09 AGO 2018, 12:00 AM

¡Pobres muchachos; pobre país!

La generación que dirige la sociedad de hoy no sospecha ni por intuición la dimensión del desafío que tiene en sus manos.

20180809 https://www.diariolibre.com

El 28 % de la población dominicana se sitúa entre los diez y los veinticuatro años. El 63 % tiene menos de 35, es decir que corresponde a la llamada “generación Y” (nacidos entre 1980 y 1999). Eso significa que el plan de realización de la mayor parte de los dominicanos se encuentra apenas en sus umbrales. A veces escucho y leo, con escepticismo, las coreadas reseñas del pasado reciente invocadas por ciertos líderes para inspirar motivos presentes. En mis adentros me pregunto ¿y qué sabrá un muchacho de hoy sobre la vida de Bosch, Caamaño o Balaguer? Es más, los trazos históricos menos conocidos por la generación de la burbuja digital son precisamente los más recientes. Para ella la única historia memorable es la que se resume en la era republicana con todos los sesgos y mitos que matizan su aburrida enseñanza escolar. Paradójicamente, la literatura embelesada con Trujillo y la Guerra de Abril es la más publicada y vendida en las últimas décadas. El romanticismo patriótico de esos tiempos copa la devoción de la tercera edad de hoy. El problema es que sus aficionados suelen ser sus contemporáneos, o al menos su segunda generación.

Hace algunas semanas me visitaron unos bachilleres para que les contara mi testimonio sobre “el presidente que se había suicidado”. De súbito me imaginé a Danilo Medina sobre un charco de sangre. Cuando entré en razón entendí que los muchachos querían conocer la vida de Antonio Guzmán. Pero si el aturdimiento fue fuerte, más la conmoción que me abrasó al saber que el motivo de la visita era cumplir con una tarea de historia. Mientras hablaban, una idea obsesiva se aposentó en mi mente: estos chicos preguntan sobre un hecho que viví cuando tenía su edad, me dije, intuyendo prematuramente el sofoco hipocondríaco de un anciano. Pocas veces me he imaginado como un abuelito contando, desde su desvencijada mecedora, nostálgicas vivencias de la juventud.

Aproveché para inquirirles sobre sus visiones del país, el futuro y la política. Sus respuestas fueron tan determinadas que parecían tener cuerpo de decisiones. De los cinco, tres dijeron resueltamente que jamás considerarían un plan de vida en el país; los restantes contaron sus temores por el rumbo de la nación y aún más por la ineptitud de sus líderes. Luego del animado intercambio se despidieron aparentemente complacidos, pero sus respuestas todavía se resisten a abandonar mis pensamientos: retumban, rugen y acosan. Cada vez que miro a mi único hijo, de ocho años, evoco las pálidas expresiones de esos chicos y quiero recuperar en segundos intensos la falta de cuidado de tiempos pasados. ¿Qué les estamos enseñando? ¿Cuáles rumbos les indicamos? ¿Dónde mostrarle referentes de cambio? ¿Qué valores abrigan su futuro? Fueron apenas parte de las preguntas que se apilaron de forma confusa en mi mente.

La generación que dirige la sociedad de hoy no sospecha ni por intuición la dimensión del desafío que tiene en sus manos. Esos muchachos son los que construyen la fuerza del futuro, y es seguro que sin los contrapesos adecuados reproducirán las tendencias más viciosas que “modelan” sus vidas. Lo penoso es que paradójicamente son ellos los que reciben las condenas generacionales más severas por su aparente abstracción, falta de carácter, aislamiento y dependencia. Sin embargo, los paradigmas que cobijan su desarrollo individual y social son los impuestos por un sistema decadente sustentado por una generación desertora y omisa.

Sí, la clase política de hoy fue la que recibió del viejo caudillismo (1930-1994) la conducción social. Tuvo una oportunidad virginal para tender el tránsito hacia una sociedad más organizada, institucional y equilibrada. Lo único que hizo fue “modernizar” sus apariencias y perfumar el lodo promoviendo un progreso plástico de torres, avenidas, metros y elevados cuando en el fondo su mayor aporte fue fortalecer como nunca ese modelo rancio y autócrata que prometía perecer.

La sociedad política del ejemplo es la que hoy usa el poder para abusar, dominar y enriquecerse. Esa que desprecia el talento limpio para enseñorear el mérito partidario como fuente de oportunidades; la de los lujos impunes pagados con sus exacciones tributarias; la que excita la cultura de “silicona” dominada por el dispendio, la juerga y el hedonismo de Estado. Pero es también la generación del miedo y la autocensura, incapaz de dar un paso sin medir sus riesgos; temerosa de su propio miedo y arrinconada en su frío espanto; la que prefiere mirar hacia otro lado para no comprometerse ni como testigo de los desafueros de los que detentan el poder político y económico.

Perdemos pedazos de futuro con cada corrupto absuelto, con cada mirada omisa, con cada respuesta complaciente, con cada denuncia olvidada, con cada verdad callada, con cada silencio retribuido. El mayor pecado generacional es esa dejadez que como actitud colectiva se aloja en nuestras siniestras comodidades. La primera cosecha de esa ausencia la encarna una juventud extraviada y vacía que, provocada por las fantasías del éxito ajeno, desvía sus carriles por otros rumbos con promesas retributivas y quiméricas más rápidas, leves y frívolas. Y es aquí donde el arquetipo del éxito material se entrona como supravalor de los tiempos, suplantando la realización dilatada, progresiva y meritoria. El nuevo héroe es el hombre exitoso: quien trepa, adula y sonríe más o muestra mejores habilidades para eludir, timar y aparentar.

Bajo ese techo sombrío se construye la generación del relevo. Esa que precisa de un liderazgo distinto, de carácter, ímpetu moral, compromiso y audacia; determinado al cambio sin contemplar los intereses. No esa fachosa propuesta de “jóvenes viejos” que emerge del mismo sistema descompuesto sin más aval que una presumida “pureza” salida de los sedimentos y con un discurso pálido sin una historia de consistencias. Son los mismos modelos reciclados revestidos de lentejuelas. Si esto no cambia, ¡pena por esos muchachos!

joseluistaveras2003yahoo.com

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