|Francia|
| 05 DIC 2017, 12:00 AM
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Reportaje

El vagabundeo de los migrantes en el oeste de Francia inquieta y moviliza


Foto de archivo del 3 de agosto de 2015 en que la policía francesa escoltan migrantes eritreos que estaban caminando en una calle a las afueras de Calais.
Foto de archivo del 3 de agosto de 2015 en que la policía francesa escoltan migrantes eritreos que estaban caminando en una calle a las afueras de Calais.
20171205 https://www.diariolibre.com

OUISTREHAM. Un año después del desmantelamiento de un inmenso campamento insalubre en Calais, en el norte de Francia, entre 80 y 100 africanos viven en el frío húmedo del puerto de Ouistreham, ayudados por los habitantes y pese a la intervención sistemática de las autoridades para dispersar cualquier acampada.

“Es el infierno. La última noche no podíamos dormir en el bosque: llovió todo el tiempo. Pero cada vez que intentábamos dormir en la ciudad, los gendarmes nos decían de irnos. Hacen lo que se les ordena. Pero esa noche no dormimos”, cuenta Badr, un sudanés de 25 años que explicó que intenta todos los días abordar un ferry hacia Reino Unido.

Detrás suyo, unos quince voluntarios de esta ciudad de 9.000 habitantes distribuyen alimentos y atención médica.

Son entre 80 y 100 africanos, sudaneses en su mayoría, que vagabundean en las calles del segundo puerto de Francia en número de pasajeros con destino o provenientes de las costas británicas.

Tres ferris parten todos los días hacia Portsmouth. En Calais hay 40 ferris diarios.

Hace un año apenas se podía ver a los migrantes en esta pequeña localidad turística de Normandía. Pero el inmenso campamento insalubre erigido en Calais fue desmantelado y los migrantes fueron enviados a diferentes centros de acogida del país.

Las noches que no llueve, o a veces durante el día, los jóvenes migrantes hallan refugio en un bosque situado en la entrada de Ouistreham. El jueves por la tarde son cuatro los que intentan calentarse alrededor de un fuego, bajo la lluvia intermitente y helada.

“Hace mucho frío, la vida es muy dura aquí. Los ciudadanos franceses son buenos con nosotros pero no las autoridades”, afirma uno, Ahmad, un joven sudanés.

Un quinto duerme un poco más lejos, debajo de una frazada y una lona.

Cuando los servicios municipales y dos gendarmes llegan, los migrantes se alejan. El camión se va luego repleto de mantas y bolsas de dormir.

Objetos que almacena en un sótano el grupo de ayuda a los migrantes de Ouistreham (CAMO).

‘No crear un efecto llamada’

Los migrantes “en su mayoría no plantean ninguna dificultad, en términos de agresividad (...), pero no es posible que se instalen de forma duradera en un solo lugar (...) para no crear un efecto llamada”, justifica el alcalde, Romain Bail, que prohibió el ingreso a un terreno que está siendo talado para “evitar que se instale un campamento”.

Según el alcalde, en noviembre los efectivos de las fuerzas de seguridad aumentaron a 100 miembros.

“Les roban sus bolsas de dormir, sus teléfonos. Es hostigamiento. Esos hombres atravesaron lo peor, vieron cuerpos flotar en el Mediterráneo pero no es una razón. Es dramático”, dice Michel Martinez, uno de los fundadores de CAMO.

CAMO acusa incluso a algunos gendarmes de uso indebido de sus armas, como el gas lacrimógeno, pero las autoridades aseguran que las fuerzas de seguridad intervienen conforme al respeto de la ley y recuerda los riesgos que toman los migrantes al intentar abordar clandestinamente los ferris.

Mientras “son los ciudadanos los que se las arreglan para que los migrantes no mueran de frío o de hambre en los bosques”, lamenta Martinez, que precisa que varias asociaciones planear pedir al Estado que instale aseos, como en Calais.

Algunos habitantes de Ouistreham tienen reacciones hostiles pero “todos los días entre 15 y 20 coches se frenan delante de casa para dar a los migrantes” alimentos o ropa, dice el alcalde que vive cerca de una zona en donde a veces se juntan los migrantes.

Sandrine Simon, pescadora instalada cerca de la terminal de ferris se las arregla como puede para dar algo. “Buscan agua, para lavarse y electricidad para cargar sus celulares”, cuenta.

por Chloé COUPEAU

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