20180824 https://www.diariolibre.com

«A pesar del potencial impacto positivo de la tecnología sobre el crecimiento económico es esencial, sin embargo, reconocer su posible impacto negativo, al menos en el corto plazo, sobre el mercado laboral. Los temores acerca del impacto de la tecnología en el empleo no son nuevos. En 1931 el economista John Maynard Keynes notoriamente advirtió acerca de un desempleo tecnológico ‘debido a que nuestro descubrimiento de medios para economizar el uso de mano de obra está sobrepasando el ritmo al cual podemos encontrar nuevos usos para la mano de obra’. Esto probó ser erróneo, pero ¿y si esta vez fuera verdad?». Klaus Schwab, The fourth industrial revolución, 2016

Acemoglu y Robinson (2012) narran que en 1589 el precursor de la mecanización de la producción textil se entrevistó con la Reina Isabel I de Inglaterra con el propósito de lograr una patente para evitar que otros copiaran su diseño. A pesar de que a la Reina le pareció un gran invento su decisión fue rechazar la solicitud bajo el razonamiento de que si lo aprobaba condenaría a la miseria a muchos de sus súbditos, dado que perderían sus empleos. Igual razonamiento utilizó el sucesor de Isabel I para rechazar una vez más un invento tan disruptivo.

En el fondo, destacan los citados autores, el temor era que la mecanización generara un desempleo que a la postre se convirtiera en un desestabilizador político. Y que ese temor fue, además, la razón por la que los estándares de vida no mejoraran entre la edad de piedra y la primera revolución industrial, ocurrida a partir de la segunda mitad del siglo XVIII. Hasta ahora, han ocurrido cuatro revoluciones industriales – de acuerdo con Klaus Schwab – en las que el cambio tecnológico ha sido determinante. Sin embargo, desde la primera revolución hasta la fecha el nivel histórico de desempleo se ha reducido sistemáticamente y los estándares de vida han mejorado sustancialmente.

Lo que ha ocurrido históricamente no necesariamente tiene que replicarse en el futuro. La naturaleza y la profundidad de los cambios tecnológicos que tipifican a la cuarta revolución industrial provocan una gran preocupación acerca de la capacidad de las economías de generar nuevos empleos para quienes son desplazados por esas nuevas tecnologías. Esto es particularmente cierto – y más preocupante – en el caso de los procesos de robotización que desplazan mayormente a la mano de obra menos calificada. Se estima que en Estados Unidos cerca del 50% de los empleos se encuentran en riesgo de perderse en los próximos diez o veinte años debido a la robotización, según Klaus Schwab, quien preside el Foro Económico Mundial.

En un reciente trabajo, los economistas David Autor y Anna Salomons – Is Automatization labor-displacing? (NBER, julio, 2018) – plantean que la automatización no necesariamente reduce la demanda agregada de mano de obra debido a los distintos efectos que la automatización tiene sobre los niveles de producción en la industria y en las relaciones intra e interindustriales. Estiman que la automatización desplaza mano de obra y reduce la participación laboral en el valor agregado de la industria en la que se origina dicha automatización. Las pérdidas en el empleo son compensadas por ganancias en otras empresas, pero la caída en la participación del valor agregado no es compensada en otras industrias. Para Schwab el “efecto de destrucción de empleos es acompañado por un efecto de capitalización, en el cual la demanda de nuevos bienes y servicios se incrementa y lleva a la creación de nuevas ocupaciones, negocios y aun industrias”.

Este proceso de relocalización de la mano de obra – si es que ocurre – no está garantizado que se verifique libre de traumas, y pudiera representar un problema social para las políticas públicas. En efecto, la robotización pudiera desplazar mano de obra a una velocidad – como hemos señalado – que supere la capacidad de creación de empleos en las industrias rezagadas tecnológicamente. Lo que, a su vez, ampliaría la brecha social entre mano de obra calificada y no calificada, desde el punto de vista tecnológico.

La robotización podría significar, además, un cambio importante en las relaciones de poder que se dan en el mercado laboral, al reducir la capacidad de negociación de los sindicatos y crear un ambiente para una mayor flexibilidad laboral. Ciertamente, ante la posibilidad de ser desplazado de su empleo un trabajador pudiera estar dispuesto a aceptar un menor salario. En este sentido, Viktor Weber, también del Foro Económico Mundial, argumenta que la automatización de la mano de obra es un proceso mucho más complejo de lo que pudiera a simple vista pensarse. Entre los factores que hacen más complejo el proceso se encuentran, en adición a la elasticidad laboral, el costo de la automatización, las regulaciones, los conflictos, la disponibilidad de datos, la política, la cultura, la religión y el ambiente.

Es una evidente realidad que en los países industrializados con mayor desarrollo tecnológico la robotización representa una verdadera amenaza a los trabajadores que se encuentran en la escala más baja en lo que se refiere a la formación laboral; la situación luce diferente para los países subdesarrollados – como la República Dominicana –, los que de por sí tienen ya una gran brecha tecnológica con los desarrollados que probablemente se ensanchará en la medida que la robotización se acelere; por eso, la amenaza laboral de la robotización está mucho más distante en el tiempo.

En fin, la innovación tecnológica al igual que los procesos económicos genera efectos directos que pueden ser más fácilmente medidos que los efectos indirectos. Y casi siempre se presume que los efectos directos son mayores –en una dirección u otra– que los indirectos. Pero las consecuencias no intencionadas de esos procesos es lo que ha permitido que la humanidad siga mejorando los niveles de vida en medio de profundos cambios tecnológicos. La esperanza es que esto siga ocurriendo en el futuro.

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