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LATINOAMÉRICA
| 02 DIC 2016, 1:58 PM

Cuba, turismo y luto


 Un grupo de personas llevan un cuadro con la imagen de Fidel Catro hoy, viernes 2 de diciembre de 2016, mientras esperan la llegada de la caravana que traslada las cenizas del fallecido líder de la revolución cubana Fidel Castro, en Holguín, a 800km de La Habana.
Un grupo de personas llevan un cuadro con la imagen de Fidel Catro hoy, viernes 2 de diciembre de 2016, mientras esperan la llegada de la caravana que traslada las cenizas del fallecido líder de la revolución cubana Fidel Castro, en Holguín, a 800km de La Habana.
20161202 http://www.diariolibre.com

LA HABANA. Salvo la mudez de la música, en la Vieja Habana el duelo por Fidel Castro es disparejo. A mediodía de un jueves que alterna un sol esplendoroso y chubascos, cientos de turistas recorren las calles cámara en ristre. Son personas de edad en su gran mayoría. Hombres ventrudos y rostro enrojecido. Mujeres varicosas con el pelo en todas las gamas del rojo, del rubio, del castaño. Pantalones cortos. Piernas palidísimas. Andares cansinos. Alrededor de la Plaza de Armas, donde comienza la famosa calle Obispo, se puede beber el alcohol desterrado del alcance del público hasta el domingo 4 de diciembre, cuando el Comandante en Jefe descansará para siempre muy cerca de José Martí, en el cementerio de Santiago.

Habiendo venido de otras calles y otros barrios, donde fue imposible saciar la sed de una cerveza --siempre la misma respuesta con caras jóvenes pero adustas: durante el duelo no puede consumirse alcohol-- ver sentados a las mesas de los restaurantes que circundan la plaza a satisfechos bebedores, es como haber encontrado Eldorado. “A nosotros nos está permitido”, responde una bella camarera, de ojos verdes y pelo rubísimo, con una sonrisa que no deja lugar para la duda sobre la legitimidad de la venta.

En El Floridita no. Tampoco en La Bodeguita del Medio. El primero de estos icónicos bares habaneros tiene las puertas cerradas a cal y canto. En el segundo parecen aprovechar para la limpieza. Sobre el mostrador se alinean decenas de vasos vacíos. Un hosco empleado grita que no está permitido tomar fotos. Algunos de quienes se habían apresurado a guardar un recuerdo digital del lugar, pese a su penumbra, lo miran con ojos de asombro. Habrá que esperar hasta el lunes, cuando la ciudad retome su dinámica, para sentarse en su barra y pedir un mojito, esa marca-ciudad más que trago.

Cada cierto tiempo, un disparo de salva retumba en la Plaza de Armas y hace levantar el vuelo a las palomas.

En el atardecer del miércoles, en el Malecón incontables parejas se hacían arrumacos. Algunas familias paseaban con la prole y decenas de pescadores lanzaban al mar el hilo de sus varas para pescar quién sabe qué. Algunos, los más osados, se aventuraban a intentar la pesca sobre los propios arrecifes. Por la amplia avenida, los coloridos descapotables con más de seis décadas en las impecables carrocerías, trasladan a felices turistas que no dejan ni por un minuto de tomar fotografías. En ocasiones se oye el eco de sus risas.

Cuba, turismo y luto
Conductores esperan la llegada de turistas en sus convertibles antiguos en la Plaza de la Revolución de La Habana, Cuba,

“Se esperaba que pasara algo, pero hasta ahora no ha sido así, aunque hay rumores de que en Centro Habana ha habido pequeñas manifestaciones, aunque uno nunca sabe”, dice el chofer de un destartalado vehículo en que por mucho menor precio que los taxis oficiales, cómodos, modernos, el turista puede trasladarse a considerables distancias. “Incluso las ‘damas de blanco’ parece que se lo pensaron”, agrega. Locuaz, aventura que esta ausencia de reacción de los “contrarrevolucionarios” podría deberse a que “hay mucha gente de seguridad en la calle”.

Si los cuerpos de seguridad del régimen han reforzado su presencia en las calles habaneras, no es cosa de la que un extranjero pueda percatarse. Solo una conversación escuchada de manera fortuita libra del entredicho al taxista. En la Plaza Francisco de Asís, de una gran belleza, un policía dice a alguien, a través de su radio, “no, no, esos son periodistas de CNN, pero ya están recogiendo y se van”. Entonces, quizá sea cierto y un ojo panóptico vigila la ciudad y su luto.

Pero también hay que saber, añade el hombre con gestos expresivos, que “si usted no se mete en nada, no le pasa nada”. Al él, está seguro, nunca le sobrevendrán experiencias desagradables. No mira, ni escucha, ni comenta. Tampoco se informa porque no tiene cómo. Se aferra a su volante y se procura con los turistas la moneda convertible que lo sitúa en un nivel de ingreso muy superior al de un profesional universitario, él, que apenas llegó a un noveno curso. Que se confiesa un ignorante. A los forasteros lo que dice podrá parecerles absurdo, pero así son las cosas en Cuba y no hay por qué intentar entenderlas.

Por eso tampoco cree que la muerte de Fidel Castro vaya a cambiar absolutamente nada. Todo seguirá su previsible curso. Cada quien buscando resolver el día a día en una economía que según dice el taxista, ha mejorado un poco desde que Raúl Castro está en la Presidencia. Una economía en la que el cuentapropismo gana espacios y muchos productos que antes no aparecían nunca, ahora combinan momentos de abundancia con los de escasez. Precios altos siempre, sobre todo para el salario en pesos cubanos, pero algo es algo, y él se conforma. Solo quisiera que de política le hablen cada vez menos.

En la escalinatas de la Universidad de La Habana, jóvenes muchachos y muchachas hacen guardia de honor a la memoria de Fidel Castro. Han jurado seguir su ejemplo y defender sus ideas. Hay flores y hay luces de velas. Hay banderas y hay silencio.

Cuba, turismo y luto
Trabajadores preparan una imagen gigante del líder cubano Fidel Castro que será colgada del edificio de la Biblioteca Nacional de Cuba en La Habana.
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