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Cuerpos sanos y mentes sanas en el Londres olímpico

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Cuerpos sanos y mentes sanas en el Londres olímpico

Las luces del Estadio Olímpico, en el extremo oriental del Londres recostado sobre el río Támesis, aún no se han apagado, pero las ceremonias y competencias oficiadas allí han arrobado al mundo y ocupan ya lugares precedentes en las grandes calendas deportivas. Estos XXX Juegos Olímpicos han dejado una impronta de éxitos personales y de equipo y, al mismo tiempo, continuado una tradición de camaradería y competencia sana que sin dudas rejuvenecerá en el Brasil emergente, el anfitrión tropical, musical y multiétnico de la próxima cita olímpica, en el 2016.

Desde que el Reino Unido obtuvo la sede, el montaje se planteó como un desafío para la potencia en declive, alejada irremediablemente de aquellos tiempos cuando en sus dominios imperiales no se ponía el sol. Sin embargo, el espíritu emprendedor, inquebrantable y creativo que caracteriza al británico ha permanecido inmutable, como se ha evidenciado en la cuidadosa organización del magno evento, en sí una reafirmación nacional, un mensaje de orgullo y gloria inextinguible.

Derroche de imaginación que apuntala la supremacía londinense en el mundo del teatro y de la cultura. Banquete visual desde la apertura misma, con una clase de historia envuelta en una trabajada coreografía para recalcar la contribución de Gran Bretaña al desarrollo de la humanidad: la máquina de vapor, la revolución industrial. China hizo algo similar en el 2008, cuando montó en el escenario un recordatorio de que el mundo le debe el papel y los tipos móviles.

Los organizadores conectaron con el gran público y el sentimiento nacional al incorporar al mítico James Bond al servicio de Su Majestad, la anfitriona de estos juegos. Y la reina Isabel II se prestó con gracia y espontaneidad al ensamblaje del corto cinematográfico que precedió su entrada a la inauguración formal de las Olimpíadas. En el mejor espíritu del héroe de Ian Fleming, el más reciente 007, Daniel Craig, va al despacho real en Buckingham Palace con la misión de acompañar a la reina en el trayecto en helicóptero hasta el Estadio Olímpico.

El sketch no tiene desperdicios y en breve desvela el aparataje protocolar que rodea a la monarquía, una institución que en los últimos años ha profundizado sus raíces en el corazón de la sociedad británica. El inicio de todo diálogo pertenece a la reina, y de ahí el carraspeo con que tímidamente Bond reitera su presencia tras ser introducido por el ujier y aparentemente ignorado por la soberana, de espaldas, ensimismada en su escritorio. Siguen un cortés "Good evening, Mr Bond" entonado con refinamiento, y un recorrido por los pasillos palaciegos con el invencible espía dos pasos detrás y las mascotas de Isabel II en correteo alegre. Un barniz británico completo: los perritos pertenecen a una raza nativa del Reino Unido, el corgi galés. Junto a James Bond reforzarían el toque nacional otros dos íconos, los celebérrimos Mr Bean y Paul McCartney.

Mr Bean ha hecho reír a medio mundo con su cara de estúpido y silencio consecuente enmarcados en un catálogo de torpeza a cada paso. Empero, su parodia de Carros de fuego, filme británico premiado que tiene como telón de fondo los Juegos Olímpicos de 1924, obedece a un código que trasciende el humor. De hecho, el título de la cinta se debe al famoso poema épico de William Blake dedicado a Milton -dos estrellas refulgentes en el firmamento literario británico-, y convertido en uno de los himnos más populares en el Reino Unido, Jerusalén. En una poderosa alegoría, el poeta londinense sitúa la ciudad santa en Inglaterra y presenta la dualidad de la revolución industrial, el impulso definitivo hacia la modernidad en el siglo XVIII, pero con todos los rasgos de la tragedia social que describieron con destreza y efectividad política Carlos Marx y Federico Engels.

La banda sonora de Carros de fuego fue premiada por la Academia en 1981. Su compositor, Vangelis, es griego de nacimiento pero británico por adopción. Suya es también la música que se oye en el fondo durante la ceremonia de premiación de los atletas en Londres.

Si cuatro mil millones de ojos repartidos por la geografía mundial fueron hipnotizados por las imágenes vigorosas, cultivadas y sublimes de la apertura de los anteriores juegos en Pekín, esta vez se calcula que casi cinco mil millones de personas habrán seguido las competencias a través de las 100 mil horas de tele transmisión en idiomas y a lugares de los que no tenemos noción. Por primera vez, la magia de la tecnología ha permitido apreciar en 3D las hazañas de los superdeportistas de esta edición olímpica a punto de concluir.

¡Vaya coincidencia: a partir de 1996 las Olimpíadas corren paralelas al calendario electoral dominicano! Aquí subirán las temperaturas por el estío y la pasión política, mientras el mundo se citará en algún lugar para la gran fiesta deportiva que acoge en igualdad de condiciones a los atletas de países amigos y enemigos, pobres y ricos. Que nadie me pregunte cuál espectáculo prefiero.

Estas competencias cuatrienales han perdido el sentido político de la época no muy lejana cuando en las arenas y pistas de los estadios se reproducía la guerra fría, y había un trabajo soterrado para inducir la defección de las figuras claves de las delegaciones socialistas. Muy ocupado en ese entonces con las tareas propias de un espía, James Bond no hubiese podido escoltar a Isabel II. La democracia occidental llegó a Europa Oriental y la Unión Soviética desapareció del mapa. Rusia ha descendido al quinto lugar en el medallero olímpico dorado (hasta el jueves último), por debajo no tan solo de sus archirrivales pasados, China y Estados Unidos que la triplican en preseas, sino a la par con Corea del Sur.

La medalla de oro y la otra de plata que conquistaron el veloz Félix Sánchez y el intrépido Luguelín Santos nos han colocado en el mapa olímpico por encima, por ejemplo, de Finlandia, Argentina, Israel, Taiwán, Singapur, Portugal, Colombia y, razón para asombrarse, de Grecia, la cuna histórica de los Juegos Olímpicos. ¿No es como para sentirse en el Olimpo?

En estas dos últimas semanas, el desafío olímpico se ha adueñado de la atención mundial. La convocatoria de voluntades a un ejercicio de confraternidad en el que todos somos triunfadores de antemano ha recibido un respaldo total. El deporte es una oda a la obediencia del músculo a la mente, a la persistencia sobre la debilidad humana, a la búsqueda de la excelencia, a la superioridad del espíritu sobre la materia, a la negación del non plus ultra. Resuelve con facilidad la aparente contradicción entre la dureza del físico y la sensibilidad emocional. La solución a esa antinomia permite el drama anejo a cada competencia, no importa la disciplina. Drama que pregona a los cuatro vientos que los atletas son humanos primero, y por tanto las lágrimas y las emociones no les son ajenas.

Sí hay perfección en los movimientos y un arte innegable hasta en la actividad deportiva aparentemente más ruda. La gracia de la gimnasta rumana Nadia Comaneci en los juegos de 1976, en Montreal, sobrecoge aún cuando se revisitan las imágenes de su hazaña, el primer 10 perfecto en la historia de las Olimpíadas. Pero el mismo goce estético se deriva, por ejemplo, del nado sincronizado, o de observar cómo los brazos de los atletas semejan las aspas de unos molinos al desplazarse raudos sobre el agua en una lección constante de la técnica más depurada en el estilo mariposa.

Los eventos de remo combinan los scull individuales y el trabajo en equipo de hasta ocho atletas, sincronizados en el esfuerzo apasionado por cruzar primero la meta. Los botes no se apartan una pulgada del centro del carril acuático asignado en este reto olímpico severo, que pone a prueba la resistencia, el temple y la concentración.

Las lágrimas afloran espontáneas cuando se gana y cuando se pierde, acompañadas en un caso de satisfacción; y en el otro, de inconformidad consigo mismo, de frustración. Porque, y es la grandeza del olimpismo, el atleta lucha antes que nada contra sí, desafía sus límites físicos, trata de extender su talento y fuerzas más allá de lo aparentemente posible. A las puertas del espíritu tocan la entereza de los competidores y el ánimo hidalgo que permea sus reacciones aun cuando estén hendidas por la tristeza. La pesadumbre no es tan solo personal. En la arena olímpica, el atleta encarna a su país. Con él gana y pierde toda una nación, y de ahí el profundo compromiso que le acompaña cuando se adentra en la competencia. Las banderas abundan, y es el símbolo por excelencia en los momentos de gloria.

Me emocionan más los perdedores que los ganadores, y mis simpatías se escapan espontáneas en la dirección de aquellos a quienes los abandonan las destrezas ganadas en los tantos años de entrenamiento, de dedicación a un propósito que requiere la renuncia a la vida común y corriente, al día a día despreocupado. Cuando Yamilet Peña Abreu corría hacia el desafío de la física en el triple salto mortal, coronaba un esfuerzo sobrehumano. Si no pudo subir al podio en el pabellón de gimnasia, poco importa. Ascendió galana al altar del máximo honor como persona. Simplemente con llegar a Londres y participar, ya había ganado valientemente la gran batalla contra la adversidad de sus circunstancias sociales y el pecado original de nacer en la pobreza. Verla correr, saltar y multiplicar sus fuerzas en una disciplina prácticamente desconocida en nuestro país debió llenar de orgullo a todo dominicano que haya apreciado su proeza. Con apenas 4.8 pies de estatura, 19 años y una voluntad férrea, Yamilet Peña Abreu representa como nadie la divisa de los Juegos Olímpicos en Londres: Inspire a generation, inspira a una generación. El espíritu olímpico precede a las Olimpíadas.

Otras son las emociones que despierta un Félix Sánchez, veterano de la pista que con la agilidad de una gacela salta los obstáculos y deja atrás los 400 metros en tiempos insuperables. Es un atleta consagrado, dedicado, y eso explica que lograra repetir el triunfo que obtuvo en Atenas.

Otro ejemplo es Missy Franklin, la joven nadadora norteamericana que ganó cuatro medallas de oro, y dedicó su primera victoria a las víctimas de la masacre de Aurora, Colorado, lugar cercano a donde reside. A los 17 años, un triunfo tan arrollador es una puerta segura hacia la fortuna. Sin embargo, su decisión de no saltar al profesionalismo y evitar las lisonjas del éxito temprano también inspira una generación: "Ganar una medalla de oro no tiene precio, pero sacar ventaja económica a la gloria podría o no convertirse en felicidad". No todo lo que brilla es oro, porque hasta el metal precioso palidece ante los tres valores olímpicos: excelencia, amistad y respeto.