20171227 https://www.diariolibre.com

Elinor Ostrom ganó el premio Nobel de Economía por sus estudios sobre los “bienes comunes” y el impacto de la participación en el desarrollo. Una de sus tesis más interesantes es su análisis sobre la relación gobierno y sociedad de la que comento estos párrafos.

Ostrom afirma que uno de los problemas más serios que enfrentamos es la creencia de que en un país existe una sola unidad de gobierno y que sólo esta es capaz de resolver los problemas que plantea la vida en sociedad.

De la aceptación de este principio se deriva una visión de arriba hacia abajo del gobierno, es decir, una relación de una sola vía entre los participantes. La presunción es que los bienes públicos son producidos enteramente por el gobierno en vez de ser co-producidos por aquellos cuyas habilidades y condiciones están siendo cambiadas. En esta concepción, los ciudadanos son vistos como clientes o votantes, con roles pasivos. En la visión clientelista, el ciudadano no tiene control de los bienes públicos que se producen “a su favor”.

Esta visión conduce a la falsedad de que sólo los maestros producen educación y los médicos salud, ignorando el rol que juegan las familias, las iglesias, los comités barriales. A partir de esta concepción, el ciudadano se considera una víctima y no un activo participante en el proceso. Por eso, las obras construidas por el Estado no son mantenidas ni cuidadas por los beneficiarios.

Como se puede apreciar, la lógica unilineal de la relación patrón-cliente, impide el desarrollo de conductas sociales constructivas. Mientras el “líder” se vanagloria de sus obras materiales, el ciudadano “cliente” no siente apego alguno por ellas y el precio para mantenerlo calmado es darle más cada día, incluyendo un modo de vida de “chivo sin ley” socialmente nocivo y destructivo.

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