La diversidad olvidada

Cuando a los dominicanos se les pregunta cómo se formó el pueblo dominicano, muchos responden rápidamente diciendo que somos descendientes de españoles. Otros sostienen que la mayoría desciende de africanos, aunque casi todos se definen a sí mismos como indios o de color indio.

Esas respuestas distintas apuntan a una realidad poco estudiada o poco conocida pues la diversidad cultural dominicana es una diversidad olvidada, por no decir desconocida. Reconocemos de ella nada más que unos pocos fragmentos que aprendemos cuando vamos a la escuela o a la universidad y, modernamente, por lo que nos dicen los comentaristas más o menos educados de la radio y la televisión, que a veces no es mucho.

La mayoría de los dominicanos apenas reconoce tres grandes bloques de una diversidad cultural esquemáticamente compuesta por lo que el historiador Guido Despradel Batista llamaba "las raíces de nuestro espíritu", es decir, los indios, los españoles y los africanos.

Pero los dominicanos somos mucho más que la integración de esos tres elementos, pues un dentro de esos tres grupos siempre ha existido una extensa diversidad, como lo muestra la presencia de andaluces, castellanos, aragoneses y extremeños, entre otros, que poblaron la isla desde los primeros años de la colonia.

Lo mismo puede decirse de los grupos aborígenes que encontraron aquí los europeos que vinieron con Colón, de los cuales las crónicas nos dicen que había por lo menos tres sub-culturas arahuacas netamente distinguibles: los taínos, los caribes y los ciguayos.

Más diversos todavía fueron los africanos que llegaron a la isla, pues éstos procedían de muy diversos linajes, tribus y regiones del África occidental que poseían distintos lenguajes y culturas y diferentes religiones.

Poca gente sabe, o recuerda, que en el siglo XVIII llegaron a esta isla esclavos capturados en África oriental (Mozambique, Tanzania), y que muchos de ellos eran portadores de contenidos procedentes de la religión mahometana.

Un siglo antes, la ciudad de Santo Domingo contenía un importante elemento portugués que componía el diez por ciento de la población de esta ciudad.

Asimismo, la presencia francesa en tiempos coloniales era observable en varios pueblos de la colonia española de Santo Domingo, particularmente en el suroeste y el noroeste, como también lo era la presencia de algunos holandeses en el sur de la isla. Los franceses aportaron contenidos culturales traídos por inmigrantes alsacianos, bretones y de la costa sur de Francia.

Hubo también personas de origen irlandés que llegaron a tener una gran influencia en la vida colonial dominicana como fue el caso del irlandés John Murphy, conocido por los dominicanos como Juan de Morfa, quien llegó a ser un jefe militar tan decisivo a principios del siglo XVIII que hoy una calle importante de la ciudad de Santo Domingo lleva su nombre.

A estos elementos se les añadió una importante inmigración canaria que aportó suficientes personas para iniciar la repoblación de algunos pueblos del interior de la isla y de la zona fronteriza, amenazada entonces por los franceses que querían ocuparla.

Durante todo un siglo, entre 1680 y 1780, los canarios fueron el más importante grupo de inmigrantes blancos que recibió la colonia de Santo Domingo. Tan reconocido fue su aporte que hasta hace poco al pueblo de San Carlos, en las afueras de las murallas capitalinas, se le llamaba "de los canarios" o "de los isleños", y a Baní se le reconocía su singularidad, debido a su origen, pues ambos poblados fueron fundados con inmigrantes canarios.

Es importante saber que a finales del siglo XVIII, todos esos elementos estaban experimentando un proceso de fusión e integración racial y cultural, o ya lo habían experimentado, de manera que para entonces era posible hablar de la formación de una sociedad dominicana criolla.

A esta sociedad llegaron otros elementos criollos procedentes de Hispanoamérica con los exiliados procedentes de Colombia y Venezuela que emigraron de aquellos países durante las guerras de emancipación encabezadas por Simón Bolívar.

La ocupación francesa de Santo Domingo a principios del siglo XIX trajo al país los primeros italianos y algunos polacos, de los cuales todavía quedan descendientes en la isla. Durante esos años llegaron también muchos puertorriqueños, según se puede constatar en los archivos de migración de la vecina Antilla.

Más notables aún que estos grupos fueron las numerosas familias haitianas que se asentaron en el país entre 1822 y 1844, muchas de las cuales se adaptaron tan bien a la vida local que terminaron formando importantes familias, hoy dominicanas.

Esos haitianos del siglo XIX no eran ya los esclavos africanos de los siglos anteriores pues ellos también habían pasado por un proceso de criollización que terminó diferenciándolos de sus antepasados africanos.

Tantos fueron los haitianos que vinieron a vivir a la parte oriental de la isla durante el gobierno de Boyer que cuando los dominicanos se separaron de Haití en 1844, de la ciudad de Santo Domingo solamente salieron al expulsados más de 2,000 individuos de ambos sexos y distintas edades que no quisieron convertirse en ciudadanos dominicanos.

Grupos más pequeños, pero de tamaño significativo también desalojaron sus propiedades en los demás pueblos del país, principalmente Puerto Plata, Santiago, La Vega, Azua, San Juan de la Maguana y Las Matas de Farfán.

Igualmente diferenciadas de sus antecesores estaban también los cientos de familias negras estadounidenses importadas por el gobierno haitiano de Jean Pierre Boyer que terminaron asentándose en Samaná y que desarrollaron allí una vigorosa comunidad angloparlante completamente distinta a las comunidades criollas del resto del país, aun cuando sus descendientes terminaron criollizándose.

Durante la Anexión a España y la Guerra de la Restauración los dominicanos rechazaron la presencia militar española, pero al recuperar su independencia los gobiernos nacionales abrieron de nuevo las puertas a la inmigración española, que aumentó mucho en esos años bajo el entendido de que la guerra había sido un pleito entre hermanos y los rencores habían quedado sepultados en el olvido.

Impresiona la lectura de las numerosas licencias de naturalización concedidas en aquellos años por el Estado dominicano a miles de inmigrantes españoles, muchos de ellos procedentes de las Islas Canarias, así como de otros países.

Más todavía, durante la llamada Guerra de los Diez Años (1868-1878) llegaron al país más de cinco mil exiliados políticos que luchaban por la independencia de Cuba. Muchos de estos criollos españoles se establecieron en Puerto Plata, Santiago y La Vega, casándose un buen número de ellos en aquellas localidades y formando reconocidas familias, hoy dominicanas.

Cuando comenzó la revolución azucarera a finales del siglo XIX, gran parte de la mano de obra para los nuevos ingenios fue importada de las islas de Nevis, St. Kitts y Monserrat. La mayoría de estos trabajadores regresó a sus islas, pero muchos se quedaron formando las llamadas comunidades cocolas en varios pueblos, particularmente en San Pedro de Macorís y Puerto Plata.

En los primeros años del siglo XX España volcó millones de personas hacia América Latina. A Cuba solamente llegó un millón de españoles en las primeras dos décadas de ese siglo. Muchos catalanes, asturianos, vascos y gallegos de ese flujo tocaron puerto en Santo Domingo y se quedaron aquí aportando nuevos elementos a la diversidad cultural dominicana.

Lo mismo ocurrió con muchos chinos que salieron de Cuba, a donde habían sido importados para trabajar en los campos de caña. Algunos de estos chinos se mudaron a la República Dominicana haciéndose notables en los principales pueblos del país. Más adelante, los chinos vendrían directamente de Taiwán y China continental.

En los últimos años del siglo XIX y principios del XX llegaron numerosas familias e individuos solteros procedentes de Siria, Líbano y Palestina, territorios gobernados entonces por Turquía, y por ello erróneamente los dominicanos les llamaban turcos. Hoy se han criollizado y forman parte muy activa, visible y dinámica de la sociedad dominicana.

Judíos sefarditas ya había un nutrido grupo en el país desde los días de la dominación haitiana, muchos de ellos procedentes de Curazao. La Segunda Guerra Mundial nos trajo un nuevo contingente judío que fue asentado en Sosúa. Algunos de sus descendientes se mudaron a otras ciudades y hoy forman parte de la sociedad dominicana.

En los años cincuenta del siglo pasado llegaron también nuevos grupos de españoles y japoneses importados por el gobierno dominicano para trabajar en colonias agrícolas, así como numerosos haitianos contratados para trabajar anualmente en la industria azucarera. Muchos de estos haitianos han terminado convertidos en residentes permanentes y ciudadanos de la República Dominicana.
20090502 http://www.diariolibre.com

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