Sin complejos

El trauma del regreso a clases

Por|| 12 AGO 2017, 12:00 AM
El trauma del regreso a clases

Sudoración nocturna, ansiedad general, dolor de pecho, mandíbula descompuesta... son síntomas que fácilmente pueden confundirse con un cuadro cardíaco, pero no. Para este tiempo, en este país, todo padre / madre responsable sabe que es la sintomatología habitual frente a la lista de libros y útiles escolares.

Algo que debe ser sencillo y feliz, porque el niño está avanzando y aprendiendo, se convierte en un trauma para la economía familiar y un tema habitual de conversaciones de duerme vela y pesadillas recurrentes.

Y es algo que si no se coge a chiste, te mata. Un par de meses antes hubo que buscar lo de la reinscripción que fácilmente equivale a dos o tres salarios mínimos, al mismo tiempo que tuvimos que blindar la nevera porque los muchachos se quedaron en la casa de vacaciones comiendo las 24 horas al día.

La situación pasa del drama a la tragedia y nadie da la cara: cambian los libros todos los años, pero se repiten los errores de origen, lo que significa que no hubo ninguna revisión en la “edición revisada”. En mi época, que no hace mucho, los hermanos mayores teníamos la obligación de cuidar los textos porque se reusaban por generaciones.

Teníamos el Atlas de la familia, la aritmética y el álgebra de Baldor y varias ediciones de libros de lectura recomendada que es una pena que hayan pasado de moda: Platero y Yo, Cosas Añejas, Enriquillo, Mujercitas, El Principito, Over, El Viejo y el Mar, Crónica de una Muerte Anunciada, El Quijote, Fuenteovejuna, la Hojarasca, La Mañosa, por mencionar los más emblemáticos. Eran uno o dos por año, pero de lectura y estudio obligatorio.

Cuando mis hijas estaban en primaria le asignaron a cada una 12 libros de cuentos por año durante 6 años. Al finalizar el 6to. grado de primaria de la más pequeña, tenía una biblioteca de 144 libros de cuentos de una conocida casa editorial que, como sacados de un algoritmo matemático, no se repitió ninguno, a pesar de que estaban en el mismo colegio. Pero si lo anterior impresiona, resulta que tampoco se leyó ninguno en la clase. Por suerte, yo no boto libros y encontraron uso seguro en vacaciones.

Pero hay otras consideraciones. Para transportar 12 libros de texto (algunos con libro de trabajo aparte), 15 mascotas y 5 libras de útiles escolares (si tiene resmas de papel o papel de construcción, por favor sume 5 libras más) se necesitan dos adultos y un montacargas. Si de casualidad se le ocurre ponerlas en la mochila del niño pasarán dos cosas: se desfonda el mismo día que la estrena y tiene que salir a buscar un ortopeda especialista en columna vertebral porque los huesos del muchacho no pueden con eso.

Algunos colegios, sin que ninguna autoridad les diga nada, se han dedicado a vender los uniformes “a precio de mercado”, sumando piezas a la colección, todo con monograma o bordado de la institución y de uso obligatorio. Cuando vienes a ver hasta las medias van a llevar el logo del colegio.

Lo que he aprendido de estos años pagando colegios y sobreviviendo a duras penas la temporada escolar, es que de nada vale inscribirlos en centros carísimos si usted no invierte en la educación moral y cívica de sus vástagos desde la casa. Si nos les enseña a respetar a sus mayores, a los vecinos y a sus maestros y a defender a su Patria con cada una de sus actuaciones; si no les explica con el ejemplo la virtud del trabajo honrado, de la mano que se extiende al necesitado y el agradecimiento genuino; si sus hijos no aprenden eso, por más bonito y trilingüe que le salga el título, usted ha tirado buena parte de su inversión a la basura.

Ilustración: Ramón L. Sandoval

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