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La herida en el costado

Cuando es mucho el dolor no se puede hurgar impunemente en una herida. Y este hombre lo sabe. Le han dado una tarea enorme que lo abruma, y siente que ha de andar despacio para no ahondar los males contra los que su alma se rebela. Pero el deber convoca, y nadie dirá mañana que Don Francisco Henríquez y Carvajal tuvo remilgos, o fue tibio a la hora de proponer soluciones para un problema de la Patria. Y empieza a redactar su informe, el memorándum que la Secretaría de Estado de Relaciones Exteriores le ha pedido sobre el escabroso tema de la inmigración haitiana a República Dominicana.

Suda en la medida que escribe. Abre las ventanas del despacho que ocupa como Ministro de la Legación de Puerto Príncipe, y los rumores de la calle le recuerdan que está escribiendo sobre gente de carne y hueso, como lo es su propio pueblo, su familia, sus amigos, él mismo, y que cuando se trata de la gente, no hay margen para errar. Es su credo, la forma en que ha encarado la vida, en todas sus circunstancias, alegres o amargas, difíciles o espléndidas. Siempre erguido, siempre con la frente alta: "Un mal de familia"- dijo, medio broma, medio en serio, su hermano Federico, el mismo día que le presentó a José Martí.

Es un julio caluroso de 1931, y este hombre no sabe aún que con ese memorándum, que no será precisamente el que se quería haber recibido en la corte del Jefe, está sellando su suerte. No puede saber, ni imaginará, a fuerza de honesto y noble, que la legión de chupópteros que ya rodea al Presidente Trujillo, lejos de procurar de él la verdad, solo necesitaban razones torcidas, leña para las calderas del odio que mantiene vivo ese fuego larvado que aflora en los ojos del Generalísimo cuando se le menciona a la nación de donde vino su abuela y el resto de los Chevaliers. Saben que sacrificando al más débil, como víctima propiciatoria ante el altar de La Era, podrán mantener a salvo sus propias cabezas, claro, mientras la fiera no se revuelva contra su entorno, como no tardarán en aprender que hará, cada cierto tiempo.

Ese informe lo llevará a otros destinos, más apetecibles, en apariencia, incluso, de más rango diplomático. Subirá en el escalafón por no mentir, no como recompensa, sino para sacarlo del medio, con guantes de seda. Tampoco Don Pancho es cualquier cosa, sino el ex Presidente que al desembarcar los gringos, les plantó cara, y cuando no pudo sostener la bandera, se la llevó entre sus brazos, iniciando un peregrinaje patriótico por América, denunciando la nueva expresión de la barbarie y la ilegalidad de los más fuertes. Es, y lo saben esos descoyuntados cortesanos de la Cancillería, un símbolo viviente. Y aunque no respetan nada, saben que los símbolos no son de papel, sino de acero. Y por eso le temen, y para sacarlo de Haití, pronto lo mandarán de Embajador a Francia.

"Lo que precipitó sobre nuestro país la gran masa de inmigrantes haitianos-escribe, y la cólera le aflora por los ojos, en llamaradas sucesivas, y no precisamente contra los haitianos- fue la realización parcial del postulado financiero que sirvió de base económica a la ocupación del territorio de la República Dominicana por las fuerzas navales norteamericanas. Ese postulado, no publicado, pero sí perfectamente conocido fue: "tierras baratas en Santo Domingo, mano de obra barata en Haití..."

Suficiente. No puede imaginar que con esa sencilla formulación, tan difícil de percibir a fuerza de obvia, está molestando mortalmente al Jefe, para quien el enemigo externo a invocar para cohesionar a la nación, jamás podrá ser un rubio de Oklahoma, o un señor de ojos azules de Ohio, sino siempre, por fuerza y por destino, un bracero de piel muy negra y pómulos salientes, de los que llegan a los bateyes mirando al suelo y con un hambre que mide varias varas de largo. O una de esas mujeres que les siguen el rastro, de ojos inmensos y bultos enormes que cargan en las cabezas y se arrodillan a la vera de los caminos, a parir niños indeseados. Es la invasión silenciosa que está moviendo los límites fronterizos, llevando consigo su lengua y sus costumbres, y unos dioses feroces e incomprensibles. Así es como lo retrata la implacable maquinaria propagandística del régimen, sabedora de que contra alguien hay que canalizar las frustraciones y las rabias del pueblo. Ni más ni menos como están haciendo contra los judíos en Alemania, ese puñado de locos, esos cuatro gatos ridículos del nacionalsocialismo, que no llegarán a nada, ya se sabe.

"... Y la conclusión de ese principio-sigue escribiendo Don Pancho, y sin sospecharlo, echando puñados de tierra sobre su propia sepultura política- no pudo ser otra que: "Adquirir tierras baratas en Santo Domingo, y trasegar hacia nuestro país la población de Haití". Ese plan empezó a ejecutarse, por un lado, con la construcción del gran central "Barahona", y por otro, con la construcción de la Carretera Central, derramándose luego por todo el país agrícola, y en todos los oficios urbanos, la gran inmigración haitiana, ola invasora que luego han querido contener las leyes y los reglamentos..."

Este hombre sabe que está jugando con fuego. Puede que no logre medir el alcance final de sus palabras, ni los intereses que está atacando, en toda la extensión de su entramado, pero sabe que camina sobre el filo de una navaja. Y que si resbala, debajo lo esperan unas fauces inmisericordes, que lo triturarán, sin piedad. Ya ha visto cómo asciende la marea totalitaria en su país, y cómo van callando las voces discrepantes, y la manera triste y desvergonzada en que se pliegan al Amo los que ayer se alzaron contra el invasor, antes sin miedo a la muerte, hoy mendigando una sonrisa o una frasecita del Nuevo César. Por eso, aunque concluye su informe reconociendo el derecho que asiste a todo Estado, más en tiempos de crisis y desempleo, a cerrar sus fronteras a una inmigración, que en el caso de la haitiana, es vista por los funcionarios de Inmigración como factor de "aumento excesivo de la raza negra... y una invasión de elementos sin cultura, sin preparación y sin recursos", no puede menos que deslizar la frase final, la recomendación decisiva sobre la cuestión consultada, que es la que termina de retratar de cuerpo entero al roble centenario que Don Pancho es:

"Dadas las delicadas relaciones que ahora existen entre Haití y Santo Domingo, es preferible dejar las cosas como están, hasta que se pueda poner en práctica un sistema de inmigración fácil y seguro, que no pueda ser considerado por Haití como un acto de hostilidad contra el pueblo haitiano".

Nunca supo que cuando se recibió su informe, los alacranes de la Cancillería saltaron de gozo, y salieron en estampida a ver quién se lo mostraba primero al Jefe. Sabían que a sus Altos Ojos nadie, con aquellas ideas, podría sobrevivir, y menos al frente de la Legación en Puerto Príncipe. Desde esa fecha comenzaría su creciente ostracismo, su deambular por destinos donde solo le pedirían opinión sobre lo que el Jefe necesitaba oír, y más nada. Así se lo recordaría Arturo Logroño', a fines de 1933, cuando en medio de la revolución que derrocó a Machado, en Cuba, lo mandaron a frenar, con su enorme popularidad y buenas amistades entre los cubanos, la ola de rechazo que dejaba tras de sí el anterior Ministro dominicano en La Habana, el poeta Osvaldo Bazil, tan trujillista como machadista. Y cuando intentó mantener informado a su Gobierno sobre profundas cuestiones económicas del país, Logroño, o sea, el Jefe, lo frenó con una frase indelicada que jamás olvidaría:

"Limítese a informar sobre lo que nos interesa: la política cubana y las acciones de los laborantes pseudorrevolucionarios dominicanos, que desde allá conspiran contra el Jefe".

Este hombre, a pesar del precio que ha de pagar, siente que ha cumplido con su deber. Firma y pone en un sobre el memorándum de tres páginas. Se va a acostar un rato, como quien se quita un enorme peso de encima. No lee antes de dormirse: está extenuado, como un guerrero, y sin saberlo, ha terminado con el yelmo destrozado y cubierto de heridas.

No supo que su informe solo sirvió para perderlo. Tampoco le hubiese importado saberlo.

Seis años después, no pudo estremecerse de horror ante la barbarie de "El Corte", ni elevar su voz justiciera para condenar a los asesinos. Murió en 1935, en La Habana.

Murió a tiempo, y los alacranes brindaron. Dicen que también el Jefe.

No puede imaginar que con esa sencilla formulación, tan difícil de percibir

a fuerza de obvia, está molestando mortalmente al Jefe, para quien

el enemigo externo a invocar para cohesionar a la nación, jamás podrá ser

un rubio de Oklahoma, o un señor de ojos azules de Ohio, sino siempre,

por fuerza y por destino, un bracero de piel muy negra y pómulos salientes,

de los que llegan a los bateyes mirando al suelo y con un hambre que mide

varias varas de largo

Nota: Algunos nombres de los personajes de la serie "La Era" son ficticios, y los sucesos rigurosamente ciertos. Los documentos que los avalan pueden consultarse en el Archivo General de la Nación.