¿Por qué no se arriesgan?

No sé exactamente qué es lo que me hace pensar que algo anda muy mal en una parte de nuestra América, y lo más preocupante es que lo vemos como algo remoto y sucede que ese virus pernicioso lo tenemos aquí, a la vuelta de la esquina, en nuestras narices.

Eso, lo cual no soy capaz de individualizar con precisión, parece haber generado en algunas cabezas calenturientas extrañas ideas sobre la base de aquellos añejos enunciados utópicos que prometían la felicidad total para la sociedad en base a igualar sus condiciones económicas, ignorando que esas ideas pasaron ya por el laboratorio de la historia arrojando resultados de un gran fracaso.

Curiosamente, mientras nacía la que se denominó como Revolución de Octubre, moría un eminente investigador italiano que logró comprender con mucha profundidad, al final de su vida y entre otras cosas, las interacciones sociales y económicas y las inclinaciones de la naturaleza humana hacia el trabajo, materializándose éstas en infinitos matices que pasan desde el “workholic” extremo hasta el lado opuesto, el del holgazán absoluto, el vividor, para usar una acepción de salón.

Vilfredo Pareto, en una parte de sus elucubraciones dejaba entender que, poseyendo el 10% de la población el 90% de las riquezas y el restante 90% de esa población el 10% de esas mismas riquezas, dada esa naturaleza no parecía viable la idea de que esa riqueza pudiese ser distribuida de modo que el 100% de la riqueza fuese repartida igualitariamente para el 100% de la población. El tiempo obró muy rápido para que esa tesis se verificara a cabalidad y ya sabemos de qué lado de la política concluyó sus días Pareto.

Cada individuo o grupo de individuos se asigna su rol en la sociedad en función de su vocación y consistencia con el trabajo. La historia de la humanidad no registra ninguna sociedad estable y viable en que se haya verificado la utopía de la igualdad, siendo la natural estratificación socioeconómica consustancial con esas humanas actitudes. Por supuesto, ello no quiere insinuar que se deban abandonar los esfuerzos para morigerar esas diferencias mediante los modernos instrumentos fiscales de redistribución de ingresos, eso sí, sin llegar al paroxismo en su aplicación, tal como ha sucedido lamentablemente en la España de Zapatero, en la Argentina de los Kirchner, en el Brasil de Dilma Rousseff, a quien se le fue la mano a partir de lo que Lula había podido construir.

Finalmente sucedió del mismo modo en la Venezuela de Maduro, donde se rompieron todos los patrones de prudencia para dilapidar alegremente el patrimonio de todos los venezolanos para favorecer, al modo populista, a sus seguidores heredados del chavismo, cautivos por la vía de la pobreza. Ya hoy no queda nada del patrimonio público que botar y las cosas comienzan a tornarse peligrosas.

Todo lo anterior viene a cuentas y a contradecir la variedad de actitudes hacia la vida de cada individuo desde los dos extremos: desde aquel que cree que aún sin trabajar su existencia será sustentada por Dios (“Dios proveerá...”) a sabiendas, a la manera zorruna, de que ese sustento vendrá suministrado por el que trabaja y, desde el otro extremo, aquel otro que obcecadamente se pasa la vida, asistido por el lápiz o los bueyes, trabajando para proveer sustento para sí y para los otros. ¿Recuerdan la fábula de Esopo?

Los antiguos principios de moralidad, de ética, de política y de justicia se han echado a rodar por los suelos infértiles de la confrontación aparentemente ideológica, al punto de que millones de latinoamericanos hoy estemos sujetos a un proceder eminentemente caprichoso que pretende manejar una nación a golpes de timón inciertos y sin ningún fundamento lógico. Éste se llegó a creer, al igual que su padrino Hugo Chávez, que con los petrodólares se podría jugar sin límites a la conformación de nuevas hegemonías geopolíticas. Gravísimo error de apreciación.

No han bastado los diecisiete años que tienen en el poder los “chavistas” para que se vean los beneficios sociales y mucho menos económicos de ese anacrónico “socialismo del siglo XXI” donde no se logró -es natural que así haya sido- armar aquella utopía pero que, en vez, sí logró armar una casta de oportunistas ambiciosos con caretas que se han enriquecido vulgarmente a la sombra del poder omnímodo, que sí han sabido estructurar en base a apoderarse y destruir toda la maquinaria productiva del país para despilfarrarla en experimentos sociales no sustentables en el tiempo y que han fomentado el ocio en aquella nación, no último el decreto aquel de que solo se trabajen dos días a la semana para economizar la energía y de igual modo que los viernes no se imparta docencia en las escuelas por los mismos motivos. ¿Se habrá visto mayor paradoja: “dejen de trabajar que así seremos felices”?

Hoy, ante la evidencia de que esa torre de Babel comienza a derrumbarse, nos sorprendemos día a día con las medidas, decretos y las resoluciones direccionadas del Tribunal Supremo de Justicia con que van cercenando, en veloz progresión, los derechos de los venezolanos con la finalidad última de manejar el país en base al estado de excepción, ya que con la razón y con la lógica no pudieron hacerlo en diecisiete años. “¿Y referendo para qué?, háganlo el próximo año...”

Lo más penoso es que intentan esconder su ignorancia con actitudes de confrontación, ríspidas, ácidas, a todas luces cargadas de contradicciones pueriles y -en todo los casos- con espíritu propio de la cerrería, desafiantes y apalancados en la provocación, donde parecen moverse con más comodidad, posiblemente con un fusil en la mano. Y todo ello con un espíritu de cuerpo que les une solidariamente (y que le cuesta bien salado a esos pueblos de América) para actuar recíprocamente como muchos pies de amigo que apuntalan al que se está yendo a pique.

Así oímos a un desafiante Maduro increpando y burlándose cínicamente de los que propugnan por el referendo revocatorio, diciéndoles que él no permitirá ese referendo, pues ya tiene el estado de excepción y el Tribunal Supremo de Justicia a su disposición para hacer lo que le venga en ganas... “Que se olviden los golpistas, que tendrán a la revolución del pueblo (sic) por mucho tiempo...”

El 16 de mayo, en despacho de la agencia Efe se nos informa que el inefable vicepresidente de la República Bolivariana de Venezuela, Aristóbulo Istúriz, el talibán venezolano, que “los opositores no podrán llevar a cabo la solicitud del referendo revocatorio con el que esperan acortar el mandato de Maduro porque, aseguran, no cuentan con el tiempo suficiente para que los plazos de la solicitud se den este mismo año, y porque las firmas serían fraudulentas”. ¡No se trata de un juego, se trata de casi dos millones de firmas recogidas con todas las de la ley y Aristóbulo está hablando en calidad de juez inexpugnable, como que fuese el rector de las autoridades electorales!

Me gustaría poder reunir en un solo párrafo toda la colección de disparates que se han querido poner en marcha como “solución a los nefastos efectos del imperialismo y su sucia guerra económica” pero he de imaginarme que mi lector se aburriría de inmediato.

Finalmente, me sigue sorprendiendo que no se haya motorizado un gran movimiento latinoamericano que permita inducir a ese nefasto gobierno para que se desconecte inmediatamente de la ubre de esa vaca llanera que no quiere soltar hace años. Me sorprende aún más que nuestros políticos callen de manera vergonzosa, convirtiéndose en culpables por omisión de lo que lamentablemente le sucede a nuestros hermanos venezolanos. ¡Es hora de que se animen, ya pasó nuestro torneo electoral, ya no hay nada que no se pueda arriesgar que haga daño a los resultados de las elecciones!

Todavía recuerdo, al cabo de los 56 años, los eficientes efectos de aquel boicot de alimentos del año mil novecientos sesenta contra la República Dominicana, tutelada entonces al rudo estilo de Maduro por Trujillo. El cerco que le tendió este boicot a la dictadura minó muy rápidamente el sustento de la tiranía. Curiosamente fue la OEA el canal para instrumentar ese aislamiento económico, promovido por Rómulo Betancourt después del ominoso atentado perpetrado contra él por su acérrimo enemigo, Trujillo.

¿No podrían repetirse la OEA y Almagro, junto a la comunidad de naciones no chavo-dependientes, en un efectivo aislamiento como aquel, esta vez contra Maduro y su cáfila de oportunistas y “revolucionarios” anacrónicos?

Maduro debe abandonar el poder ya. Venezuela es un país de mucha tradición cultural y democrática con el cual nos unen vínculos históricos muy fuertes y ello hay que preservarlo, por encima de las calenturientas actitudes de estos líderes de pacotilla.

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