|Religión|01 SEP 2016, 12:00 AM

Sempiterno asombro del Dios que es hombre

La eterna paradoja de Dios y humano, de Jesús, sigue siendo objeto de inacabables discusiones, exámenes, desconcierto, admiración y explicaciones

20160901 http://www.diariolibre.com

¿Sabía usted que Jesucristo, el eje de la religión más extraordinaria que haya surgido en La Tierra, el que Pedro llamó “El Hijo del Dios Viviente” reía, bromeaba, comía con ganas, tuvo infancia y jugaba, mostraba cariño, se enojaba, besaba y hasta bailaba?

Increíble podría parecer esto a muchos, que inspirados en la cultura abnegada y pictóricas tradiciones pías, han concebido y fabricado colectivamente a un Jesús etéreo, ausente, solemne, inapetente, apacible, olvidando que también era, es hombre y que su humanidad nunca le abandonará.

La eterna paradoja de Dios y humano, de Jesús, sigue siendo objeto de inacabables discusiones, exámenes, desconcierto, admiración, posiciones, mentís y explicaciones que no parecen debilitarse con los siglos y milenios.

Por supuesto, en la lejanía del tiempo hay quien ponga en duda la veracidad de estos hechos, de los tales milagros y divinidad, aduciendo imposibilidad de que ocurrieran, porque contravienen la naturaleza, las leyes de la física. Pero, ¿De cuál física hablan? ¿De la que aprendimos en los últimos doscientos años o la que Einstein y Ettore Majorana nos empezaron a revelar en la década de 1930, la física cuántica, por la que sabemos hoy de la coexistencia y simultánea ubicuidad de la materia en lugares, planos, dimensiones y estadios temporales diferentes?

Elaine Paigels, Karen Armstrong y Bart D. Ehrman, sin quizás, las tres más destacadas autoridades contemporáneas en investigación del Cristianismo primitivo y el pre-cristianismo nos han traído una nueva y fresca visión reveladora de contenidos mucho más vastos, que nos permiten apreciar una extraordinaria riqueza sobre el Dios-hombre, aproximándonos más a Él.

El advenimiento de Jesús y la difusión de sus enseñanzas trajeron una multitud nunca antes vista de adeptos en los primeros doscientos años tras su paso por el mundo. Muchos Evangelios fueron escritos en estos primeros años. Casi todas estas narraciones, que se estiman en 46, fueron destruidas o quemadas a partir del Concilio de Niza, convocado en el siglo IV por el primer emperador cristiano, Constantino, permaneciendo y validando sólo 4, que son las incluidas en el Nuevo Testamento.

Por un accidental descubrimiento en 1945, unos campesinos encontraron en las cuevas de Nag Hamadi, Egipto, una enorme vasija de barro sellada, encontrando muchos de estos evangelios, que monjes coptos habían, en aquel remoto entonces, decidido no quemar ni destruir.

Otros evangelios desconocidos han sido descubiertos en antiguas bibliotecas. Se han rescatado parcialmente hasta ahora, dieciséis de estos evangelios, escritos la mayoría en los mismos tiempos que los que aparecen en el Nuevo Testamento, con pasajes y revelaciones extraordinarias, cautivantes, maravillosas de Jesús.

¿Cómo no deleitarse con los relatos del Evangelio de la Infancia de Jesús? Uno de estos, el que, ante la tragedia de otro niño amigo que había caído de un techo al que habían subido, para demostrar su inocencia a los padres del niño muerto, que le acusaban de ser el responsable de su caída, resucitó al infante, para que de sus labios le confirmara a sus progenitores que él, Jesús, no le empujó, causando regocijo y temor por la resurrección.

¿Y las danzas que realizaba Jesús acompañado de sus discípulos, abrazados en línea o en círculo, (a manera de los bailes típicos griegos contemporáneos) que nos consigna entre varios más, el Evangelio de María? ¿Y las bromas y risa de Jesús con sus amigos, que eran sus discípulos y que son referidas en varios de estos evangelios apócrifos?

Nos dejamos sustraer por la sorpresa y el encanto ante los besos cariñosos que Jesús daba a sus amigos, a muchos de sus discípulos y que recibía de ellos, incluida una de sus apóstoles, María Magdalena como se describe en las dos versiones del Evangelio de María, que trata, no de la madre de Jesús, sino de la propia Magdalena. En éste, se consigna la notoria primacía, entre los principales discípulos de Jesús, de María de Magdala, la Magdalena.

Y visitando las enseñanzas del Evangelio de Tomás, (Otro de los varios Tomás, el mellizo -Didimus) que no llegaron al definitivo Nuevo Testamento, se nos revela de manera incontrovertible la sabiduría de Jesús expuesta tan hermosamente, como cuando decía: ”Si das a luz aquello que está dentro de ti, te salvarás, pero si no das a luz y no sacas eso que está dentro de ti, y que quiere salir, te destruirá”.

El Hombre-Dios que reía, bromeaba, comía, besaba y danzaba es el mismo Dios-Hombre que se transfiguraba en ser de blanquísima luz insoportable y desquiciante para Pedro y acompañante: No son dos, sino uno, sin tiempo ni espacio y que conforme nos adentramos en los misterios y revelaciones de la física cuántica, como nos hemos adentrado en la firmeza de la Fe, son perfectamente conciliables, compatibles. Todos los Evangelios originales encontrados, y quizás algunos pendientes de ser descubiertos, son la muestra evidente del inmenso, colosal efecto que suscitó en el mundo de entonces la presencia de Jesús, con testimonios y versiones que antes, como hoy , nos siguen maravillando, ante el riesgo, la confianza y la sorpresa de Dios al estar entre nosotros. Preludio de que nos esperan portentosos descubrimientos convergentes de Ciencia y Fe. Nos aguardan pues, prodigiosas propuestas de lo que aún no somos y estamos destinados a ser.

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