Los griegos antiguos concebían las “Moiras”, las encargadas del destino de los hombres, como tres figuras míticas cada una con una tarea particular: Lachesis usaba la rueca para forjar el hilo de la vida humana; Clotho usaba la vara para medir la longitud del hilo; y Atropos a su debido tiempo la tijera para cortarlo, extinguiendo la vida de los afectados.

Nada por tanto era fruto del azar o la casualidad. Todo viene perfectamente pre determinado, lo que naturalmente convierte en una cruel parodia la noción de responsabilidad personal y las correspondientes recompensas o castigos por las acciones cometidas.

Esquilo en Las Coéforas escribe que “lo que el destino ha resuelto debe suceder, tanto para el hombre como para el esclavo”.

Esta inexorable fatalidad se vuelve inevitable en “La Forza del Destino”, la más teatral y filosófica ópera de Giuseppe Verdi.

Escrita en un momento en que Verdi pensó en retirarse y no componer más, fue hecha a pedido del Teatro Imperial de San Petersburgo en Rusia donde fue presentada en noviembre de 1862. Una versión revisada salió en 1869.

La ópera combina el estilo de la ópera cómica con la trágica a la vez que varios elementos de la Gran Ópera al modo francés que imperaba en esos años de su composición, considerados la cumbre del Romanticismo en la música europea. Un Romanticismo que sufriría una auténtica revolución tonal unos años más tarde con la explosiva Tristán e Isolda de Wagner.

En La Forza como corresponde a la trama todo parece fortuito y casual y, por supuesto, nada lo es. Álvaro mata sin querer al Marqués, se vuelve un gran amigo de su implacable vengador y, en el momento en que ya los amantes finalmente vislumbraban la ruta de la felicidad, Atropos brutalmente le hace una cruel jugada a Leonora.

No hay escapatoria al hado, los dictados de una fuerza inconmovible y sin piedad arrastra los amantes a la perdición. Sus relaciones han sido manchadas por la muerte inicial del padre. Que ésta haya sido accidental es irrelevante. El destino frenó el deseo del Marqués de impedir el matrimonio; el mismo destino lavará las consecuencias de su muerte. Verdi como todo auténtico maestro no juzga, solo despliega su incomparable talento musical.

Si bien se ha objetado la compleja estructura dramática, la opinión es unánime sobre la excelencia de la partitura, comenzando por la extraordinaria obertura, una de las más largas y variadas en el repertorio verdiano.

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