Isla, media isla, casi isla

He caminado por las islas de los “isleños” para conocer de cerca sus íntimas querellas. Y no las encuentro.

Isla. Media isla. Isla que no es isla. Isla al revés. Isla abierta. Tres cuartos de isla. Dos islas en una. Una isla en dos mitades. Isla siamesa. Isla en el sol. Isla subsumida por la historia. Isla, una y replegada. Isla, una y dupla. Isla que pare el mar. Mar que doblega a la isla en su redondel. Un mismo recipiente con dos contenidos. Isla recrecida, agreste. Con su tropel de raíles y sus soportes de verde aborigen, a un lado; del Dahomey y el áfrica ardiente, del otro. Isla, material, matinal, desterrada. Sublevada.

En la noche quieta de los reposos del mar, navega la isla. Cuando se cuenta entre dientes largas historias de islas con puertos bruñidos y azules, es el relato de la Isla. Entre centenares de mujeres desnudas que suben carbón al barco donde había pájaros verdes hirviendo de palabras obscenas y donde en la noche florecía el burdel con hondo aliento de tam-tam, es la novela de la isla. Isla de ombligo profundo, sudada de fiebres y marismas.

Temblor de isla. Allá llega y estremece el sonido telúrico que precede al sacudimiento. Y, aquí, en el tembladal se tambalean los cuerpos y los espíritus, las torres, las chozas, la geografía. Isla que grita allá y deja escuchar aquí su intimación, su duelo. Una mitad sombría, lóbrega. Otra mitad, sacudida en su vendaval interior, donde los ojos de la historia se vacían de lágrimas y donde aún se sigue hablando del amor. Oriente y occidente. Cuñas de un mismo palo que conoció la insurrección contra la servidumbre y siguió ceñido a otros sometimientos bárbaros de los propios, y que en la otra parte se escindió de su anterior dominio para iniciar una búsqueda que, tal vez, aún continúa, en sus hondonadas, en sus interludios, en su filiación.

Allá, al cruzar las puertas, hay dioses de la guerra y dioses ametrallados. Aquí, al entrar por sus linderos, hay resacas de conflagraciones que perduran y divinidades que violentaron esperanzas con sus dientes de sol mordiendo la sequía, el huerto soñando bajo el polvo mariposas. Metralla y guerra compartidas. Y en el fragor de las batallas que buscaban nivelar la geografía compartida, la vida agitada en sus entrañas, el miedo surcando derroteros, la sangre mensurando el terreno común.

Allá, oriente, el hombre que surca un hormiguero y sueña miserias que desbordan haciendas y contraen rostros y se quedan petrificados en su cosecha de huesos. Aquí, occidente, paisajes movedizos, coloquios del hueso y el pellejo, jaula de bambúes, que pudieron hacer el tránsito hacia atardeceres brillantes y noches de luna llena, en medio de atajos y congojas. Espíritu de las dos tierras. Tierra ninguna o tierra una, parto de isla de donde el sol nace en unos cielos que no han de dividirse.

Entre las fronteras, una geografía enloquecida. Somos unos y ningunos. Somos una sola soledad larga en tierra tan pequeña que su misma pequeñez desconoce. Isla. Isla. Sílaba de la que fui todo palabra en una turbamulta de poderes... Yo soy el hombre de las islas: pequeñez sobre pequeñez... océanos lacerados en esta pequeñez, liberados en esta pequeñez de tierra compartida y de mares ignotos.

Hay un patois de las lluvias y un creole de las palabras. Las islas se llenan de encantos o son largos lagartos verdes cuando se nombran solas. Cuando no tienen las dificultades del compartimiento. Cuando no sudan por las mismas raíces ni se sacuden con los mismos temblores. Uno llama “isleños” a los que son inquilinos de tierra propia aunque sea enana, minúscula, menuda. Resuena San Martín con poco más de 70 mil habitantes. Caminas por una de sus calles repletas de viandantes, joyeros y pelanduscas, y entonces sabes que el habla francesa delata que estás en el norte y que ese norte se llama Saint-Martin. Y cruzas la calle y ya estás en el sur y el nombre cambia, Sint Marteen, porque esta otra parte es holandesa. Y no hay dioses ametrallados ni dioses de la guerra, ni razas ni temblores ni geografía enloquecida, sólo dos partes repartidas que se dislocan en su oralidad pero se entienden en su mismidad.

He caminado por las islas de los “isleños” para conocer de cerca sus íntimas querellas. Y no las encuentro. Barloventinas que son bañadas por el mismo mar Caribe nuestro. Pequeñas y libres en su liviana mansedumbre de siglos. Acorraladas por el mar y la siembra de derroteros comunes, donde sólo el habla las divide. Y las sotaventinas con el Caribe y el Atlántico inundando sus tierras plantadas sobre los mares y pendientes cada año del dialecto de los ciclones que las sacuden y arruinan para volver de nuevo a comenzar. Y hay islas vírgenes, islas violadas, islas encinta, islas sobre islas, islas solitarias en el mar, desprotegidas, y también islas formando parte de países continentales. De Grande-Terre a Barbados. De Basse-Terre a Curazao. De las Caimán a las Turcas. De Cozumel a Margarita. He escuchado el tartamudo rugir de Tortola, la isla británica de sólo 24 mil habitantes y 19 kilómetros de longitud que caminas en una mañana. Con su inglés gutural de incorregibles saltos (pido a mis hijos que me traduzcan y lo consiguen a medias) esa isla, casi al frente de Puerto Rico, que se ve cerquita y limpia, tiene su propia armadura y su propia tristeza. De allí vinieron muchos de los cocolos petromacorisanos que dejaron heredad en nuestra geografía y en nuestra identidad. Irlanda es otra isla con dos irlandas. Una independiente y próspera, en cuya capital habitaron cuatro dublineses memorables y surgen los premios Nobel como trofeos en juegos gaélicos. Y otra Irlanda, al norte, adherida a la Gran Bretaña y ella misma dividida por el tema religioso. Aún, tantos años después de una guerra que terminó empobreciéndola, continúa fraccionada. Un muro largo y ancho recuerda a los que trabajan en uno u otro sendero que deben cerrarse a cal y canto a las seis de la tarde, o nadie es responsable de la seguridad del que viole la regla. Hay muros aún que no se dicen, muros que desdicen, muros olvidados.

Me resisto a llamar media isla a mi isla. A un lado, los vecinos del dolor de cabeza. Vecindad de ruinas que no perecen. Moradores de la desesperanza. Garsones que sobreviven en la tempestad y el vacío, paralizados de espanto, sumergiendo a su gente en un infierno de azufre y de fuego. Sus pezuñas marcan a su propia tierra con un sello de oprobio. Y ese aliento fétido planea sobre toda la isla. No puedo aceptar llamar media isla, o casi isla, tres cuartos de isla, al país que heredamos. ¿Por qué empequeñecernos? Se aloja ahora la moda de la media isla porque nombrar isla a lo que somos parece políticamente incorrecto. Rechazo la actitud y la ideología que la sustenta. Hay que apagar la línea blanca de los miedos. Tumba blanca sobre tumba negra donde oigo moverse los flancos de la isla. El demonio de la frontera nos abate, nos subsume, nos fatiga. Soy isla partida en dos. Isla dividida. Isla que no ha podido superar degüellos y matanzas, sumisiones y separaciones. Soy isla. No casi isla. Isla abierta. Isla, una y dupla. Aquí, el horizonte expandido. Allá, las lágrimas secadas al sol cada mañana. Isla. La mía y la de ellos. Isla que discurre por el cielo. Isla que levanto, en el azul y el amaranto. Isla. Mi isla. Mi país que es isla. No la neguemos ni la empequeñezcamos. No le veo sentido. Me huele a trabazón. Futilidad. Pendencia. Adviene el tiempo de la siembra. Es preciso limpiar la tierra de cizaña.

Para la elaboración de esta crónica isleña hemos requerido el auxilio de textos de Pedro Mir, Manuel Rueda, Héctor Incháustegui Cabral, Tomás Hernández Franco, Antonio Fernández Spencer, Enriquillo Sánchez, Jacques Roumain, Jacques Viau Renaud, René Philoctéte, Edwidge Danticat y Frankétienne.

Libros
  • Poemas
  • Pedro Mir
  • Ediciones de La Discreta, 1999. 163 págs.
  • Interesante edición española de la obra poética casi completa de Pedro Mir, con liminar de Antonio Merino y el poeta cubano Pablo Armando Fernández.
  • Yelidá
  • Tomás Hernández Franco
  • Taller, 1975. 54 págs.
  • La gran epopeya lírica de uno de los poemas capitales de nuestra literatura. Publicado originalmente en San Salvador, en 1942, alcanzó su mayor apogeo lectorial en los años setenta con esta edición.
  • Las metamorfosis de Makandal
  • Manuel Rueda
  • Banco Central, 1998. 214 págs.
  • El poema cumbre de este gran vate, cultor del ensayo, el teatro y el relato, a más de pianista clásico. Es el único poemario que ha obtenido el Premio Feria del Libro Eduardo León Jimenes, obtenido en su edición de 1999.
  • A punto de reventar
  • Frankétienne
  • Ambos Editores, Chile, 2008. 218 págs.
  • Poeta, autor teatral y novelista, este autor haitiano es considerado uno de los grandes de las letras caribeñas. Esta obra es una visión atormentada de la cruda y amarga realidad de los horrores de la historia haitiana.
  • Permanencia del llanto
  • Jacques Viau Renaud
  • Publicaciones del Frente Cultural, 1965. 42 págs.
  • Cuando caía el año 1965, se dio a conocer este importante texto poético del poeta haitiano avecindado en Santo Domingo y combatiente en la guerra abrileña, en cuyas fauces perdió la vida por la causa dominicana.

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