El signo de cada cual

La muerte es temida y, al mismo tiempo, ejerce una fascinación enfermiza. La humanidad ha descubierto que hay una forma de vencerla, siempre en abstracto, creando un cauce etéreo en cuya ancha vía el ser que muere se transporta a una dimensión desconocida.
$!El signo de cada cual

En la soledad que se apropia del ser tan pronto cesa el ruido cotidiano que lo rodea, el homo sapiens, mirándose a si mismo, suele considerarse tan relevante que la forma en que discurre su vida, los éxitos, medianías o fracasos, tiende a atribuirla a motivaciones divinas, o, por lo menos, cósmicas.

Colocado frente a la majestuosidad del universo y a su inabarcable inmensidad, rehusa aceptar que es una partícula insignificante dentro del polvo sideral que se derrama de constelación en constelación.

Piensa que el universo existe solo para darle cabida y acomodarlo para su disfrute.

Untado con un soplo de petulancia, no es extraño que en el sapiens cada vez se afinque más la creencia de que nace con un signo situado entre un arco de posibilidades, que es el rango limitado del libre albedrío.

Tal concepción pudiera explicar que se hubiere asentado en mí, aun fuere de modo furtivo, un determinismo dubitativo.

Es como si una mano invisible guiara mis actos, impulsos, reacciones; aquellos ligados a las emociones. No es la mano a la que se refería Adam Smith, reservada al insensible y cruel devenir de los mercados. ¿Será acaso la de Dios? Y, si no lo fuera, ¿de quién entonces?

Me ha tocado escribir acerca de seres queridos o de personalidades que forman parte de nuestra historia, que se han ido hacia el más allá. Y lo he hecho impulsado por una vibración intensa, obligado a ejecutar el mandato de las fuerzas potentes provenientes de mi interior más profundo.

Hace poco me tocó escribir el más terrible y pesaroso panegírico; el que dediqué a mi madre Rosa, recién fallecida. Y sentí que en medio de los temblores de mi mano, mi pluma la movían heraldos que me impulsaban a desgranar mis sentimientos y a la vez atenuaban mi inconsolable dolor.

La muerte es temida y, al mismo tiempo, ejerce una fascinación enfermiza. La humanidad ha descubierto que hay una forma de vencerla, siempre en abstracto, creando un cauce etéreo en cuya ancha vía el ser que muere se transporta a una dimensión desconocida.

Las religiones proporcionan esa clase de alivio.

Si hubiera algo situado más allá de la penumbra de la vida, el mero hecho de vivir adquiriría sentido y dimensión moral, pues cada cual podría optar a alcanzar una posición que le asegure o lo descarrile en el tránsito hacia la inmortalidad.

Esa inmortalidad presentida es distinto a saberse simple y corrupto pasto de gusanos. Alienta el ego y morigera el miedo a la intrascendencia absoluta.

Hace pocos días también partió hacia la estela infinita mi primo hermano Bolívar García Pérez, con quien compartí todos los afanes y valores de la niñez, adolescencia y parte de la adultez, hasta que emigró y formó familia en Argentina. Distanciados por la geografía, pero unidos por el aprecio mutuo.

Bolívar fue un ser irrepetible por su bonhomía, honestidad, cordialidad, entereza, temple. La amistad, y entrega solidaria, formaban parte consustancial de su ser.

Al irse ahora, casi junto con mi madre, he estado sintiéndome atraído por la imagen de cómo se desgajan los fuertes árboles en medio de una tormenta y caen sus troncos y ramas, para luego ser artífices del brote del retoño robusto que les devuelve el esplendor perdido.

Ese retoño es a los árboles, lo que la unidad familiar puede lograr en los sapiens al actuar como bálsamo, compensando con las unturas del amor, calidez y el mar de afectos, el dolor por las pérdidas de seres queridos.

Así la psiquis se protege contra enfermedades del alma y desvaríos de la soledad.

En países gélidos, en los que la dispersión familiar es crónica y la cercanía personal una quimera, los suicidios alcanzan una tasa muy alta, como si el hecho de acercarse o estar en la sociedad del bienestar fuera un freno para obtener la felicidad.

A duras penas se tiene un hijo; los viejos son condenados al ostracismo; las relaciones familiares se diluyen. Parecerían sociedades de altos ingresos y bajos sentimientos.

En la sociedad del bienestar, aquella de la libertad absoluta e igualdad de oportunidades, tener hijos se opone al deseo irrefrenable de gozar del mundo, vivir con independencia y sin ataduras. En consecuencia, hijos y viejos se convierten en estorbo.

En sociedades subdesarrolladas, en cambio, ambos forman parte de la red de seguridad que alivia las penurias.

¡Qué triste el sendero que acecha a la humanidad sin un término medio que alivie la rispidez de los polos!

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