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Buena vida

Un tesoro arquitectónico en la Ciudad Colonial

Esta casa del siglo XVI se suma al conjunto de joyas históricas y arquitectónicas de la Zona.

Esta construcción del siglo XVI se suma al conjunto de tesoros históricos y arquitectónicos que entraña la Zona Colonial, declarada como “Patrimonio Cultural de la Humanidad” por la UNESCO. 

Donde todo empezó...

Inmersa en la Zona Colonial, donde comenzó la historia del Nuevo Mundo, se yergue esta construcción centenaria que hoy pertenece a un par de franceses. Paseando por las angostas y vetustas, pero bien conservadas calles de la Zona, descubrieron esta edificación con más de cuatro siglos en su haber y, de inmediato, se sintieron “como en casa”. El hallazgo de la propiedad por parte del dúo no fue casual, porque, definitivamente, el destino tuvo algo que ver...

Provenientes de un castillo al sur de Francia, ellos sabían que sus pertenencias y existencias solo podrían morar en un lugar como este. Así, hace ya cinco años que habitan la residencia colonial que ocupa 600 metros de construcción de una concurrida esquina, en la zona más antigua de la Ciudad Primada de América.

Al traspasar el portón principal, un vestíbulo “teñido de rojo” aguarda al visitante para ambientarlo, previo a su ingreso al recinto. Antes de unirse a la travesía, que permite conocer esta magnífica infraestructura de dos niveles, se aprecian en esta antecámara algunas pinturas de uno de los propietarios, inspiradas en su tierra natal.

Ya en la entrañas del monumento, un paradisíaco patio español se constituye en el eje central de acceso al resto de los espacios compuestos por grandes salas y terrazas, un comedor, la cocina, dos cuartos de estudio -que fungen como oficinas- y tres habitaciones.

Un pequeño jardín hace las delicias de sus anfitriones, a quienes les faltan palabras a la hora de mencionar las bondades de un árbol de mango encontrado por ellos al mudarse en la propiedad, el cual se ramifica con rapidez y extiende sus ramas por todo el patio. A esta planta le acompaña un exuberante vivero que los dos cultivan con esmero para incrementar la belleza, el frescor y la sombra que caracterizan al lugar.

“Teníamos un castillo en el sur de Francia y una residencia en Córcega, pero al ver el patio de esta casa nos identificamos con ella de inmediato. Además, la infraestructura combina a la perfección con los muebles que trajimos desde Francia”, comenta uno de los anfitriones.

“Lo más interesante de esta casa es que aun conserva la esencia de su construcción”, según expresan con orgullo estos galos; esta particularidad es respetada al combinar armónicamente el mobiliario y las piezas que transportaron desde su terruño. La amplitud de las estancias sociales les vino “como anillo al dedo” para ubicar los muebles y ornamentos que, en su mayoría, heredaron de sus ancestros y se remontan hasta 300 años atrás.

Recámaras del tiempo

En el umbral de la sala principal se encuentra la terraza, una de las áreas más frescas de la casa; considerada, por igual, como el espacio preferido de sus dueños, y por qué no, del trío de perros y el dueto de gatos que también forman parte de la familia.

Al pasar al salón principal se percibe un verdadero recinto patrimonial y familiar. Pinturas del siglo XIX, autoría de renombrados pintores corsos, y esculturas inglesas y del oeste francés se apoderan de las paredes y rincones de la amplia estancia que reposa entre muros añejos, puertas arqueadas y vigas de madera quemada.

La próxima estancia, el comedor, exhibe un mueble francés estilo provenzal del siglo XVIII. Esta área y la cocina, que antiguamente hacía las veces de establo, son estancias “sagradas” para estos franceses “consagrados a la gastronomía” por antonomasia.

Al final del recorrido, es obvio que en los diversos espacios de este refugio histórico ni la algarabía, ni el bullicio exterior encuentran espacio para filtrarse entre los ladrillos de este santuario del tiempo donde reinan inmemorialmente la quietud y el silencio.