¿Una ley perfecta?

Da la impresión que se está esperando que la Ley de Partidos cure todos los males del sistema de partidos en nuestro país, y no es así.

Décadas de malas prácticas, de mañas de todo tipo, de trampas de todas las calañas, de abusos de poder y de hipocresías políticas no se van a curar con una ley, ni en lo que queda de tiempo para las próximas elecciones.

Es una ley necesaria como paso de avance, como punto de apoyo, si se quiere, para iniciar el proceso de maduración de las prácticas democráticas en los partidos y en la conducta de estos con el electorado.

No es verdad que con la ley, el dinero del narcotráfico o del lavado, desaparecerá de las elecciones. No es verdad que gente con dinero pero sin experiencia política alguna dejará de ser atraída por los partidos para que les financie sus campañas.

Seamos sensatos. No sabemos ni cómo será la Ley de Partidos que saldrá al final de este proceso. Podría ser hasta peor que lo que tenemos hoy.

Apostemos a una buena ley, con dientes capaces de asustar a los partidos, pero no creemos expectativas falsas.

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