(Foto: Fuente externa)
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Héctor Báez: “La felicidad no es rentable, al igual que la verdad”

Por|| 14 ABR 2018, 12:00 AM

La versatilidad es una cualidad que posee don Héctor. Detrás de este fotógrafo tantas veces homenajeado, que cumple 50 años de labor fotográfica, hay un egresado de ingeniería civil, un ex cazador con escopeta, o un buzo, que no se escapa el estudio de la felicidad.

¿Cómo se llega al medio siglo en una labor como esta, y más con un inicio tan joven?

Mis primeros archivos fotográficos de clientes tienen fecha de 1968, cuando yo tenía entre 13 y 14 años de edad. Retratar una boda es una labor que me fascina, y me divierte. No resulta difícil, sino más bien laboriosa. Una boda religiosa toma de 10 a 16 horas de trabajo continuo de captura de imágenes y luego de 80 a 150 horas de post-producción, entre selección, procesado digital, retocado, diseño y diagramación digital de los álbumes de boda, revisión final y entrega.

¿Y cómo la disfrutas concretamente?

Claro, para llegar a disfrutarla primero hay que dominar el proceso sistemático de grabar fotográficamente todos los detalles importantes. Hay que saber fluir a través del evento retratando cada cosa en su mejor momento. Saber que es una fiesta donde los novios disfrutan con sus seres queridos y no una sesión de fotografía. Hay que improvisar creativamente para solucionar eficazmente problemas que se presentan a la novia, al novio, o a cualquiera de los familiares claves, y hasta a uno mismo. Para poder ser exitoso en la fotografía de bodas se requiere un cableado neuronal que se excite con alegría y alto desempeño, en presencia de la adrenalina que el cuerpo segrega, producto de enfrentar la presión de una cuenta regresiva y limitada de tiempo en frente de grandes audiencias.

¿En tu carrera has tenido algún tropiezo que hoy sea una columna?

Se aprende haciendo y entrenando en el exterior con maestros que preceden a uno. Las experiencias vividas son el mejor de los maestros. Los primeros tropiezos los aprendí rápido: el profesional siempre debe andar con equipos claves redundantes, pues van a fallar algún día y no se sabe cuándo. Por tanto es vital llevar una segunda cámara, lente y luminarias, por si algo falla. En 1972 aprendí que lo barato sale caro y malo: un grupo de amigos del colegio me pidieron la cotización más barata posible para unos retratos personales individuales, y yo, sin experiencia, seguí al pie de la letra el requerimiento; logré cotizar a RD$5 cada retrato, el precio más bajito de todos, pues el estudio que más barato cobraba era a $25. Como es de suponer todos estaban felices con el precio, sin embargo, trabajar con el laboratorio más barato resultó ser un fracaso. Los colores salieron alterados y dijeron que a ese precio no repetían fotos con colores irreales. Ahí aprendí que, en cuestión de imágenes, la calidad siempre estará mejor valorada que el precio por los clientes. Hice un juramento conmigo mismo de que, a partir de ese momento, sólo trabajaría con los mejores materiales comprobados y los mejores laboratorios, y que los pague el que pueda.

¿Cuál es la principal fortaleza que requiere un buen fotógrafo?

Captar la expresión espontánea más favorable de una persona instantáneamente antes de que se desgaste. La segunda es saber iluminar óptimamente.

Has vivido toda una evolución en cuanto imagen y celebración, ¿qué moraleja dejas hoy?

Lo más importante es recordar que uno es el cronista visual del evento para preservarlo y que lo puedan disfrutar las nuevas generaciones que aún no han nacido. El desafío es captar todos los detalles posibles de esa celebración. Que quien está viendo el álbum sienta que está viviendo el momento.


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