos hijas tuvieron el privilegio de aguantarme en cientos de viajes al colegio, a las clases de baile, modelaje, inglés, francés y en docenas de juntaderas. En todos estos años ellas representaron la prioridad de mi tiempo, de las alegrías, de las tristezas, de los afanes y de la inversión. No me arrepiento ni un segundo.

No es que he terminado con ellas... tengo absolutamente claro que esto de la maternidad no termina nunca, pero he descubierto que ahora tengo algo más de tiempo para mí. Y lo mejor de todo es que, por primera vez en años, yo soy la dueña del horario.

Increíble a lo que uno llega: el disfrute de lo que aparenta ser un derecho, se convierte en un privilegio, pero no vamos a discutir por eso. Aquí lo que importa es que, por el momento, no tengo que buscar a nadie de madrugada, ni salir disimulando la pijama con una blusa ancha para comprar una cartulina verde claro...

No les niego que en estos días de nido vacío he tenido mis momentos raros, sobre todo cuando abro las habitaciones y solo me responde el silencio, o cuando en la nevera sobra de todo y confirmas que los envases están tapados. Gedeón, nuestro hijo canino, se ha dado cuenta del movimiento y de la falta de sus hermanas y, entendiendo su necesidad de asegurar que yo no vaya a desa-parecer con una maleta a rastras, me persigue hasta en el baño y quiere que le comparta el café. No niego que nuestras conversaciones ahora son más profundas y que se está aprovechando de nuestros minutos de acurruque irrespetando cualquier noción de espacio personal.

Ahora que tengo mucho más tiempo para mí, quisiera invertirlo en nuevos proyectos personales, en finalizar el libro que comencé a escribir hace unos años, en intentar mantenerme en forma y en dedicarle más espacio a las actividades que llenan mi corazón y alegran el espíritu, en ir al teatro y pasar tiempo de calidad con amigos queridos. ¡Quién sabe si vuelva a las aulas con renovado ímpetu!

Cada día valoro más la sabiduría infinita de Dios. Me dio las hijas en la juventud para tener la fuerza de levantarlas, me fue dando paciencia a cuenta gotas para que cuando llegaran a la adolescencia no las matara y, en el transcurso de esos años, me fue dotando del conocimiento para entender que su tiempo conmigo era limitado, que mi papel pasaría a ser secundario y que tenía que prepararme física, mental y espiritualmente para cuando en la casa se escuchara el eco de mis pensamientos...sin sentirme sola.

Gracias a ese aprendizaje que tomó años y muchos desaciertos, me levanto cada día con la expectativa de las cosas nuevas. Como quien recibe un regalo cada amanecer y no puede esperar a destaparlo.

Intento recordar que llegar a este punto con relativa juventud y renovadas fuerzas es un privilegio, y que la vida, con su inevitable vaivén, con gente que entra y sale, con etapas y dificultades, es un don maravilloso que merece vivirse a plenitud y sin complejos.

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