Con dolor en el alma

$!Con dolor en el alma

De actualidad en buena parte del mundo, los Estados Unidos y Europa incluidos, el tema de la inmigración monopoliza los espacios mediáticos, las agendas de los gobernantes y el imaginario social contaminado de conjeturas y prejuicios. Probado cuán influenciables somos los humanos, capaces hasta de vivir en pie de guerra contra la realidad.

No toca directamente, y sin embargo angustia el drama a bordo de pateras, cayucos y barcos atiborrados de soñadores, la proa enfilada hacia la civilización europea. Se interpone el Mediterráneo histórico, ombligo del mundo cuando su otra mitad, la nuestra, era desconocida. Sobre todo, opera la distancia insalvable de la cultura diferente; la del color subido de la piel a la que no inmuta el sol estival; la del rechazo de sociedades sublevadas ante la idea de más refugiados, políticos o no.

Desde el otro lado del Atlántico soplan vientos aún más feroces en contra de la inmigración. Retumban ecos ensordecedores de insultos agresivos, inhumanos. Y de medidas aún más inhumanas, como arrojar a la indigencia afectiva a niños que no han conocido otro mundo allende la falda materna o los brazos paternos. Inscritas estarán en los anales de la ignominia histórica esas disposiciones de crueldad superlativa con cargo a los hijos de inmigrantes ilegales, reñidas totalmente con la nobleza asignada al único Estado en las Américas que adelantó su andamiaje jurídico fundacional a los principios de la Revolución Francesa.

Culpas no son solo de este tiempo y sí compartidas. La marea humana negra que esta vez acompaña a otro elemento burlador impune de fronteras, las nubes de polvos del Sáhara, tiene antecedentes históricos. Lejos de un fenómeno episódico, la subyugación colonial de una África herida y las relaciones posteriores con las antiguas metrópolis han parido consecuencias sin fecha de caducidad. En el Medio Oriente de violencia fácil, las intromisiones foráneas han atizado divisiones religiosas y provocado el derrumbe estrepitoso de viejos órdenes para los que el supuesto democrático del Occidente era un reemplazo de dudosa eficacia inmediata. Súmese el llamado efecto demostración y se entenderá mejor el porqué de la avalancha humana hacia la tierra no prometida, pero sí impuesta como modelo político y, en la práctica, factor de desestabilización.

Los principios y las realidades se han divorciado. La endeblez de la economía y del tejido social europeos resiente las cargas de la inmigración descontrolada. Cribar el flujo migratorio en atención a las causas, ya sea persecución política o simples deseos de mejoría, asemeja una tarea ciclópea. A los ojos del europeo medio y de la mentalidad instalada en la casa de Washington que reivindica a gritos su color, blanco, la inmigración es un mal mayor y hay que atajarla antes de que haga metástasis.

No toda Europa fue colonialista ni tiene referentes históricos en las zonas en conflicto o castigadas por la pobreza extrema de donde provienen los inmigrantes. Aceptado, la inmigración ilegal contraviene leyes internas y genera tensiones sociales, como podemos atestiguar los dominicanos. El racismo y la xenofobia son otros tantos, injusticables no importa el lugar y quienes los patrocinen. El daño no cuantificable y sí sufrido es el manto de sospecha que ahora arropa a etnias asentadas tiempo ha en países de acogida en donde han dejado y dejan una impronta positiva.

En ese dolor en el alma que han provocado estas sinrazones e inconductas generalizadas, nos hermanamos los dominicanos, protagonistas de una diáspora con radícula en los Estados Unidos y raíces secundarias en varios países europeos, España en primer término. Tanto en uno como en otro he comprobado la tenacidad de nuestra gente, su adaptación a circunstancias sociales conflictivas y aferramiento a los rasgos distintivos de nuestra cultura, tradiciones y especificidades. Han construido una imagen poderosa de gente pacífica, trabajadora, esforzada y dispuesta a integrarse, o por lo menos a respetar sin reservas los valores más esenciales del pueblo anfitrión.

El dominicano hace fila en la geografía estadounidense, observa la señal de los semáforos, envía los hijos a la escuela, paga impuestos, cree en la democracia, engulle comida basura y la mayoría se las apaña sin violar las normas. Hasta aprende inglés, con un poco de esfuerzo. Suyos son las tareas laborales sin horario, los trabajos que otros desprecian y el orgullo de forjar un futuro más deseable para la familia. En España, es uno más traicionado quizás por el acento inconfundible o el tono de la epidermis. No siempre, porque también entre los hijos bastardos de la Madre Patria se cuela la diversidad racial dominicana y la dicción acomoda los giros y frases coloquiales del colectivo mayor.

Días duros en el presente y en el futuro a la vista. Obligación inevitable acudir a las reservas de esa voluntad férrea afín al inmigrante. Si necesidad de bálsamo o aliciente ante las tantas noticias y tuits desalentadores, recomiendo leer a una joven periodista nacida en la República Dominicana, Concepción de León. Escribió hace poco un artículo donde trabaja, nada menos que en The New York Times, en el que habla por la legión de sus conciudadanos.

In praise of Julia Alvarez, publicado luego en español bajo un título más acertado, Cómo la escritora Julia Álvarez me ayudó a encontrar mi identidad y mi vocación, aborda el conflicto existencial que escinde al inmigrante entre la tierra a donde pertenece por adopción y su país por nacimiento y adscripción familiar. Tanto o más que la resolución de ese conflicto, otro rasgo al desnudo en el artículo, casi de pasada, reaviva el ánimo:

“Mi padre trabajaba en un taller de refrigeración en Northern Boulevard, en Corona, justo cruzando la calle desde el lugar donde se ubicaba la sede de la Biblioteca Pública de Queens en Corona, así que pasé gran parte de las tardes ahí, en un programa extraescolar y más tarde sentada con las piernas cruzadas en los pasillos, leyendo durante horas”. En esa biblioteca, confiesa Concepción, debió leer cientos de libros. Al mismo tiempo, en ese taller debió dejar toneladas de energía el padre amoroso y que con su músculo obrero hizo posible el sueño de escritora de la hija a la que llevó a los Estados Unidos cuando apenas caminaba. ¿Acaso hay imagen más norteamericana que esa, mejor representación de lo que ha hecho grande a un país que se precia de ser un crisol de razas? Trabajo y estudio, la buena ciudadanía, ¿no son la práctica social que trasciende los confines estrechos de raza y cultura?

Cuando las elecciones norteamericanas últimas, la joven escritora pertenecía a la revista Glamour. Allí apareció un artículo suyo que humedece ojos y que he releído con dolor en el alma, como verdad-daga que revienta emociones, engrandece y empequeñece a la vez, revuelve y aplaca, emético y tranquilizante:

“Lo que quisiera que la gente supiera sobre inmigrantes como mi papá —y yo en cierto grado—, es que no son violadores o criminales, sino luchadores. Los que triunfan han tenido que pelear con las uñas y los dientes para llegar aquí, y han tenido que abrirse paso a toda costa solo para sobrevivir. Y sí, aman a América como ningún otro, y no a una América imaginada sino a la América que ahora tenemos, con fallas y todo. No la quieren como un derecho, sino con aprecio y respeto por los privilegios que este país concede. Para mí, mi padre fue un norteamericano mucho antes de que se nacionalizara en el 2003, porque él representa todos los ideales que América reclama como los más queridos”.

Más, sobra.

Los principios y las realidades se han divorciado. La endeblez de la economía y del tejido social europeos resiente las cargas de la inmigración descontrolada. Cribar el flujo migratorio en atención a las causas, ya sea persecución política o simples deseos de mejoría, asemeja una tarea ciclópea. A los ojos del europeo medio y de la mentalidad instalada en la casa de Washington que reivindica a gritos su color, blanco, la inmigración es un mal mayor y hay que atajarla antes de que haga metástasis.

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