Mi primer día de clases

Por|| 11 AGO 2018, 12:00 AM
Mi primer día de clases

Beatriz, mi hada madrina, editora, correctora, primera lectora y manipuladora creativa, me pidió que escribiera un artículo sobre mi primer día en la escuela. Su petición me hizo ver, cuando miré al pasado, que fui un niño privilegiado, tuve muchos primeros días y cuando hice mi reflexión interna para recordarlos fue que me percaté de las tantas escuelas a las cuales tuve la oportunidad de asistir.

Del Instituto Escuela, situado en Gazcue, recuerdo que la maestra siempre me tocaba mis bucles (aunque no lo crean tuve bucles en algún momento de mi vida), me llevaba dormido en la guagua y era un consentido. Hablaba mucho (costumbre que no he perdido) y ella lo encontraba todo extraordinario. En ese primer nido recibí tanto amor que lo convertí en mi escudo existencial para enfrentar los retos de mi vida. Eso no lo supe hasta mucho después. Mi segunda escuela fue una escuela pública en Nueva York. Mi abuela decidió llevarme dos o tres años a esa ciudad y me pusieron en la escuela que quedaba cerca del apartamento donde estábamos. Fue mi primer encuentro con el inglés, un idioma que no era el mío y que acabaría domesticando con el tiempo aunque con dificultad para escribirlo. Hablar inglés era como masticar chicle y entonces fue todo más fácil. Durante esos años aprendí las dos cosas.

Luego, con apenas 8 años, regresaría al país y llegaría al recién inaugurado colegio De La Salle.

El primer día llegué vestido de Hopalong Cassidy, mi ídolo en ese entonces. Venía influenciado por la cultura de cowboys norteamericanos y Hopalong, a quien veía en una serie de TV, era mi ídolo. Me habían regalado una canana con dos pistolas, una a cada lado, y un traje negro con sus botas y sombrero del mismo color, disfraz que apenas me quitaba para bañarme, me lo lavaban y volvía a ponérmelo. Desde que llegué al colegio entendí que mi vida de vaquero había llegado a su fin; un opulento hermano director me malmiró y, sin darme cuenta, mi vocación de defensor de la justicia y protector de ladrones y asesinos había terminado. Ese día supe que mi condena serían doce años interminables de matemáticas, religión, lenguaje, biología, álgebra, etc. Los sueños de infancia comenzaban a desvanecerse y aprendería entonces, pues me darían las armas necesarias, a construir nuevos sueños y armar posibles utopías.

En un momento dado mi papá, que era muy creativo y quería que yo terminara rápido y me hiciera abogado, decidió que saliera del colegio en que estaba y fuera donde una profesora que le había prometido que podía prepararme para hacer dos cursos en un año y así ubicarme con mis amigos de infancia que, por mi confusión de idiomas inglés-español, se me habían adelantado.

Salí pues obediente a una escuela privada de la profesora Leda Fiallo (creo que ese era el nombre, Dios me perdone por mi olvido) e hice 5to y 6to juntos. Aún no sé cómo pasé todos los exámenes.

Regresé al colegio en el séptimo grado y ya creo que me convertí en un adolescente normal que iba acorde con sus años y cursos.

Mi experiencia en la escuela fue tan buena que acabé a los 17 años siendo maestro en mi mismo colegio y confieso que estar junto a ese grupo de niños ha sido uno de los más bellos regalos que me ha dado la vida. Aún hoy, 57 años después, los sigo queriendo como el primer día.

Me divierte y me emocionan cuando me los encuentro en la calle o lugares sociales llamándome profesor. De ancianos a anciano, esto es un privilegio.

Ya todos mis alumnos pasan de los sesenta y algunos casi me alcanzan. Viva Dios

Ilustración: Ramón L. Sandoval.

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