Buenas intenciones, economía política e intereses

«Cada individuo está siempre esforzándose para encontrar la inversión más beneficiosa para cualquier capital que tenga [...] Al orientar esa actividad de modo que produzca un valor máximo, él busca sólo su propio beneficio, pero en este caso como en otros una mano invisible lo conduce a promover un objetivo que no entraba en sus propósitos [...] Al perseguir su propio interés frecuentemente fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si de hecho intentase fomentarlo». Adam Smith, La riqueza de las naciones, 1776

Probablemente, fue Adam Smith el primero en destacar una particular vinculación entre las buenas intenciones, el interés individual y el interés colectivo, en la que el interés individual no necesariamente se contrapone al interés común pero, además, enfatizó el hecho de que un sistema productivo no puede descansar en las buenas intenciones de sus participantes. En este sentido, para Smith el interés individual – piedra angular del sistema capitalista – es el que garantiza la provisión de bienes y servicios esenciales – también los considerados no esenciales – demandados por la sociedad. Esto deja abierta la puerta para que individuos, actuando bajo el designio de buenas intenciones, terminen haciendo a la sociedad más daño que bien, tal como ha podido ser comprobado a través de la historia.

Adam Smith es ampliamente considerado el precursor de la ciencia económica que, junto a otros economistas, tales como Ricardo, Say, Marx, Bastiat y Mill son incluidos dentro de la denominada escuela clásica. Un rasgo distintivo de esa escuela es que su enfoque puede ser tipificado como un análisis de economía política: parten de una teoría del valor y utilizan categorías sociales para evaluar las interrelaciones económicas; y establecen relaciones de poder a partir de la vinculación entre la política y la economía. De manera que la economía política integra en su cuerpo de análisis, entre otros, aspectos económicos, sociales y políticos. Ese fue el enfoque dominante hasta finales del siglo XIX, cuando en el último cuarto de ese siglo ocurrió la conocida revolución marginalista como resultado de los aportes de tres economistas de diferentes nacionalidades – Cournot, francés; Menger, austríaco; y Jevons, inglés –, trabajando de manera separada, introdujeron el concepto de análisis marginal, que abrió el espacio para un uso más generalizado de los métodos matemáticos en la economía.

Esa revolución separa la economía –como una disciplina independiente– de la economía política, con una base metodológica diferente, en la que el individuo es el eje central de un análisis que por su vocación científica no debe incluir juicios de valor. Esto no significa que el economista no deba emitir juicio de valor acerca de sus preferencias, por ejemplo, en materia de políticas públicas, pero el análisis económico debe estar sustentado en el mayor rigor científico. Esa diferencia entre economía política y economía no siempre es bien entendida y origina malentendidos en el debate económico, pues con frecuencia los economistas no pueden entenderse debido a que están hablando dos lenguajes diferentes.

Un buen ejemplo de esto es el caso de la economía política marxista y sus diferentes derivaciones o desviaciones. Aun reconociendo los méritos que tiene este enfoque en la descripción del funcionamiento del sistema capitalista y en las consecuencias sociales y económicas que pudiera tener, sus pronósticos fundamentales han sido desmentidos reiteradamente por los registros de la historia. Sin embargo, muchos de sus adherentes, por razones ideológicas, nunca podrán reconocer este evidente fracaso. Y en sus posiciones generalmente no están interesados en un mejor funcionamiento del capitalismo; por el contrario, se entretienen con la idea de que finalmente colapse.

Es posible que muchos de ellos estén motivados por buenas intenciones hacia el propósito de lograr una sociedad más igualitaria; el problema es que ese propósito lleva a la pobreza si no se fundamenta en el respeto a la propiedad privada y en la legitimidad del interés individual. Un interés individual que es perfectamente compatible con el interés social, tal como ha planteado Smith.

La historia reciente es muy aleccionadora. Todos los experimentos socialistas han terminado en la ruina económica. Este fracaso no se debe a la forma en la que ha sido aplicado, sino a la propia naturaleza de ese sistema. En efecto, economistas como Mises y Hayek anticiparon – en un momento en el que la Unión Soviética presentaba un alentador avance económico – su inevitable fracaso, décadas antes de que ocurriera, porque los citados economistas sabían que sin un sistema de precios que diera las señales para la eficiente asignación de los recursos el sistema económico no era sostenible.

El sistema capitalista no es perfecto; de hecho, tiene muchos defectos. El contraste es que mientras el sistema socialista no puede presentar una experiencia exitosa, el capitalismo sí lo puede hacer. El mundo industrializado está lleno de ejemplos. Es decir que, dependiendo, en general, de las políticas públicas que se apliquen y del marco institucional, es posible lograr niveles apropiados de desarrollo. Esto es solo posible, reitero, si se preserva la propiedad privada y el interés individual, prerrequisitos indispensables para que la libertad económica y la política no sean aniquiladas por el autoritarismo de una dictadura socialista, valga la redundancia.

El socialismo es un ejemplo de lo planteado por Smith: sujetos bien intencionados –asumiendo el beneficio de la duda– terminan causándole a la sociedad daños traumáticos. Lo peor de todo es cuando tratan de justificar lo injustificable mediante argumentos que son un verdadero insulto a la inteligencia humana. Increíble, pero cierto...

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