“Escandalizarse” de que aquí pinchan teléfonos es pura pose. ¡Claro que se pinchan! Aquí y en todo el mundo. Que se haga con permiso del juez es requisito que no se cumple; no podemos fingir que no lo sabíamos. Está mal, por supuesto. Pero lo sabemos.

Ni siquiera los que se saben espiados van a la Policía a poner una denuncia. Probablemente sospechan que hacerlo conduce a abrir la vía a ser víctimas también de la curiosidad del agente de turno... “por su propia seguridad, magistrado”.

Si alguien se sabe espiado y elige no denunciar, tiene varias opciones: pretender que eso no ocurre y hablar por el teléfono lo que quiera, cambiar de número cada quince días (eso es un problema), usar aplicaciones encriptadas, mentir con malicia para que el espía se confunda...

Pinchar teléfonos, hackear correos, interceptar correspondencia -eso ya no pasa- es un vicio que delata la naturaleza del que lo hace. Es uno de los delitos más vergonzosos, más miserables. Y a veces, aunque parezca raro, lo que denota es simplemente el aburrimiento vital, el ocio del que no tiene otra cosa más interesante que hacer. Se espía por poder, por venganza, por dinero, por chisme...

Espían políticos, policías, detectives, militares, funcionarios, empresarios, cotillas, amantes despechados, extorsionadores, periodistas extraviados, asesores de campaña, trabajadores enfadados... Y quien espía es muy probable que sea espiado, así que el círculo se cierra. Hay quien se siente defraudado si cree que nadie se ha interesado en pincharle el teléfono. (No ser espiado... ¿es no ser importante?)

¿Es necesaria una dosis de espionaje telefónico por seguridad, como alegan los gobiernos? Eso es excusa y razón. Ayuda y perjudica a la sociedad a la que se aplica.

El espionaje telefónico despierta muchas reacciones... pero la sorpesa no es una creíble.

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