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Hipolito: un político "alitraneo"

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Hipolito: un político alitraneo

El juego de béisbol es el deporte preferido de los niños y adultos en República Dominicana y en otras partes del mundo. En nuestra infancia, un grupo de vecinos del ensanche La Fe tomábamos la avenida Lope de Vega para improvisar un play. Con escaso tránsito de vehículos y de centros deportivos, los muchachos del barrio, dividíamos en cuatro una caja de cartón para convertir esos pedazos en bases.

El play era lo de menos, pues los "peloteros" estaban dispuestos siempre a echar un partido. Conocíamos al dedillo las habilidades de cada uno: El líder del equipo sabía quiénes desempeñaban mejor los roles de primera base, segunda, tercera, pitcher, cátcher y los jardines. De árbitro, casi siempre se buscaba a un adulto que cantara las jugadas con imparcialidad.

Había siempre un problema al momento de dividir en dos el grupo de unos 17 muchachos que jugábamos todas las tardes: Los dos líderes se negaban a que Ricardo fuera parte de su equipo. Y la razón de aquella negativa descansaba en el hecho de que ese muchacho era "alitraniao".

Esta palabra no forma parte del Diccionario de la Real Academia de la Lengua, pero es una expresión muy dominicana que se le endilga a una persona que lanza o batea en dirección contraria. En el lenguaje del béisbol, reitero, "alitraniao" es aquel que lanza fuera del objetivo o batea de faul. Pues bien, Ricardo era el vecinito que nadie quería tener en el equipo porque era "alitraniao".

En la política, como en otras actividades de la vida, hay gente "alitraniá". Hipólito es un ejemplo patético de "alitraniao" sin remedio, que en una oportunidad se coló a la Presidencia de la República, en el año 2000, por una de esas chepas que recoge la historia en estos países de la América mulata.

Hipólito me recuerda a Ricardo. Aquel amiguito del barrio no se desempeñaba bien en primera, ni en segunda, ni en tercera. Para jugar en los jardines no era útil, pues no solo debería ser excelente jardinero, sino tener buen brazo y un tiro certero. Ricardo no lo tenía, de manera que como pitcher sería un fracaso y el rol de cátcher era una aventura porque en esa posición también el buen tiro es fundamental.

Hipólito me recuerda mucho a Ricardo, que por más que se empecinara a jugar pelota, no podía desempeñarse en ninguna base y, menos aún, pretender ser el mánager. Por suerte, a Ricardo, el "alitraniao" de La Fe, nunca se le ocurrió dirigir el equipo.

Para actuar en política como guía de un país, hay que tener la cabeza bien amueblada. Dirigir un país no es una cosa cualquiera, cuanto más una nación como República Dominicana con tantos desafíos y que, desde su fundación, ha sido tortuoso su proceso de despegue democrático, institucional y de desarrollo.

En todos estos años de vida republicana, hemos contado con figuras sin condiciones, que cuando se han atravesado en nuestra historia, le infligieron profundos traumas a nuestra nación. Políticos con rasgos auténticamente autoritarios y sin visión, faltos de ideas claras de los problemas del país y del mundo y, para colmo, erráticos.

Erráticos como Hipólito, que en dos semanas lleva de 3-3. Bateó "alitraniao" cuando durante una visita a Estados Unidos, emitió una opinión evidentemente racista y discriminatoria, nada más y nada menos contra el presidente de los Estados Unidos, su anfitrión, Barack Obama.

El segundo turno al bate errático, de Hipólito Mejía, se produjo en el evento organizado por la Fundación Institucionalidad y Justicia en donde acusó a los distinguidos miembros de la Suprema Corte de Justicia de ser "pelafustanes y sinvergüenzas", sin medir las consecuencias de sus apreciaciones. No solo porque se inmiscuye, como lo hizo en el pasado, en esferas de otro poder del Estado, dejando ver sus rasgos autoritarios, sino que demuestra que representa una amenaza a la institucionalidad. No se conformó con decirlo, sino que lo repitió, lo que demuestra su estructura de pensamiento.

Su tercer bateo "alitraniao" (de faul) fue cuando Hipólito, en el mismo escenario, dijo que "la corrupción ha arropado de tal manera al país que hasta las muchachas del servicio se llevan los mejores filetes de las casas donde trabajan para dárselos a los novios".

Que pesar sienten los asesores externos y locales. Los extranjeros Xavier Domínguez e Iñigo Larrazabal, deben estar convencidos de que nunca jamás tendrán un cliente como Hipólito; en tanto, los consultores de cabecera de comunicación dominicanos, se rasgan las vestiduras al ver la realidad, esperanzados en obligar a una segunda vuelta. No se dan cuenta de que no podían controlar a Hipólito para que no abriera la boca, con lo que ignoran que la fiebre no está en la sábana.