20180816 https://www.diariolibre.com

Ya tenemos Ley de Partidos, pero es poco lo que una ley puede hacer si pretende cambiar una cultura que, hasta ahora, ha beneficiado a los que va a ser aplicada.

¿Sirve la Ley de Partidos a los “beneficiarios directos y actuales” del estado de cosas? Si es así, la ley tendrá éxito. De lo contrario será otro vano intento de reforma.

Alexander Hamilton, uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, estableció el problema básico al preguntarse “si sociedades de hombres son realmente capaces o no de establecer un buen gobierno de reflexión y elección, o si están destinadas para siempre a depender del accidente o de la fuerza”.

El profesor Vincent Ostrom va más lejos al formular que “la viabilidad de un sistema no se basa en la forma de gobierno. Un sistema complementario de creencias sobre las capacidades de los humanos de solucionar sus problemas en presencia de un conocimiento limitado y de incertidumbre... son también condiciones necesarias. La gente que tiene tales creencias mirará los conflictos tanto como retos y como oportunidades de utilizar habilidades humanas e inteligencia para fomentar sus potencialidades creativas.”

Es por esto que “en la medida en que los actores se comporten estratégicamente para ganar dominio sobre otros, la validez del experimento corre riesgo. El método de las ciencias experimentales requiere que los experimentadores estén más preocupados con la integridad del experimento que en las recompensas derivadas de ocupar posiciones de autoridad”.

¿Están los promotores de la Ley de Partidos comprometidos con el éxito del experimento o en ganar recompensas? Esa es la cuestión fundamental.

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