Museos y medallas

Cómo equiparar, carajo, el rastro dejado por 31 años de tiranía en objetos relucientes, labrados con el oro robado y sacado de las costillas de un pueblo oprimidocon aquellos vestigios apenas existentes y oxidados dejados por los que fueron sus víctimas.
$!Museos y medallas

Los objetos representativos de una época de predominio de los anti valores, como fue la de Trujillo, no deberían ser exhibidos en vitrinas y museos, como se dice que es la intención manifiesta de la dirección del Museo de Historia y Geografía.

Y no deberían serlo, por lo menos, hasta tanto se consolide un alto nivel educativo en la población y la ignorancia y pobreza dejen de prestarse a volver dejar pasar los caballos salvajes de la tiranía sangrienta para hollar el suelo sagrado de mi tierra y la piel bondadosa de mi gente.

En países de mayor nivel cultural que el nuestro, está mal vista o prohibida la exaltación de los antivalores y la exhibición de los objetos que los identifican. En algunos existen leyes de memoria histórica que así lo estipulan.

A pesar de las innegables realizaciones del general Franco, en España están tratando de exhumarlo de su faraónica tumba del Valle de los Caídos para llevarlo a un lugar cercano al olvido y no conceden relevancia a sus medallas, fotos y condecoraciones, fiestas en salones esplendentes. En cambio, se ha inmortalizado El Guernica, pintura genial de Picasso, imagen de destrucción y muerte, maderas retorcidas, cuellos degollados, tragedia, símbolo eterno para exorcizar el espanto.

Y eso que jamás puede compararse la dictadura de Franco con la tiranía disoluta e inmoral de Trujillo.

Goya convierte en eternos a los fusilados por el imperio francés, pobres de solemnidad, sublevados en defensa de un símbolo, la soberanía hispana, con la dignidad colgándoles del pecho como medalla suprema. Y a nadie se le ocurre en España festejar el lustre de José, el Bonaparte hermano, como si la luminosidad de sus oropeles quedara marchita ante la brutalidad de sus crímenes.

En los campos y urbes de Alemania se exhibe el rastro de la cortina y duchas de gas que aniquilaba a los judíos, en vez de las estrellas rutilantes del nazismo, o sus misiles, bombas v2 y marchas impactantes. En lug ar de monumentos para recordar al furher (al jefe), se enfatiza el respeto a valores universales.

No es de alabar ni congratularse de que los semejantes sean convertidos en oprimidos. Ni es entendible celebrar el esplendor de los símbolos externos, en contraposición a las manifiestas crueldades y corrupción profunda de un tirano maníaco y asesino.

A los pueblos les sobran luminarias vacías; en cambio, les faltan elementos para educarse en el respeto al prójimo, en la convivencia organizada, en el compartir espacio con sus semejantes en forma constructiva y cooperativa.

El ser humano es aspiración permanente de libertad. Por eso la epopeya más pura y grandiosa es la que redime y devuelve la libertad a un pueblo genuflexo, esclavizado, adormecido.

De Trujillo habrá de todo, tantas cosas como años duró la infernal tiranía.

Se sabe que en las bóvedas del Banco Central estuvieron depositadas y bien organizadas las medallas, condecoraciones, fotos, recuerdos inútiles y rimbombantes de un pasado ominoso.

Pero, y ese es el detalle, en esas bóvedas no pudieron ser guardadas (a pesar de la pestilencia de esos sótanos), ni las sillas eléctricas que carbonizaron tantos mártires, ni los demás instrumentos de terror con que su cruel tiranía sacrificó tantos vivos.

Ni fueron conservadas las felonías ni delaciones entre hermanos, movidas por la descomposición social de la época.

Tampoco fue guardado el rubor de tantas mujeres obligadas a yacer con el sátrapa por puro morbo, a veces a cambio de una indulgencia para un familiar amenazado de muerte o de expropiación de bienes.

Ni el monumental hurto realizado a todo un pueblo para enriquecer huestes diabólicas.

Cómo equiparar, carajo, el rastro dejado por 31 años de tiranía en objetos relucientes, labrados con el oro robado y sacado de las costillas de un pueblo oprimido, con aquellos vestigios apenas existentes y oxidados dejados por los que fueron sus víctimas.

Sería agregar más motivos de agravio a un pueblo que fue envilecido, degradado en su auto estima.

Además, mostrarlos ¿para qué? ¿Cuál es la enseñanza? El peligro estriba en que otros energúmenos quisieran conquistar representaciones similares para gloria de un nuevo sátrapa.

Si algo hubiera que mostrar sería aquello que ayudara a grabar en la consciencia colectiva la necesidad de que no se repitiera jamás aquella historia tan fatídica y malsana. El remedio es educar en valores para cincelar un país civilizado y auténtico. Es cuanto.

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