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La democracia de los horarios

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La democracia de los horarios

Apenas templaba el sol la mañana sabatina del otoño incipiente cuando ya estaba en pie, dispuesto a descubrir lo que ya había visto en aquel celuloide nebuloso, joya inigualable del cine mudo: las llamadas Escaleras de Potemkin, lugar de filmación de una de las escenas más aclamadas e impactantes en la historia del séptimo arte. En El acorazado Potemkin, Sergei Eisenstein utilizó los peldaños que conducen hasta el puerto de Odesa, ciudad en el sur ucraniano recostado sobre el Mar Negro, para reinventar el patriotismo y condenar la violencia zarista en una película que, de no ser por el genio de ese verdadero revolucionario del cine, no habría pasado de simple panfleto propagandístico.

Con la estatua del duque de Richelieu como guardián permanente desde la esplendorosa calle Primoskaya, se extiende hacia el muelle la famosa escalera que sirvió de inspiración en 1925 al cineasta letón cuando, según cuenta, vio rodar una cereza por esos peldaños de cemento donde situó a los soldados zaristas -sin revelarles el rostro-, que disparan a mansalva contra la multitud indefensa. El escenario apenas ha cambiado. No me fue difícil imaginar aquella madre de rostro hendido por el terror con el hijo desangrándose en los brazos y que implora en vano a la soldadesca que no dispare. Tampoco el inicio de la matanza, cuando un minusválido desprovisto de ambas extremidades inferiores se desplaza a saltos por los muros laterales de la escalinata. Las botas y los uniformes bajan acompasados con los fusiles tosiendo fuego y, al final de la escalera, los cosacos a caballo impiden con sus sables ansiosos de carne y sangre que la multitud aterrada escape.

El fragmento más sobrecogedor -un hito en un medio de entretenimiento cuyo poder ideológico estaba en ciernes- corresponde al coche infantil pendiente abajo luego que la madre que lo arrastraba fuese herida de muerte. El primer plano de la toma insistente dramatiza y potencia el desamparo del niño ante la combinación de fuerzas incontrolables en medio de aquella carnicería. Aunque la historia sí registra el motín de los marineros del acorazado, controlado por las autoridades y sus responsables condenados a muerte, la matanza en el lugar emblemático de la bella Odesa nunca ocurrió. Como tampoco hay explicación lógica para el carro infantil en medio de las escalinatas. ¿A quién se le ocurriría descender por una escalera larga y pronunciada arrastrando a un bebé en su cochecito? El mensaje ideológico es lo que importa, y Eisenstein lo transmitió con vigor y de paso hizo historia.

Irreales me parecieron otros detalles que muy pronto me sacaron de mis cavilaciones cinemáticas y fílmicas: varias parejas de novios, vestidos de gala matrimonial, se tomaban fotos en las Escaleras de Potemkin sin importar lo temprano de la hora. Continué mi exploración urbana a lo largo de la calle Primorsky en dirección hacia mi hotel, el Londonska, el mismo donde se alojaron Eisenstein y su equipo de producción. Una parada corta para reponer energías y luego hacia el Palacio de la Ópera, el Museo de la Marina, donde estaba la sede del Partido Comunista al inició de la revolución bolchevique, y el Arqueológico, todos agrupados en aquel recodo de Odesa que recoge en un caleidoscopio cultural de arquitectura, plazas, avenidas arboladas y calles empedradas, la riqueza histórica característica de las grandes ciudades europeas, y que en esta ciudad logró otra dimensión con el influjo otomano que le venía por la cercanía geográfica.

El Palacio de la Ópera, con su inconfundible fachada en barroco italiano y los bustos entre otros de Gogol y Pushkin, exiliado en Odesa, son un testamento de la tradición literaria y artística del antiguo imperio ruso. Chaikovski dirigió allí en algún tiempo, probablemente alguna de sus composiciones que todavía ocupan lugares precedentes en los repertorios de las grandes compañías de ballet, el Bolshoi, por supuesto, incluido. Era temprano aún, media mañana quizás, y aquel espacio urbano lleno de monumentos y grandezas recibía a cada momento nuevas parejas de novios, muy pocas acompañadas de amigos y familiares, que se fotografiaban en las poses características de los enamorados, algunas con botellas de champán ucraniano que probablemente nunca descendió hasta la temperatura correcta.

Aparte de la majestad de la zona, otra era la razón de la presencia allí de tantas novias ataviadas todas de blanco y sonrientes, tomadas de la mano por sus galanes. En la Plaza Doumska, frente al Palacio de la Ópera, están las oficinas del ayuntamiento donde cada sábado se ofician decenas de matrimonios civiles. Lo que sería impensable en nuestro trópico, bodas sabatinas antemeridianas, es usual por lo menos en esa parte de Ucrania. Más que a un código común inflexible, los horarios responden a especificidades culturales determinadas por la conveniencia o razones que el tiempo borró pero que sin embargo permanecen en las tradiciones nacionales.

Preferimos las bodas nocturnas, ya sean civiles o religiosas, y luego la celebración. No ocurre así en España, desde donde nos ha llegado el grueso de nuestras costumbres. A los últimos enlaces nupciales a que asistí en ese país, la ceremonia religiosa estaba marcada para las cinco de la tarde.

La globalización no ha logrado extinguir la democracia universal de los horarios. Recuerdo un viaje a las lejanías del medio oeste norteamericano. Una vez llegado al aeropuerto local, debía conducir por un par de horas a lo largo de la planicie central del estado de Nebraska hasta un restaurante en un cruce de carreteras donde me encontraría con un granjero, mi anfitrión. Llegué puntual sobre las cinco de la tarde y me preguntó de inmediato si había cenado. Mi sorpresa la oculté, claro está, pero cuando entramos, aquel restaurante típico de la zona estaba de bote en bote. En nuestro país, solo en los hospitales se sirve la cena tan temprano. Años después aprendería sobre los "early birds" (aves tempraneras), como se llama a los comensales, casi siempre entrados en edad, que se sientan a la mesa antes de que el sol se ponga.

En las grandes ciudades británicas y norteamericanas, los restaurantes de postín y hasta algunos que no recomendaría ofrecen un menú pre-teatro pese a que las presentaciones, pautadas entre siete y ocho de la tarde, nunca terminan pasadas las diez y treinta. Me contaba un amigo de su primera visita a España hará más de medio siglo, cuando entendió que la invitación a comer era a las doce y no a las dos. Se encontró un restaurant cerrado. Por supuesto, la costumbre dominicana de yantar rayano en el mediodía, ahora ya más pueblerina, alimentó el tropiezo lingüístico. Cuando los españoles comen, por ejemplo, los ingleses y norteamericanos hacen ya la digestión. Cuando aquellos cenan, estos probablemente duermen. James Callaghan, el último primer ministro británico sin un título académico, decía que a las diez de la noche todo hombre decente estaba ya en cama.

México y Argentina también se inclinan por el horario español de comidas. En cambio, en los hogares holandeses se suele cenar antes de las siete de la tarde, quizás imbuidos de la frugalidad tradicional en ese pequeño y gran país, donde una comida de negocios podría consistir en un emparedado acompañado de un vaso de leche. Honni soit qui mal y pense! No olvidemos que Holanda es un productor exitoso de alimentos lácteos.

Con el paso del calendario varían los hábitos, las obligaciones y cómo nos relacionamos en sociedad y hasta en la intimidad de la familia. Las tandas festivas que veinte años atrás arrancaban tras una cena temprana, ahora ya no pertenecen a las noches sino a las madrugadas y a las mañanas, como ocurre en oportunidades. Simplemente, hemos incorporado horarios que no nos pertenecían en una asimilación cultural que también tiene otras consecuencias. Es otra la manera de divertirnos y otros los componentes del solaz.

La diversidad horaria en las costumbres se extiende a los actos de Estado. En El proceso, la obra maestra de Frank Kafka, Joseph K acude a la corte y se enreda en el entramado judicial sin precisión de horarios, excepto que la acusación inconcreta le fue formulada una mañana. Esa ausencia de tiempos específicos deviene un continuum que imprime a la trama un sentido de opresión, de indefensión, de enfrentamiento a fuerzas invencibles que operan con eficacia las 24 horas del día, los siete días de la semana, todo el año y toda la duración del proceso que para el caso parece infinito. Los horarios organizan la cotidianidad en rutina, a veces de manera totalitaria, cierto, pero aún así son un indicativo de nuestras posibilidades y de si los compromisos y obligaciones caen dentro de parámetros manejables.

El dictador Trujillo terminaba temprano su manejo formal del Estado dominicano y luego se iba a pasear al malecón capitaleño. Le perdió, hasta cierto punto, la regularidad de sus horarios porque les permitió a los complotados urdir una trama basada en certezas. En cambio, otro dictador, el paraguayo José Gaspar de Francia, recreado por Roa Bastos en su monumental novela Yo, el Supremo, daba audiencia en las madrugadas. Igual manía desarrolló otro tirano, el libio Muamar Gadafi. En sus tiempos de primer ministro, Fidel Castro convocaba a reuniones a deshora y entretenía a sus visitantes hasta que clareaba el día. E igualmente dejaba en el desvelo a quienes prometía ver y no cumplía. Esas esperas kafkianas se prolongaban por días y podían interpretarse como una señal de desgracia o de desinterés por parte del todopoderoso mandatario cubano.

En Memorias de un soldado cubano: vida y muerte de la revolución, Dariel Alarcón Ramírez, mejor conocido por su nom de guerre, "Benigno", con el que combatió al lado del Che Guevara en África y Bolivia, describe a un Francisco Alberto Caamaño Deñó víctima de los olvidos interesados de Fidel Castro, en más de una oportunidad protagonista de esa espera angustiosa, kafkiana, que más bien era un ultraje. Si creemos a Benigno, nuestro héroe de abril se cansó de ser un Penélope político y, desesperado, aislado y convencido de su destino patriótico, decidió partir en su misión suicida a pesar de un Castro cuyas políticas de exportación revolucionaria habían cambiado.

Durante el reinado del terror, en la Francia revolucionaria se guillotinaba en horario de oficina. Las ejecuciones en Londres eran espectáculos populares y por tanto se realizaban de día. Luego y hasta la abolición de la pena de muerte, la horca funcionaba en el interior de las prisiones, en horas nocturnas. Desde 1936, las ejecuciones tampoco son públicas en los Estados Unidos, y hasta hace poco las ceremonias de muerte se oficiaban a las 12.01 de la madrugada. Tenía su lógica, se aprovechaba que los demás presos ya dormían y se disponía de más tiempo para cumplir con los requerimientos legales si se presentaba cualquier problema antes del cumplimiento de la condena. Por una petición de la Suprema Corte, estos horarios fueron remplazados y los estados donde aún existe, la pena máxima se aplica de día o al atardecer.

La muerte natural, la que no decreta oficialmente el Estado, no tiene horario, ni tampoco fecha en el calendario. Tampoco obedece a diferencias culturales y nunca ha cambiado de expresión con el tiempo. Su rostro aún es del mismo horror con que están planteadas las escenas de Eisenstein en las Escaleras de Potemkin.

Con el paso del calendario varían los hábitos, las obligaciones y cómo nos relacionamos en sociedad y hasta en la intimidad de la familia.

Las tandas festivas que veinte años atrás arrancaban tras una cena temprana, ahora ya no pertenecen a las noches sino a las madrugadas y a las mañanas.